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RESCATE
DE HECTOR
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| 1 |
Disolvióse
la junta, y los guerreros se dispersaron por las naves, tomaron
la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquileo lloraba,
acordándose del compañero querido, sin que el sueño
que todo lo rinde, pudiera vencerle: daba vueltas acá y allá,
y con amargura traía a la memoria el vigor y gran ánimo
de Patroclo, lo que de mancomún con él llevara al
cabo y las penalidades que ambos habían padecido, ora combatiendo
con los hombres, ora surcan do las temibles ondas. Al recordarlo,
prorrumpía en abundantes lágrimas, ya se echaba de
lado, ya de espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose,
vagaba triste por la playa. Nunca le pasaba inadvertido el despuntar
de Eos sobre el mar y sus riberas; entonces uncía al carro
los ligeros corceles, y atando al mismo el cadáver de Héctor,
lo arrastraba hasta dar tres vueltas al túmulo del difunto
Menetíada; acto continuo volvía a reposar en la tienda,
y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo. Mas Apolo,
apiadándose del varón aun después de muerto,
le libraba de toda injuria y lo protegía contra la égida
de oro para que Aquileo no lacerase el cuerpo mientras lo arrastraba.
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| 22 |
De
tal manera Aquileo, enojado, insultaba al divino Héctor.
Compadecidos de éste los bienaventurados dioses, instigaban
al vigilante Argifontes a que hurtase el cadáver. A todos
les placía tal propósito, menos a Hera, a Poseidón
y a la virgen de los brillantes ojos, que odiaban como antes a la
sagrada
Ilió,
a Príamo y a su pueblo por la injuria que Alejandro infiriera
a las diosas cuando fueron a su cabaña y declnaró
vencedora a la que le había ofrecido funesta liviandad. Cuando
desde el día de la muerte de Héctor llegó la
duodécima aurora, Febo Apolo dijo a los inmortales:
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| 33 |
Sois,
oh dioses, crueles y maléficos. ¿Acaso Héctor
no quemaba en honor vuestro muslos de bueyes y cabras escogidas?
Ahora, que ha perecido, no os atrevéis a salvar el cadáver
y ponerlo a la vista de su esposa, de su madre, de su hijo, de su
padre Príamo y del pueblo, que al momento lo entregarían
a las llamas y le harían honras fúnebres; por el contrario,
oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquileo, el cual
concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo
inflexible y medita cosas feroces, como un león que dejándose
llevar por su gran fuerza y espíritu soberbio, se encamina
a los rebaños de los hombres para aderezarse un festín:
de igual modo perdió Aquileo la piedad y ni siquiera conserva
el pudor que tanto favorece o daña a los varones. Aquel a
quien se le muere un ser amado, como el hermano carnal o el hijo,
al fin cesa de llorar y lamentarse; porque las Moiras dieron al
hombre un corazón paciente. Mas Aquileo, después que
quitó al divino Héctor la dulce vida, ata el cadáver
al carro y lo arrastra alrededor del túmulo de su compañero
querido; y esto ni a aquél le aprovecha, ni es decoroso.
Tema que nos irritemos contra él, aunque sea valiente, porque
enfureciéndose insulta a lo que tan sólo es ya insensible
tierra.
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| 55 |
Respondióle
irritada Hera, la de los níveos brazos:
Sería como dices, oh tú que llevas arco de plata,
si a Aquileo y a Héctor los tuvieráis en igual estima.
Pero Héctor fue mortal y dióle el pecho una mujer;
mientras que Aquileo es hijo de una diosa a quien yo misma alimenté
y crié y casé luego con Peleo, varón cordialmente
amado por los inmortales. Todos los dioses presenciasteis la boda;
y tú pulsaste la cítara y con los demás tuviste
parte en el festín, ¡oh amigo de los malos, siempre
pérfido!
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| 64 |
Replicó
Zeus, que amontona las nubes:
¡Hera! No te irrites tanto contra las deidades. No será
el mismo el aprecio en que los tengamos; pero Héctor era
para los dioses, y también para mí, el más
querido de cuantos mortales viven en Ilión, porque nunca
se olvidó de dedicarnos agradables ofrendas. Jamás
mi altar careció ni de libaciones ni de víctimas,
que tales son los honores que se nos deben. Desechemos la idea de
robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible que se haga
a hurto de Aquileo, porque siempre, de noche y de día, le
acompaña su madre. Mas si alguno de los dioses llamase a
Tetis, yo le diría a ésta lo que fuera oportuno para
que Aquileo, recibiendo los dones de Príamo, restituyese
el cadáver de Héctor.
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| 77 |
Así se
expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como
el huracán, para llevar el mensaje; saltó al negro
ponto entre la costa de Samos y la escarpada de Imbros, y resonó
el estrecho. La diosa se lanzó a lo profundo, como desciende
el plomo asido al cuerno de un buey montaraz en que se pone el anzuelo
y lleva la muerte a los voraces peces. En la profunda gruta halló
a Tetis y a otras muchas diosas marinas que la rodeaban: la ninfa,
sentada en medio de ellas, lloraba por la suerte de su hijo, que
había de perecer en la fértil Troya, lejos de la patria.
Y acercándosele Iris, la de los pies ligeros. Así
le dijo:
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| 88 |
Ven, Tetis,
pues te llama Zeus, el conocedor de los eternales decretos.
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| 89 |
Respondióle
Tetis, la diosa de los argentados pies:
¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya?
Me da vergüenza juntarme con los inmortales, pues son muchas
las penas que conturban mi corazón. Esto no obstante, iré,
para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.
