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AQUILEO
RENUNCIA A LA COLERA
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| 1 |
Eos, de azafranado
velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar
la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a
las naves con la armadura que Hefesto le entregara. Halló
al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando
ruidosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas.
La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano
de Aquileo, y hablóle de este modo:
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| 8 |
¡Hijo
mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga,
ya que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú
recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y bella
como jamás varón alguno la haya llevado para proteger
sus hombros.
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| 12 |
La diosa, apenas
acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquileo
las labradas armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones
les sobrevino temblor, y sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron
espantados. Mas Aquileo, así que las vio, sintió que
se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon
terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y
el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido
presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con
la contemplación de la labrada armadura, dirigió a
su madre estas aladas palabras.
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| 21 |
¡Madre
mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean
las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las
hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto
penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al
esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo
pues le falta la vida y corrompan todo el cadáver.
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| 28 |
Respondióle
Tetis, la diosa de los argentados pies:
Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo
procuraré apartar los importunos enjambres de moscas, que
se ceban en la carne de los varones muertes en la guerra. Y aunque
estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría
igual o mas fresco que ahora. Tú convoca a junta a los héroes
aqueos,
renuncia a la cólera contra Agamemnón, pastor de pueblos,
ármate en seguida para el combate y revístete de valor.
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| 37 |
Dicho esto,
infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas
de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo,
para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
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| 40 |
El divino Aquileo
se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces,
convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían
quedarse en el recinto de las naves y hasta los pilotos que las
gobernaban y como despenseros distribuían los víveres,
fueron entonces a la junta; porque Aquileo se presentaba, después
de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido
Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando,
apoyándose en el arrimo de la lanza aún no tenían
curadas las graves heridas y se sentaron delante de todos.
Agamemnón, rey de hombres, llegó el último
y también estaba herido, pues Coón Antenórida
habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los
aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos,
dijo Aquileo, el de los pies ligeros:
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| 56 |
¡Atrida!
Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener,
con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha.
Así la hubiese muerto Artemis en las naves con una de sus
flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso;
y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como
sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera.
Para Héctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro
que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación.
Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que
es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera,
que no sería razonable estar siempre irritado. Mas ea, incita
a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen; y veré, saliendo
al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto
a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso
el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.
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| 74 |
Así habló;
y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo
Pelida renunciara a la cólera. Y el rey de hombres Agamemnón
les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:
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| 78 |
¡Oh
amigos, héroes dánaos, ministros de Ares. Bueno será
que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta
aun al que está ejercitado en el hablar. ¿Cómo
se podría oír o decir algo en medio del tumulto producido
por muchos hombres? Hasta un orador, elocuente se turbaría.
Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás
argivos, prestadme atención y cada uno comprenda bien mis
palabras. Muchas veces los aqueos me han increpado por lo ocurrido,
y yo no soy el culpable, sino Zeus, el Hado y la Furia, que vaga
en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante
la junta, cruel ofuscación el día en que le arrebaté
a Aquileo la recompensa. Mas ¿qué podía hacer?
La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Zeus es
la perniciosa Ate, a todos tan funesta: sus pies son delicados y
no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,
a quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos,
de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus,
que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los
dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó
cuando Alcmena había de parir al fornido Heracles en Tebas,
ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose,
dijo así ante todas las deidades:
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| 101 |
Oídme
todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho
mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos,
sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia
de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos
sus vecinos.
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| 106 |
Respondióle
con astucia la venerable Hera:
Mientes, y no cumplirás lo que dices. Y si no ea, Zeus
Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos
sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los
hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy a los pies de una mujer.
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| 112 |
Tal dijo:
Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que
tan funesto le había de ser. Hera dejó en raudo vuelo
la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde
vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como
ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa
sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó
el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo
a Jove Cronión, diciendo:
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| 121 |
¡Padre
Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el
noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo,
hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno
de reinar sobre aquéllos.
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| 125 |
Tales fueron
sus palabras y un agudo dolor penetró el alma del dios, que,
irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos
cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta
a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado.
Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En
seguida llegó Ate a los campos cultivados por los hombres.
Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a
su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
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| 134 |
Por esto, cuando
el gran Héctor, de tremolante casco, mataba a los argivos
junto a las popas de las naves, yo no podía olvidarme de
Ate, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que
falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y
hacerte muchos regalos, y tú marcha al combate y anima a
los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te ofreció
en tu tienda el divino Odiseo. Y si quieres, aguarda, aunque estés
impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave
los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo
los que te brindo.
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| 145 |
Respondióle
Aquileo, el de los pies ligeros:
¡Atrida glorisísimo, rey de hombres Agamemnón!
Luego podrás regalarme estas cosas, como es justo, o retenerlas.
Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es que no perdamos
el tiempo hablando, ni difiramos la acción la gran
empresa está aún por acabar para que vean nuevamente
a Aquileo entre los combatientes delanteros, aniquilando con su
broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también
en combatir con los enemigos.
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| 154 |
Contestó
el ingenioso Odiseo:
Aunque seas valiente, deiforme Aquileo, no exhortes a los
aqueos a que peleen en ayunas con los teucros, cerca de
Ilión,
que no durará poco tiempo la batalla cuando las falanges
vengan a las manos y la divinidad excite el valor de ambos ejércitos.
Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves se
sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando
en ayunas no puede el varón combatir todo el día,
hasta la puesta del sol, con el enemigo: aunque su corazón
lo desee, los miembros se le entorpecen, le rinden el hambre y la
sed, y las rodillas se le doblan al andar. Pero el que pelea todo
el día con los enemigos saciado de vino y de manjares tiene
en el pecho un corazón audaz y sus miembros no se cansan
antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide las tropas
y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamemnón
traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos
los aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón;
jure el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió
al lecho de Briseida ni yació con la misma, como es costumbre,
oh rey, entre hombres y mujeres; y tú, Aquileo, procura tener
en el pecho un ánimo benigno. Que luego se te ofrezca en
el campamento un espléndido banquete de reconciliación,
para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante
más justo con todos, pues no se puede reprender que se apacigüe
a un rey a quien primero se injuriara.
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| 184 |
Dijo entonces
el rey de hombres Agamemnón:
Con agrado escuché tus palabras, Laertíada,
pues en todo lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero
hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no será
para un perjurio mi invocación a la divinidad. Aquileo aguarde,
aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad
reunidos aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes
y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo
te lo encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los
más principales; y encaminándoos a mi nave, traed
cuanto ayer ofrecimos a Aquileo, sin dejar las mujeres. Y Taltibio,
atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya a buscar y prepare
un jabalí para inmolarlo a Zeus y Helios.
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| 198 |
Replicó
Aquileo, el de los pies ligeros:
¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamemnón!
Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y no sea
tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen insepultos
los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Zeus
le dio gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo
mandaría a los aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar
nada, y que a la puesta del sol, después de vengar la afrenta,
celebraran un gran banquete. Hasta entonces no han de entrar en
mi garganta ni manjares ni bebidas, porque mi compañero yace
en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia
el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto,
ni regalos ni banquetes interesan a mi espíritu, sino tan
sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.
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| 215 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
¡Oh Aquileo, hijo de Peleo, el más valiente de
todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas no
poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar,
porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues,
tu corazón a lo que voy a decir. Pronto se cansan los hombres
de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo,
la míes es escasa porque Zeus, el árbitro de la guerra
humana, inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos
lloren al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben
unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo
podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo
firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan
escapado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir
otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más
tesón aún contra los enemigos. Ningún guerrero
deje de salir aguardando otra exhortación, que para su daño
la esperará quien se quede junto a las naves argivas. Vayamos
todos juntos y excitemos al cruel Ares contra los teucros, domadores
de caballos.
