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DOLONIA
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| 1 |
Los
príncipes
aqueos
durmieron toda la noche, vencidos por plácido sueño,
mas no probó sus dulzuras el Atrida Agamemnón, pastor
de hombres, porque en su mente revolvía muchas cosas. Como
el esposo de Hera, la de hermosa cabellera, relampaguea cuando prepara
una lluvia torrencial, el granizo o una nevada que cubra los campos,
o quiere abrir en alguna parte la boca inmensa de la amarga guerra;
así, tan frecuentemente, se escapaban del pecho de Agamemnón
los suspiros, que salían de lo más hondo de su corazón,
y le temblaban las entrañas. Cuando fijaba la vista en el
campo teucro, pasmábanle las numerosas hogueras que ardían
delante de
Ilión,
los sones de las flautas y zampoñas y el bullicio de la gente;
mas cuando a las naves y al ejército aqueo la volvía,
arrancábase furioso los cabellos, aliando los ojos a Zeus,
que mora en lo alto, y su generoso corazón lanzaba grandes
gemidos. Al fin, creyendo que la mejor resolución sería
acudir a Néstor Nelida, el más ilustre de los hombres,
por si entrambos hallaban un medio que librara de la desgracia a
todos los dánaos, levantóse, vistió la túnica,
calzó los blancos pies con hermosas sandalias, echóse
una rojiza piel de corpulento y fogoso león que le llegaba
hasta los pies, y asió la lanza.
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| 25 |
También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía
que se posara el sueño en sus párpados, temiendo que
les ocurriese algún percance a los aqueos que por él
habían llegado a Troya, atravesando el vasto mar, y promovido
tan audaz guerra. Cubrió sus anchas espaldas con la manchada
piel de un leopardo, púsose luego el casco de bronce, y tomando
en la robusta mano una lanza, fue a despertar a Agamemnón,
que imperaba poderosamente sobre los
argivos
todos y era venerado por el pueblo como un dios. Hallóle
junto a la popa de su nave, vistiendo la magnífica armadura.
Grata le fue a éste su venida. Y Menelao, valiente en el
combate habló el primero diciendo:
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| 37 |
¿Por
qué, hermano querido, tomas las armas? ¿Acaso deseas
persuadir a algún compañero para que vaya como explorador
al campo teucro? Mucho temo que nadie se ofrezca a prestarte este
servicio de ir solo durante la divina noche a espiar al enemigo,
porque para ello se requiere un corazón muy osado.
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| 42 |
Respondióle
el rey Agamemnón:
Ambos, oh Menelao, alumno de Zeus, tenemos necesidad de un
prudente consejo para defender y salvar a los argivos y las naves,
pues la mente de Zeus ha cambiado, y en la actualidad le son más
aceptos los sacrificios de Héctor. Jamás he visto
ni oído decir que un hombre realizara en un solo día
tantas proezas como ha hecho Héctor, caro a Zeus, contra
los aqueos, sin ser hijo de un dios ni de una diosa. De sus hazañas
se acordarán los argivos mucho y largo tiempo. ¡Tanto
daño ha causado a los aqueos! Ahora, anda, encamínate
corriendo a las naves y llama a Ayante y a Idomeneo; mientras voy
en busca del divino Néstor y le pido que se levante, vaya
con nosotros al sagrado escuadrón de los guardias y les dé
órdenes. Obedeceránle más que a nadie, puesto
que los manda su hijo junto con Meriones, servidor de Idomeneo.
A entrambos les hemos confiado de un modo especial esta tarea.
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| 60 |
Dijo entonces
Menelao, valiente en el combate:
¿Cómo me encargas y ordenas que lo haga? ¿Me
quedaré con ellos y te aguardaré allí o he
de volver corriendo cuando les haya participado tu mandato?
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| 64 |
Contestó
el rey de hombres Agamemnón:
Quédate allí: no sea que luego no podamos encontrarnos,
porque son muchas las sendas que hay a través del ejército.
Levanta la voz por donde pasares y recomienda la vigilancia, llamando
a cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos a todos.
No te muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya
que cuando nacimos Zeus nos condenó a padecer tamaños
infortunios.
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| 72 |
Esto dicho,
despidió al hermano bien instruido ya, y fue en busca de
Néstor, pastor de hombres. Hallóle en su pabellón,
junto a la negra nave, acostado en blanda cama. A un lado veíanse
diferentes armas el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo
y el labrado bálteo con que se ceñía el anciano
siempre que, como caudillo de su gente, se armaba para ir al homicida
combate; pues aún no se rendía a la triste vejez.
Incorporóse Néstor apoyándose en el codo, alzó
la cabeza, y dirigiéndose al Atrida le interrogó con
estas palabras:
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| 82 |
¿Quién
eres tú, que vas solo por el ejército y los navíos,
durante la tenebrosa noche, cuando duermen los demás mortales?
¿Buscas acaso a algún centinela o compañero?
Habla. No te acerques sin responder. ¿Qué deseas?
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| 86 |
Respondióle
el rey de hombres Agamemnón:
¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos!
Reconoce al Atrida Agamemnón, a quien Zeus envía y
seguirá enviando sin cesar más trabajos que a nadie,
mientras la respiración no le falte a mi pecho y mis rodillas
se muevan. Vagando voy; pues, preocupado por la guerra y las calamidades
que padecen los aqueos, no consigo que el dulce sueño me
cierre los ojos. Mucho temo por los dánaos; mi ánimo
no está tranquilo, sino sumamente inquieto; el corazón
se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos miembros. Pero si
quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño,
bajemos a ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y
del sueño, se hayan dormido, dejando la guardia abandonada.