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| 93 |
En diciendo
esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan obscuro
que no había otro que fuese más negro. Púsose
en camino, precedida por la veloz Iris, de pies rápidos como
el viento, y las olas del mar se abrían al paso de ambas
deidades. Salieron éstas a la playa, ascendieron al cielo
y hallaron al longividente Cronión con los demás felices
sempiternos dioses. Sentóse Tetis al lado de Zeus, porque
Atenea le cedió el sitio; y Hera le puso en la mano la copa
de oro, que la ninfa devolvió después de haber bebido.
Y el padre de los hombres y de los dioses comenzó a hablar
de esta manera:
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| 104 |
Vienes
al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado
por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo,
voy a decirte por qué te he llamado. Hace nueve días
que se suscitó entre los inmortales una contienda referente
al cadáver de Héctor y a Aquileo asolador de ciudades,
e instigaban al vigilante Argifontes a que hurtase el muerto; pero
yo prefiero dar a Aquileo la gloria de devolverlo, y conservar así
tu respeto y amistad. Ve en seguida al ejército y amonesta
a tu hijo. Dile que los dioses están muy irritados contra
él y yo más indignado que ninguno de los inmortales,
porque enfureciéndose retiene a Héctor en las corvas
naves y no permite que lo rediman, por si temiéndome, consiente
que el cadáver sea rescatado. Y enviaré a la diosa
Iris al magnánimo Príamo para que vaya a las naves
de los
aqueos
y redima a su hijo, llevando a Aquileo dones que aplaquen su enojo.
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| 120 |
Así se
expresó, y Tetis, la diosa de los argentados pies, no fue
desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo llegó
a la tienda de su hijo: éste gemía sin cesar, y sus
compañeros se ocupaban diligentemente en preparar la comida,
habiendo inmolado una gran de y lanuda oveja. La veneranda madre
se sentó muy cerca del héroe, le acarició con
la mano y hablóle en estos términos:
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| 128 |
¡Hijo
mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto
y la tristeza roan tu corazón, sin acordarte ni de la comida
ni del concúbito? Bueno es que goces del amor con una mujer,
pues ya no vivirás mucho tiempo: la muerte y el hado cruel
se te avecinan. Y ahora préstame atención, pues vengo
como mensajera de Zeus. Dice que los dioses están muy irritados
contra ti, y él más indignado que ninguno de los inmortales,
porque enfureciéndote retienes a Héctor en las corvas
naves y no permites que lo rediman. Ea, entrega el cadáver
y acepta su rescate.
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| 138 |
Respondióle
Aquileo, el de los pies ligeros:
Sea así. Quien traiga el rescate se lleve el muerto;
ya que, con ánimo benévolo, el mismo Olímpico
lo ha dispuesto.
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| 141 |
De este modo,
dentro del recinto de las naves, pasaban de madre a hijo muchas
aladas palabras. Y en tanto, el Cronión envió a Iris
a la sagrada Ilión:
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| 144 |
¡Anda,
ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo, entra en Ilión
y di al magnánimo Príamo que se encamine a las naves
de los aqueos y rescate al hijo, llevando a Aquileo dones que aplaquen
su enojo; vaya solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele
un heraldo más viejo que él, para que guíe
los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la población
el cadáver de aquel a quien mató el divino Aquileo.
Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su ánimo,
pues le daremos por guía al Argifontes, el cual le llevara
hasta muy cerca de Aquileo. Y cuando haya entrado en la tienda del
héroe, éste no le matará, e impedirá
que los demás lo hagan. Pues Aquileo no es insensato, ni
temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar
a un suplicante.
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| 159 |
Tal dijo. Levantóse
Iris, de pies rápidos como el huracán, para llevar
el mensaje; y llegando al palacio de Príamo, oyó llantos
y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre,
bañaban sus vestidos con lágrimas; y el anciano aparecía
en medio, envuelto en un manto muy ceñido, y tenía
en la cabeza y en el cuello abundante estiércol que al revolcarse
por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas y nueras
se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados
que yacían en la llanura por haber dejado la vida en manos
de los argivos. La mensajera de Zeus se detuvo cerca de Príamo
y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba
los miembros, así le dijo:
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| 171 |
Cobra
ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes;
que no vengo a presagiarte males, sino a participarte cosas buenas:
soy mensajera de Zeus, que aun estando lejos, se interesa mucho
por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino
Héctor, llevando a Aquileo dones que aplaquen su enojo: ve
solo y ningún troyano se te junte. Te acompañe un
heraldo más viejo que tú, para que guíe los
mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la población
el cadáver de aquel a quien mató el divino Aquileo.
Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe tu ánimo,
pues tendrás por guía al Argifontes, el cual te llevará
hasta muy cerca de Aquileo. Y cuando hayas entrado en la tienda
del héroe, éste no te matará e impedirá
que los demás lo hagan. Pues Aquileo no es ni insensato,
ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar
a un suplicante.
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| 188 |
Cuando esto
hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros. Príamo mandó
a sus hijos que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas,
pusieran encima una arca y la sujetaran con sogas. Bajó después
al perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado
techo y guardaba muchas preciosidades; y llamando a su esposa Hécabe,
hablóle en estos términos:
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| 194 |
¡Hécabe
infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido por orden de Zeus a encargarme
que vaya a las naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando a
Aquileo dones que aplaquen su enojo. Ea, dime, ¿qué
piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me instigan
a ir allá, hacia las naves, al campamento vasto de los aqueos.
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| 200 |
Así dijo.