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| 238 |
Dijo, mandó
que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida, Toante,
Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse
con ellos a la tienda de Agamemnón Atrida. Y apenas hecha
la proposición, ya estaba cumplida. Lleváronse de
la tienda los siete trípodes que el Atrida había ofrecido,
veinte calderas relucientes y doce caballos; e hicieron salir siete
mujeres, diestras en primorosas labores, y a Briseida, la de hermosas
mejillas, que fue la octava. Al volver, Odiseo iba delante con los
diez talentos de oro que él mismo había pesado, y
le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo
todo en medio de la junta, y alzóse Agamemnón, teniendo
a su lado a Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad,
sujetando con la mano a un jabalí. El Atrida sacó
el cuchillo que llevaba colgado junto a la gran vaina de la espada,
cortó por primicias algunas cerdas del jabalí y oró,
levantando las manos a Zeus; y todos los argivos, sentados en silencio
y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Este alzando los
ojos al anchuroso cielo hizo esta plegaria:
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| 258 |
Sean testigos
Zeus, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego la
Gea, Helios y las Erinies que, debajo de la Tierra castigan a los
muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano
sobre la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna;
sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare,
envíenme los dioses los muchísimos males con que castigan
al que, jurando, contra ellos peca.
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| 266 |
Dijo; y con
el cruel bronce degolló al jabalí, que Taltibio arrojó,
haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para
pasto de los peces. Y Aquileo, levantándose entre los belicosos
argivos habló en estos términos:
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| 270 |
¡Padre
Zeus! Grandes son los infortunios que mandas a los hombres. Jamás
el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese
tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntar; pero sin
duda quería Zeus que muriesen muchos aqueos. Ahora id a comer
para que luego trabemos el combate.
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| 276 |
Así se
expresó, y al momento disolvió la junta. Cada uno
volvió a su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones
se hicieron cargo de los presentes, y llevándolos hacia el
bajel del divino Aquileo, dejáronlos en la tienda, dieron
sillas a las mujeres, y servidores ilustres guiaron a los caballos
al sitio en que los demás estaban.
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| 282 |
Briseida, que
a la dorada Afrodita se asemejaba, cuando vio a Patroclo atravesado
por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió
en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho,
el delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando, aquella mujer
semejante a una diosa, así decía:
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| 287 |
¡Oh
Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada!
Vivo te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto
al volver, oh príncipe de hombres. ¡Cómo me
persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me entregaron
mi padre y mi venerable madre, atravesado por el agudo bronce al
pie de los muros de la ciudad; y los tres hermanos queridos que
mi padre me diera, murieron también. Pero tú, cuando
el ligero Aquileo mató a mi esposo y tomó la ciudad
del divino Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías
que yo fuera la mujer legítima del divino Aquileo, que éste
me llevaría en su nave a Ptía y que allí, entre
los mirmidones, celebraríamos el banquete nupcial. Y ahora
que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que siempre
has sido afable.
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| 301 |
Así dijo
llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por Patroclo,
y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron
en torno de Aquileo y le suplicaron que comiera; pero él
se negó, dando suspiros:
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| 305 |
Yo os
ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme
aún, que no me invitéis a saciar el deseo de comer
o de beber; porque un grave dolor se apodera de mi. Aguardaré
hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.
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| 309 |
Cuando esto
hubo dicho, despidió a los reyes, y solo se quedaron los
dos Atridas, el divino Odiseo, Néstor, Idomeneo y el anciano
Fénix para distraer a Aquileo, que estaba profundamente afligido.
Pero nada podía alegrar el corazón del héroe,
mientras no entrara en sangriento combate. Y acordándose
de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros y así decía:
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| 315 |
En otro
tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros,
me servías en esta tienda, diligente y solícito, el
agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por trabar el
luctuoso combate con los teucros, domadores de caballos. Y ahora
yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de
bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento.
Nada peor me puede ocurrir: ni que supiera que ha muerto mi padre,
el cual quizás llora allá en Ptía por no tener
a su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en país
extranjero a causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo
amado, que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo
vive todavía. Antes, el corazón abrigaba en mi pecho
la esperanza de que sólo yo perecería en Troya, y
de que tú, volviendo a Ptía, irías en una veloz
nave negra a Esciros, recogerías a mi hijo y le mostrarías
todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado
techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe, y si le queda un
poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por
la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia
de mi muerte.