La mujer prorrumpió en sollozos, y respondió diciendo:
¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia
que antes te hizo célebre entre los extranjeros y entre aquellos
sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres ir solo a las
naves de los aqueos y presentarte al hombre que te mató tantos
y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese
guerrero cruel y pérfido llega a verte con sus propios ojos
y te coge, ni se apiadará de ti, ni te respetará en
lo mas mínimo. Lloremos a Héctor sentados en el palacio,
a distancia de su cadáver; ya que cuando le parí,
el hado poderoso hiló de esta suerte el estambre de su vida:
que habría de saciar con su carne a los veloces perros, lejos
de sus padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá
pudiera yo comer hincando en él los dientes. Entonces quedarían
vengados los insultos que ha hecho a mi hijo; que éste, cuando
aquél le mató, no se portaba cobardemente, sino que
a pie firme defendía a los troyanos y a las troyanas de profundo
seno, no pensando ni en huir ni en evitar el combate.
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| 217 |
Contestó
el anciano Príamo, semejante a un dios:
No te opongas a mi resolución, ni seas para mí
un ave de mal agüero en el palacio. No me persuadirás.
Si me diese la orden uno de los que en la tierra viven, aunque fuera
adivino, arúspice o sacerdote, la creeríamos falsa
y desconfiaríamos aún más; pero ahora, como
yo mismo he oído a la diosa y la he visto delante de mí,
iré y no serán ineficaces sus palabras. Y si mi destino
es morir en las naves de los aqueos de broncíneas túnicas,
lo acepto: que me mate Aquileo tan luego como abrace a mi hijo y
satisfaga el deseo de llorarle.
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| 228 |
Dijo; y levantando
las hermosas tapas de las arcas, cogió doce magníficos
peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce bellos palios
y otras tantas túnicas. Pesó luego diez talentos de
oro. Y por fin sacó dos trípodes relucientes, cuatro
calderas y una magnífica copa que los tracios le dieron cuando
fue, como embajador, a su país, y era un soberbio regalo;
pues el anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del vehemente
deseo que tenía de rescatar a su hijo. Y volviendo al pórtico,
echó afuera a los troyanos, increpándolos con injuriosas
palabras:
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| 239 |
¡Idos
enhoramala, hombres infames y vituperables! ¿Por ventura
no hay llanto en vuestra casa, que venís a afligirme? ¿O
creéis que son pocos los pesares que Jove Cronión
me envía, con hacerme perder un hijo valiente? También
los probaréis vosotros. Muerto él, será mucho
más fácil que los argivos os maten. Pero antes que
con estos ojos vea la ciudad tomada y destruida, descienda yo a
la mansión del Hades.
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| 247 |
Dijo; y con
el cetro echó a los hombres. Estos salieron, apremiados por
el anciano. Y en seguida Príamo reprendió a sus hijos
Heleno, Paris, Agatón divino, Pamón, Antífono,
Polites, valiente en la pelea, Deífobo, Hipótoo y
el fuerte Dio: a los nueve los increpó y dio órdenes,
diciendo:
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| 253 |
¡Daos
prisa, malos hijos ruines! Ojalá que en lugar de Héctor
hubieseis muerto todos en las veleras naves. ¡Ay de mí,
desventurado, que engendré hijos valentísimos en la
vasta Troya, y ya puedo decir que ninguno me queda! Al divino Méstor,
a Troilo, que combatía en carro, y a Héctor, que era
un dios entre los hombres y no parecía hijo de un mortal,
sino de una divinidad, Ares les hizo perecer; y restan los que son
indignos, embusteros, danzarines, señalados únicamente
en los coros y hábiles en robar al pueblo corderos y cabritos.
Pero ¿no me prepararéis al instante el carro, poniendo
en él todas estas cosas, para que emprendamos el camino?
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| 265 |
Así les
habló. Ellos, temiendo reconvención del padre, sacaron
un carro de mulas, de hermosas ruedas, magnífico, recién
construido; pusieron encima el arca, que ataron bien; descolgaron
del clavo el corvo yugo de madera de boj, provisto de anillos, y
tomaron una correa de nueve codos que servía para atarlo.
Colocaron después el yugo sobre la parte anterior de la lanza,
metieron el anillo en su clavija, y sujetaron a aquél, atándolo
con la correa, a la cual hicieron dar tres vueltas a cada lado y
cuyos extremos reunieron en un nudo. Luego fueron sacando de la
cámara y acomodando en el carro los innumerables dones para
el rescate de Héctor; uncieron los mulos de tiro, de fuertes
cascos, que en otro tiempo regalaron los misios a Príamo
como espléndido presente, y acercaron al yugo los corceles,
a los cuales el anciano en persona daba de comer en pulimentado
pesebre.
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| 281 |
Mientras el
heraldo y Príamo, prudentes ambos, uncían los caballos
en el alto palacio, acercóseles Hécabe, con ánimo
abatido, llevando en su diestra una copa de oro llena de dulce vino
para que hicieran la libación antes de partir; y deteniéndose
ante el carro, dijo a Príamo:
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| 287 |
Toma,
haz libación al padre Zeus y suplícale que puedas
volver del campamento de los enemigos a tu casa; ya que tu ánimo
te incita a ir a las naves contra mi deseo. Ruega, pues, a Zeus
Ideo, el dios de las sombrías nubes, que desde lo alto contempla
la ciudad de Troya, y pídele que haga aparecer a tu derecha
su veloz mensajera, el ave que le es más cara y cuya fuerza
es inmensa, para que en viéndola con tus propios ojos, vayas,
alentado por el agüero, a las naves de los dánaos, de
rápidos corceles. Y si el longividente Zeus no te enviara
su mensajera, yo no te aconsejaría que fueras a las naves
de los argivos por mucho que lo desees.
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| 299 |
Respondióle
el deiforme Príamo:
¡Mujer! No dejaré de obrar como me recomiendas.
Bueno es levantar las manos a Zeus para que de nosotros se apiade.
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| 302 |
Dijo así
el anciano, y mandó a la esclava despensera que le diese
agua limpia a las manos. Presentóse la cautiva con una fuente
y un jarro. Y Príamo, así que se hubo lavado, recibió
la copa de manos de su esposa; oró, de pie, en medio del
patio; libó el vino, alzando los ojos al cielo, y pronunció
estas palabras:
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| 308 |
¡Padre
Zeus, que reinas desde el Ida,
gloriosísimo, máximo! Concédeme que al llegar
a la tienda de Aquileo le sea grato y de mí se apiade; y
haz que aparezca a mi derecha tu veloz mensajera, el ave que te
es más cara y cuya fuerza es inmensa, para que después
de verla con mis propios ojos vaya, alentado por el agüero,
a las naves de los dánaos, de rápidos corceles.
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| 314 |
Tal fue su plegaria.
Oyóla el próvido Zeus, y al momento envió la
mejor de las aves agoreras, un águila rapaz de color obscuro,
conocida con el nombre de percnón. Cuanta anchura
suele tener en la casa de un rico la puerta de la cámara
de alto techo, bien adaptada al marco y asegurada por un cerrojo;
tanto espacio ocupaba con sus alas, desde el uno al otro extremo,
el águila que apareció volando a la derecha por cima
de la ciudad. Al verla todos se alegraron y la confianza renació
en sus pechos.
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| 322 |
El anciano subió
presuroso al carro y lo guió a la calle, pasando por el vestíbulo
y el pórtico sonoro. Iban delante los mulos que arrastraban
el carro de cuatro ruedas, y eran gobernados por el prudente Ideo;
seguían los caballos, que el viejo aguijaba con el látigo
para que atravesaran prestamente la ciudad; y todos los amigos acompañaban
al rey, derramando abundantes lágrimas, como si a la muerte
caminara. Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos y
yernos regresaron a Ilión. Mas al atravesar Príamo
y el heraldo la llanura, no dejó de advertirlo Zeus, que
vio al anciano y se compadeció de él. Y llamando en
seguida a su hijo Hermes, hablóle de esta manera:
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| 334 |
¡Hermes!
Puesto que te es grato acompañar a los hombres y oyes las
súplicas del que quieres, anda, ve y conduce a Príamo
a las cóncavas naves aqueas, de suerte que ningún
dánao le vea hasta que haya llegado a la tienda del Pelida.
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| 339 |
Así
habló. El mensajero Argifontes no fue desobediente: calzóse
al instante los áureos divinos talares que le llevaban sobre
el mar y la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó
la vara con la cual adormece a cuantos quiere o despierta a los
que duermen. Llevándola en la mano, el poderoso Argifontes
emprendió el vuelo, llegó muy pronto a Troya y al
Helesponto,
y echó a andar, transfigurado en un joven príncipe
a quien comienza a salir el bozo y está graciosísimo
en la flor de la juventud.
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| 349 |
Cuando Príamo
y el heraldo llegaron más allá del gran túmulo
de Ilo, detuvieron los mulos y los caballos para que bebiesen en
el río. Ya se iba haciendo noche sobre la tierra. Advirtió
el heraldo la presencia de Hermes, que estaba junto a él,
y hablando a Príamo le dijo:
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| 354 |
Atiende
Dardánida, pues el lance que se presenta requiere prudencia.
Veo a un hombre y me figuro que en seguida nos matará. Ea,
huyamos en el carro, o supliquémosle, abrazando sus rodillas,
para ver si se apiada de nosotros.
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| 358 |
Esto dijo. Turbósele
al anciano la razón, sintió un gran terror, se le
erizó el pelo en los flexibles miembros y quedó estupefacto.
Entonces el benéfico Hermes se llegó al viejo, tomóle
por la mano y le interrogó diciendo:
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| 362 |
¿
Adónde, padre mío, diriges estos caballos y mulos
durante la noche divina, mientras duermen los demás mortales?
¿No temes a los aqueos, que respiran valor, los cuales te
son malévolos y enemigos y se hallan cerca de nosotros? Si
alguno de ellos te viera conducir tantas riquezas en esta obscura
y rápida noche, ¿qué resolución tomarías?
Tú no eres joven, éste que te acompaña es también
anciano, y no podrías rechazar a quien os ultrajara. Pero
yo no te causaré ningún daño, y además
te defendería de cualquier hombre, porque te pareces a mi
padre.
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| 372 |
Respondióle
el anciano Príamo, semejante a un dios:
Así es como dices, hijo querido. Pero alguna deidad
extiende la mano sobre mí, cuando me hace salir al encuentro
un caminante de tan favorable augurio como tú, que tienes
cuerpo y aspecto dignos de admiración y espíritu prudente,
y naciste de padres felices.
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| 378 |
Díjole
a su vez el mensajero Argifontes:
Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero,
ea, habla y dime con sinceridad: ¿Mandas a gente extraña
tantas y tan preciosas riquezas a fin de ponerlas en cobro; o ya
todos abandonáis, amedrentados, la sagrada Ilión,
por haber muerto el varón más fuerte, tu hijo, que
a ninguno de los aqueos cedía en el combate?
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| 386 |
Contestóle
el anciano Príamo, semejante a un dios:
¿Quién eres, hombre excelente, y cuáles
los padres de que naciste, que con tanta oportunidad has mencionado
la muerte de mi hijo infeliz?