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| 338 |
Así dijo,
llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba
de aquellos a quienes había dejado en su respectivo palacio.
El Cronión, al verlos sollozar, se compadeció de ellos,
y al instante dirigió a Atenea estas aladas palabras:
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| 342 |
¡Hija
mía! Desamparas de todo en todo a ese eximio varón.
¿Acaso tu espíritu ya no se cuida de Aquileo? Hállase
junto a las naves de altas popas, llorando a su compañero
amado; los demás se fueron a comer, y él sigue en
ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su pecho un poco
de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.
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| 349 |
Con tales palabras
instigóle a hacer lo que ella misma deseaba. Atenea emprendió
el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y aguda
voz, desde el cielo, a través del éter. Ya los aquivos
se armaban en el ejército, cuando la diosa derramó
en el pecho de Aquileo un poco de néctar y de ambrosía
deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera flaquear las rodillas
del héroe, regresando en seguida al sólido palacio
del prepotente padre. Los guerreros afluyeron a un lugar algo distante
de las veleras naves. Cuán numerosos caen los copos de nieve
que envía Zeus y vuelan helados al impulso del Bóreas,
nacido en el éter; en tan gran número veíase
salir del recinto de las naves los refulgentes cascos, los abollonados
escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno. El brillo llegaba
hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risueña por los
rayos que el bronce despedía, y un gran ruido se levantaba
de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquileo: rechinándole los dientes, con los ojos
centelleantes como encendida llama y el corazón traspasado
por insoportable dolor, lleno de ira contra los teucros, vestía
el héroe la armadura regalo del dios Hefesto, que la había
fabricado. Púsose en las piernas elegantes grebas ajustadas
con broches de plata: protegió su pecho con la coraza; colgó
del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos, y embrazó el grande y fuerte escudo, cuyo resplandor
semejaba desde lejos al de la Luna. Como aparece el fuego encendido
en sitio solitario de la cumbre de un monte a los navegantes que
vagan por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los
alejaron de sus amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso
y labrado escudo de Aquileo llegaba al éter. Cubrió
después la cabeza con el fornido yelmo que brillaba como
un astro; y a su alrededor ondearon las áureas y espesas
crines que Hefesto había colocado en la cimera. El divino
Aquileo probó si la armadura se le ajustaba, y si, llevándola
puesta, movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron
a ser como alas que levantaban al pastor de hombres. Sacó
del estuche la lanza paterna, ponderosa, grande y robusta que, entre
todos los aqueos, solamente él podía manejar: había
sido cortada de un fresno de la cumbre del Pelión y regalada
por Quirón al padre de Aquileo para que con ella matara héroes.
En tanto, Automedonte y Alcimo se ocupaban en uncir los caballos:
sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno
en la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas
a la fuerte silla. Sin dilación cogió Automedonte
el magnífico látigo y saltó al carro. Aquileo,
cuya armadura relucía el como el fúlgido Sol, subió
también y exhortó con horribles voces a los caballos
de su padre:
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| 400 |
¡Janto
y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento
de los dánaos al que hoy os guía; y no lo dejéis
muerto en la liza como a Patroclo.
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| 404 |
Y Janto, el
corcel de ligeros pies, bajó la cabeza sus crines,
cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo,
y habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los níveos
brazos, respondió de esta manera:
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| 408 |
Hoy te
salvaremos aún, impetuoso Aquileo; pero está cercano
el día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros,
sino un dios poderoso y el hado cruel. No fue por nuestra lentitud
ni por nuestra pereza por lo que los teucros quitaron la armadura
de los hombros de Patroclo; sino que el dios fortísimo, a
quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle
entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor.
Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro,
que es tenido por el más rápido. Pero también
tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y
de un mortal.
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| 418 |
Dichas estas
palabras, las Erinies le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquileo,
el de los pies ligeros, así le habló:
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| 420 |
¡Janto!
¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad
tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí,
lejos de mi padre y de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar
hasta que harte de combate a los teucros.
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| 424 |
Dijo; y dando
voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras
filas.
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