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| 389 |
Replicó
el mensajero Argifontes:
Me quieres probar, oh anciano, y por eso me preguntas por
el divino Héctor. Muchas veces le vieron estos ojos en la
batalla donde los varones se hacen ilustres, y también cuando
llegó a las naves matando argivos, a quienes hería
con el agudo bronce. Nosotros le admirábamos sin movernos,
porque Aquileo estaba irritado contra el Atrida y no nos dejaba
pelear. Pues yo soy servidor de Aquileo, con quien vine en la misma
nave bien construida; desciendo de mirmidones y tengo por padre
a Políctor, que es rico y anciano como tú. Soy el
más joven de sus siete hijos y, como lo decidiéramos
por suerte, tocóme a mí acompañar al héroe.
Y ahora he venido de las naves a la llanura porque mañana
los aqueos, de ojos vivos, presentarán batalla en los contornos
de la ciudad; se aburren de estar ociosos, y los reyes aquivos no
pueden contener su impaciencia por entrar en combate.
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| 405 |
Respondióle
el anciano Príamo, semejante a un dios:
Si eres servidor de Aquileo Pelida, ea, dime la verdad: ¿mi
hijo yace aún cerca de las naves, o Aquileo lo ha desmembrado
y entregado a sus perros?
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| 410 |
Contestóle
el mensajero Argifontes:
¡Oh anciano! Ni los perros ni las aves lo han devorado,
y todavía yace junto al bajel de Aquileo, dentro de la tienda.
Doce días lleva de estar tendido, y ni el cuerpo se pudre,
ni lo comen los gusanos que devoran a los hombres muertos en la
guerra. Cuando apunta la divinal Eos, Aquileo lo arrastra sin piedad
alrededor del túmulo de su compañero querido; pero
ni aun así lo desfigura, y tú mismo, si a él
te acercaras, te admirarías de ver cuan fresco está:
la sangre le ha sido lavada, no presenta mancha alguna, y cuantas
heridas recibió pues fueron muchos los que le envasaron
el bronce, todas se han cerrado. De tal modo los bienaventurados
dioses cuidan de tu hijo aun después de muerto, porque era
muy caro a su corazón.
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| 424 |
Así se
expresó. Alegróse el anciano, y respondió diciendo:
¡Oh hijo! Bueno es ofrecer a los inmortales los debidos
dones. Jamás mi hijo, si no ha sido un sueño que haya
existido, olvidó en el palacio a los dioses que moran en
el Olimpo, y por esto se acordaron de él en el fatal trance
de la muerte. Mas, ea, recibe de mis manos esta copa, para que la
guardes, y guíame con el favor de los dioses hasta que llegue
a la tienda del Pelida.
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| 432 |
Díjole
a su vez el mensajero Argifontes:
¡Oh anciano! quieres tentarme porque soy más
joven; pero no me persuadirás con tus ruegos a que acepte
el regalo sin saberlo Aquileo. Le temo y me da mucho miedo defraudarle:
no fuera que después se me siguiese algún daño.
Pero te acompañaría cuidadosamente en una velera nave
o a pie, aunque fuese hasta la famosa Argos; y nadie osaría
atacarte, despreciando al guía.
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| 440 |
Así habló
el benéfico Hermes; y subiendo al carro, recogió al
instante el látigo y las riendas e infundió gran vigor
a los corceles y mulos. Cuando llegaron al foso y a las torres que
protegían las naves, los centinelas comenzaban a preparar
la cena, y el mensajero Argifontes los adormeció a todos;
en seguida abrió la puerta, descorriendo los cerrojos, e
introdujo a Príamo y el carro que llevaba los espléndidos
regalos. Llegaron, por fin, a la alta tienda que los mirmidones
habían construido para el rey con troncos de abeto, techándola
con frondosas cañas que cortaron en la pradera: rodeábala
una gran cerca de muchas estacas y tenía la puerta asegurada
por un barra de abeto que quitaban o ponían tres aqueos juntos,
y sólo Aquileo la descorría sin ayuda. Entonces el
benéfico Hermes abrió la puerta e introdujo al anciano
y los presentes para el Pelida, el de los pies ligeros. Y apeándose
del carro, dijo a Príamo:
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| 460 |
¡Oh
anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Hermes; y mi padre me envió
para que fuese tu guía. Me vuelvo antes de llegar a la presencia
de Aquileo, pues sería indecoroso que un dios inmortal se
tomara públicamente tanto interés por los mortales.
Entra tú, abraza las rodillas del Pelida, y suplícale
por su padre, por su madre de hermosa cabellera y por su hijo, a
finde que conmuevas su corazón.
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| 468 |
Cuando esto
hubo dicho, Hermes se encaminó al vasto Olimpo. Príamo
saltó del carro a tierra, dejó a Ideo para que cuidase
de los caballos y mulos, y fue derecho a la tienda en que moraba
Aquileo, caro a Zeus. Hallóle solo sus amigos estaban
sentados aparte, y el héroe Automedonte y Alcimo, vástago
de Ares, le servían, pues acababa de cenar, y si bien ya
no comía ni bebía, aún la mesa continuaba puesta.
El gran Príamo entró sin ser visto, y acercándose
a Aquileo, abrazóle las rodillas y besó aquellas manos
terribles, homicidas, que habían dado muerte a tantos hijos
suyos. Como quedan atónitos los que, hallándose en
la casa de un rico, ven llegar a un hombre que tuvo la desgracia
de matar en su patria a otro varón y ha emigrado a país
extraño, de igual manera asombróse Aquileo de ver
a Príamo, semejante a un dios, y los demás se sorprendieron
también y se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó
a Aquileo, dirigiéndole estas palabras:
|
| 486 |
Acuérdate
de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma
edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás
los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del
infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que
tú vives, se alegra en su corazón y espera de día
en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo,
desdichadísimo, después que engendré hijos
valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos
ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos:
diecinueve eran de una misma madre; a los restantes, diferentes
mujeres los dieron a luz en el palacio. A los más el furibundo
Ares les quebró las rodillas; y el que era único para
mí y defendía la ciudad y a sus habitantes, a éste
tu lo mataste poco ha mientras combatía por la patria, a
Héctor; por quien vengo ahora a las naves de los aqueos,
con un cuantioso rescate, a fin de redimir su cadáver. Respeta
a los dioses, Aquileo y apiádate de mí, acordándote
de tu padre; yo soy aún más digno de compasión
que él, puesto que me atreví a lo que ningún
otro mortal de la tierra: a llevar a mis labios la mano del hombre
matador de mis hijos.
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| 507 |
Así habló.
A Aquileo le vino deseo de llorar por su padre; y cogiendo la mano
de Príamo, apartóle suavemente. Los dos lloraban afligidos
por los recuerdos: Príamo acordándose de Héctor,
matador de hombres, derramaba copiosas lágrimas postrado
a los pies de Aquileo; éste las vertía, unas veces
por su padre y otras por Patroclo; y los gemidos de ambos resonaban
en la tienda. Mas así que el divino Aquileo estuvo saciado
de llanto y el deseo de sollozar cesó en su corazón,
alzóse de la silla, tomó por la mano al viejo para
que se levantara, y mirando compasivo la cabeza y la barba encanecidas,
díjole estas aladas palabras:
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| 518 |
¡Ah
infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado.
¿Cómo te atreviste a venir solo a las naves de los
aqueos y presentarte al hombre que te mató tantos y tan valientes
hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento
en esta silla; y aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar
en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha.
Los dioses condenaron a los míseros mortales a vivir en la
tristeza, y sólo ellos están descuitados. En los umbrales
del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte:
en el uno están los azares y en el otro las suertes. Aquel
a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados,
unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero
el que tan sólo recibe azares, vive con afrenta, una gran
hambre le persigue sobre la divina tierra, y va de un lado para
otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres.
|
| 534 |
Así las
deidades hicieron a Peleo grandes mercedes desde su nacimiento:
aventajaba a los demás hombres en felicidad y riqueza, reinaba
sobre los mirmidones, y siendo mortal, tuvo por mujer a una diosa;
pero también le impusieron un mal: que no tuviese hijos que
reinaran luego en el palacio. Tan sólo uno engendró,
a mí, cuya vida ha de ser breve, y no le cuido en su vejez,
porque permanezco en Troya, lejos de la patria, para contristarte
a ti y a tus hijos. Y dicen que también tú, oh anciano,
fuiste dichoso en otro tiempo; y que en el espacio que comprende
Lesbos, donde reinó Macar, y más arriba la Frigia
hasta el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu riqueza
y por tu prole. Mas, desde que los dioses celestiales te trajeron
esta plaga, sucédense alrededor de la ciudad las batallas
y las matanzas de hombres. Súfrelo resignado y no dejes que
se apodere de tu corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás
afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante;
y quizás tengas que padecer una nueva desgracia.
|
| 552 |
Respondió
el anciano Príamo, semejante a un dios:
No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus, mientras
Héctor yace insepulto en la tienda. Entrégamelo para
que lo contemple con mis ojos, y recibe el cuantioso rescate que
te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y volver
a tu patria, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del sol.
|
| 559 |
Mirándole
con torva faz, le dijo Aquileo, el de los pies ligeros:
¡No me irrites más, oh anciano! Dispuesto estoy
a entregarte el cadáver de Héctor, pues para ello
Zeus envióme como mensajera la madre que me parió,
la hija del anciano del mar. Comprendo también, y no se me
oculta, que un dios te trajo a las veleras naves de los aqueos;
porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud,
se atrevería a venir al ejército, ni entraría
sin ser visto por los centinelas, ni quitaría con facilidad
la barra que asegura la puerta. Abstente, pues, de exacerbar los
dolores de mi corazón; no sea que deje de respetarte, oh
anciano, a pesar de que te hallas en mi tienda y eres un suplicante,
y viole las ordenes de Zeus.
|
| 571 |
Tales fueron
sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el
mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de
la tienda; y no se fue solo, pues le siguieron el héroe Automedonte
y Alcimo, que eran los compañeros a quienes más apreciaba
después del difunto Patroclo. En seguida desengancharon los
caballos y los mulos, introdujeron al heraldo del anciano, haciéndole
sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los cuantiosos
presentes destinados al rescate de Héctor. Tan solo dejaron
dos palios y una túnica bien tejida, para envolver el cadáver
antes que Príamo se lo llevase al palacio. Aquileo llamó
entonces a los esclavos y les mandó que lavaran y ungieran
el cuerpo de Héctor, trasladándolo a otra parte para
que Príamo no le advirtiese; no fuera que afligiéndose
al ver a su hijo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho
e irritase el corazón de Aquileo, y éste le matara,
quebrantando las órdenes de Zeus. Lavado ya y ungido con
aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso
palio; después el mismo Aquileo lo levantó y colocó
en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso
carro. Y el héroe suspiró y dijo, nombrando a su amigo:
|
| 592 |
No te
enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades te enteras de que he
entregado el cadáver del divino Héctor al padre de
este héroe; pues me ha traído un rescate digno, y
consagraré a tus manes la parte que te es debida.
|
| 596 |
Habló
así el divino Aquileo y volvió a la tienda. Sentóse
en la silla labrada que antes ocupara, de espaldas a la pared, frente
a Príamo, y hablóle en estos términos:
|
| 599 |
Tu
hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace
en un lecho, y cuando asome el día podrás verlo y
llevártelo. Ahora pensemos en cenar; pues hasta Níobe,
la de hermosas trenzas, se acordó de tonar alimento cuando
en el palacio murieron sus doce vástagos: seis hijas y seis
hijos florecientes. A éstos Apolo, airado contra Níobe,
los mató disparando el arco de plata; a aquéllas dióles
muerte Artemis, que se complace en tirar flechas, porque la madre
osaba compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y decía
que ésta sólo había dado a luz dos hijos, y
ella había parido muchos; y los de la diosa, no siendo más
que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días
permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara,
porque el Cronión había convertido a los hombres en
piedras; pero al llegar el décimo, los celestiales dioses
los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado de llorar,
pensó en el alimento. Hállase actualmente en las rocas
de los montes yermos de
Sipilo,
donde, según dicen, están las grutas de las ninfas
que bailan junto al
Aqueloo;
y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que
las deidades le causaron. Mas, ea, cuidemos también nosotros
de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el hijo
a Ilión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y será
por ti muy llorado.
|
| 621 |
Dijo el veloz
Aquileo, y levantándose, degolló una cándida
oveja: sus compañeros la desollaron y prepararon, la descuartizaron
con arte; y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente
y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas
canastillas y Aquileo distribuyó la carne. Ellos alargaron
la diestra a los manjares que tenían delante; y cuando hubieron
satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida
admiró la estatura y el aspecto de Aquileo, pues el héroe
parecía un dios; y a su vez, Aquileo admiró a Príamo
Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus
palabras. Y cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno
al otro, el anciano Príamo, semejante a un dios, dijo el
primero:
|
| 635 |
Permite,
oh alumno de Zeus, que me acueste y disfrute del dulce sueño.
Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió a tus
manos; pues continuamente gimo y devoro pesares innúmeros,
revolcándome por el estiércol en el recinto del patio.
Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta,
lo que desde entonces no había hecho.
|
| 643 |
Dijo. Aquileo
mandó a sus compañeros y a las esclavas que pusieran
camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores
de púrpura, extendiesen tapetes encima de ellos y dejasen
afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de
la tienda llevando sendas hachas encendidas; y aderezaron diligentemente
dos lechos. Y Aquileo, el de los pies ligeros, dijo en tono burlón
a Príamo:
|
| 650 |
Acuéstate
fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos
aqueos venga, como suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si
alguno de ellos te viera durante la veloz y obscura noche, podría
decirlo a Agamemnón, pastor de pueblos, y quizás se
diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y
dime con sinceridad cuantos días quieres para hacer honras
al divino Héctor; y durante este tiempo permaneceré
quieto y contendré al ejército.
|
| 659 |
Respondióle
el anciano Príamo, semejante a un dios:
Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino
Héctor, obrando como voy a decirte, oh Aquileo, me dejarías
complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; la leña
hay que traerla de lejos, del monte; y los troyanos tienen mucho
miedo. Durante nueve días le lloraremos en el palacio, en
el décimo le sepultaremos y el pueblo celebrará el
banquete fúnebre, en el undécimo erigiremos un túmulo
sobre el cadáver y en el duodécimo volveremos a pelear,
si necesario fuere.
|
| 668 |
Contestóle
el divino Aquileo el de los pies ligeros:
Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé
el combate durante el tiempo que me pides.
|
| 671 |
Dichas estas
palabras, estrechó la diestra del anciano para que no abrigara
en su alma temor alguno. El heraldo y Príamo, prudentes ambos,
se acostaron en el vestíbulo. Aquileo durmió en el
interior de la tienda sólidamente construida, y a su lado
descansó Briseida, la de hermosas mejillas.
|
| 677 |
Las demás
deidades y los hombres que combaten en carros durmieron toda la
noche, vencidos del dulce sueño; pero éste no se apoderó
del benéfico Hermes, que meditaba cómo sacaría
del recinto de las naves a Príamo sin que lo advirtiesen
los sagrados guardianes de las puertas. Y poniéndose encima
de la cabeza del rey, así le dijo:
|
| 683 |
¡Oh
anciano! No te preocupa el peligro cuando así duermes en
medio de los enemigos, después que Aquileo te ha respetado.
Acabas de rescatar a tu hijo, dando muchos presentes; pero los otros
hijos que dejaste en Troya tendrían que ofrecer tres veces
más para redimirte vivo, si llegasen a descubrirte Agamemnón
Atrida y los aqueos todos.
|
| 689 |
Así habló.
El anciano sintió temor, y despertó al heraldo. Hermes
unció los caballos y los mulos y acto continuo los guió
a través del ejército sin que nadie se percatara.
|
| 692 |
Mas, al llegar
al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente que
el inmortal Zeus engendró, Hermes se fue al vasto Olimpo.
Eos de azafranado velo se esparcía por toda la tierra cuando
ellos, gimiendo y lamentándose, guiaban los corceles hacia
la ciudad, y les seguían los mulos con el cadáver.
Ningún hombre ni mujer de hermosa cintura los vio llegar
antes que Casandra, semejante a la dorada Afrodita; pues, subiendo
a Pérgamo, distinguió el carro con su padre y el heraldo,
pregonero de la ciudad, y vio detrás a Héctor, tendido
en un lecho que los mulos conducían. En seguida prorrumpió
en sollozos, y fue clamando por toda la población.
|
| 704 |
Venid
a ver a Héctor, troyanos y troyanas, si otras veces os alegrasteis
de que volviese vivo del combate; porque era el regocijo de la ciudad
y de todo el pueblo.
|
| 707 |
Tal dijo, y
ningún hombre ni mujer se quedó dentro de los muros.
Todos sintieron intolerable dolor y fueron a encontrar cerca de
las puertas al que les traía el cadáver. La esposa
querida y la veneranda madre, echándose las primeras sobre
el carro de hermosas ruedas y tomando en sus manos la cabeza de
Héctor, se arrancaban los cabellos; y la turba las rodeaba
llorando. Y hubieran permanecido delante de las puertas todo el
día, hasta la puesta del sol, derramando lágrimas
por Héctor, si el anciano no les hubiese dicho desde el carro:
|
| 716 |
Haceos
a un lado y dejad que pase con las mulas; y una vez lo haya conducido
al palacio, os saciaréis de llanto.
|
| 718 |
Así habló;
y ellos, apartándose, dejaron que pasara el carro. Dentro
ya del magnífico palacio, pusieron el cadáver en un
torneado lecho e hicieron sentar a su alrededor cantores que entonaran
el treno; éstos cantaban con voz lastimera, y las mujeres
respondían con gemidos. Y en medio de ellas Andrómaca,
la de níveos brazos, que sostenía con las manos la
cabeza de Héctor, matador de hombres, dio comienzo a las
lamentaciones, exclamando:
|
| 725 |
¡Esposo
mío! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me
dejas viuda en el palacio. El hijo que nosotros, ¡infelices!,
hemos engendrado, es todavía infante y no creo que llegue
a la juventud, antes será la ciudad arruinada desde su cumbre.
Porque has muerto tú, que eras su defensor, el que la salvaba,
el que protegía a las venerables matronas y a los tiernos
infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves
y a mí con ellas. Y tú, hijo mío, o me seguirás
y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en provecho
de un amo cruel; o algún aqueo te cogerá de la mano
y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte horrenda!,
irritado porque Héctor le matara el hermano, el padre o el
hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra a manos de Héctor.
No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran
todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado a tus padres
llanto y dolor indecibles, pero a mí me aguardan las penas
más graves. Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme
los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias, que
hubiera recordado siempre, de noche y de día, con lágrimas
en los ojos.
|
| 746 |
Esto dijo llorando,
y las mujeres gimieron. Y entre ellas, Hécabe empezó
a su vez el funeral lamento:
|
| 748 |
¡Héctor,
el hijo más amado de mi corazón! No puede dudarse
de que en vida fueras caro a los dioses, pues no se olvidaron de
ti en el trance fatal de tu muerte. Aquileo, el de los pies ligeros,
a los demás hijos míos que logró coger, vendiólos
al otro lado del mar estéril, en Samos, Imbros o Lemnos,
de escarpada costa; a ti, después de arrancarte el alma con
el bronce de larga punta, te arrastraba muchas veces en torno del
sepulcro de su compañero Patroclo, a quien mataste, mas no
por esto resucitó a su amigo. Y ahora yaces en el palacio
tan fresco como si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el
del argénteo arco, mata con sus suaves flechas.
|
| 760 |
Así habló,
derramando lágrimas, y excitó en todos vehemente llanto.
Y Helena fue la tercera en dar principio al funeral lamento:
|
| 762 |
¡Héctor,
el cuñado más querido de mi corazón! Mi marido,
el deiforme Alejandro, me trajo a Troya, ¡ojalá me
hubiera muerto antes! y en los veinte años que van transcurridos
desde que vine y abandoné la patria, jamás he oído
de tu boca una palabra ofensiva o grosera; y si en el palacio me
increpaba alguno de los cuñados, de las cuñadas o
de las esposas de aquéllos, o la suegra pues el suegro
fue siempre cariñoso como un padre, contenías
su enojo, aquietándolos con tu afabilidad y tus suaves palabras.
Con el corazón afligido, lloro a la vez por ti y por mí,
desgraciada; que ya no habrá en la vasta Troya quien me sea
benévolo ni amigo, pues todos me detestan.
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| 776 |
Así dijo
llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpió en gemidos.
Y el anciano Príamo dijo al pueblo:
|
| 778 |
Ahora,
troyanos, traed leña a la ciudad y no temáis ninguna
emboscada por parte de los argivos; pues Aquileo, al despedirme
en las negras naves, me prometió no causarnos daño
hasta que llegue la duodécima aurora.
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| 782 |
De este modo
les habló. Pronto la gente del pueblo, unciendo a los carros
bueyes y mulos, se reunió fuera de la ciudad. Por espacio
de nueve días acarrearon abundante leña, y cuando
por décima vez apuntó Eos, que trae la luz a los mortales,
sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver
del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le
prendieron fuego.
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| 788 |
Mas, así
que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosados
dedos, congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre
Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con
negro vino la parte de la pira a que la llama había alcanzado;
y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndoles
las lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos huesos
y los colocaron en una urna de oro, envueltos en fino velo de púrpura.
Depositaron la urna en el hoyo, que cubrieron con muchas y grandes
piedras, amontonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían
puesto centinelas por todos lados, para vigilar si los aqueos, de
hermosas grebas, los atacaban. Levantado el túmulo, volviéronse:
y reunidos después en el palacio del rey Príamo, alumno
de Zeus, celebraron el espléndido banquete fúnebre.
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| 804 |
Así celebraron
las honras de Héctor, domador de caballos.
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