Los enemigos se hallan cerca y no sabemos si habrán decidido
acometernos esta noche.
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| 102 |
Contestó
Néstor, caballero gerenio:
¡Glorioso Atrida, rey de hombres Agamemnón!
A Héctor no le cumplirá el próvido Zeus todos
sus deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá
de padecer aún si Aquileo depone de su corazón el
enojo funesto. Iré contigo y despertaremos a los demás:
al Tidida, famoso por su lanza; a Odiseo, al veloz Ayante de Oileo
y al esforzado hijo de Fileo. Alguien podría ir a llamar
al deiforme Ayante Telamonio y al rey Idomeneo, pues sus naves no
están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé a Menelao
por amigo y respetable que sea y aunque tú te enfades, y
no callaré que duerme y te ha dejado a ti el trabajo. Debía
ocuparse en suplicar a los príncipes todos, pues el peligro
que corremos es terrible.
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| 119 |
Dijo el rey
de hombres Agamemnón:
¡Anciano! Otras veces te exhorté a que le riñeras,
pues a menudo es indolente y no quiere trabajar; no por pereza o
escasez de talento, sino porque volviendo los ojos hacia mi, aguarda
mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,
presentóseme y le envié a llamar a aquellos de que
acabas de hablar. Vayamos y los hallaremos delante de las puertas,
con la guardia; pues allí es donde les dije que se reunieran.
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| 128 |
Respondió
Néstor, caballero gerenio:
De esta manera, ninguno de los argivos se irritará
contra él ni le desobedecerá, cuando los exhorte o
les ordene algo.
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| 131 |
Apenas hubo
dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica,
calzó los blancos pies con hermosas sandalias, y abrochóse
un manto purpúreo, doble, amplio, adornado con lanosa felpa.
Asió la fuerte lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y
se encaminó a las naves de los aqueos, de broncíneas
corazas. El primero a quien despertó Néstor, caballero
gerenio, fue Odiseo, que en prudencia igualaba a Zeus. Llamóle
gritando, su voz llegó a oídos del héroe, y
éste salió de la tienda y dijo:
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| 141 |
¿Por
qué andáis vagando así, por las naves y el
ejército, solos, durante la noche inmortal? ¿Qué
urgente necesidad se ha presentado?
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| 143 |
Respondió
Néstor, caballero gerenio:
¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Odiseo,
fecundo en recursos! No te enojes, porque es muy grande el pesar
que abruma a los aquivos. Síguenos y llamaremos a quien convenga,
para tomar acuerdo sobre si es preciso fugarnos o combatir todavía.
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| 148 |
Tal dijo. El
ingenioso Odiseo, entrando en la tienda, colgó de sus hombros
el labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de
Diomedes Tidida, y le hallaron delante de su pabellón con
la armadura puesta. Sus compañeros dormían alrededor
de él, con las cabezas apoyadas en los escudos y las lanzas,
clavadas por el regatón en tierra; el bronce de las puntas
lucía a lo lejos como un relámpago del padre Zeus.
El héroe descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo
debajo de la cabeza un espléndido tapete. Néstor,
caballero gerenio, se detuvo a su lado, le movió con el pie
para que despertara, y le daba prisa, increpándole de esta
manera:
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| 159 |
¡Levántate,
hijo de Tideo! ¿Cómo duermes a sueño suelto
toda la noche? ¿No sabes que los teucros acampan en una eminencia
de la llanura, cerca de las naves, y que solamente un corto espacio
los separa de nosotros?
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| 162 |
De esta suerte
habló. Y aquél, recordando en seguida del sueño,
dijo estas aladas palabras:
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| 164 |
Eres infatigable,
anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura no hay otros
aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten
a los reyes? ¡No se puede contigo, anciano!
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| 168 |
Respondióle
Néstor, caballero gerenio:
Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Tengo
hijos excelentes y muchos hombres que podrían ir a llamarlos,
pero es muy grande el peligro en que se hallan los aqueos: en el
filo de una navaja están ahora la triste muerte y la salvación
de todos. Ve y haz levantar al veloz Ayante y al hijo de Fileo,
ya que eres más joven y de mí te compadeces.
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| 177 |
Dijo. Diomedes
cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento y fogoso
león, tomó la lanza, fue a despertar a aquéllos
y se los llevó consigo.
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| 180 |
Cuando llegaron
al escuadrón de los guardias, no encontraron a sus jefes
dormidos, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los
canes que guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte,
a través de la selva, una terrible fiera con gran clamoreo
de hombres y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir; así
el dulce sueño huía de los párpados de los
que hacían guardia en tan mala noche, pues miraban siempre
hacia la llanura y acechaban si los teucros iban a atacarlos. El
anciano viólos, alegróse y para animarlos profirió
estas aladas palabras:
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| 192 |
¡Vigilad,
así, hijos míos! No sea que alguno se deje vencer
del sueño y demos ocasión para que el enemigo se regocije.
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| 194 |
Dijo, y atravesó
el foso. Siguiéronle los reyes argivos que habían
sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro
hijo del anciano, porque aquéllos los invitaron a deliberar.
Pasado el foso sentáronse en un lugar limpio donde el suelo
no aparecía cubierto de cadáveres: allí habíase
vuelto el impetuoso Héctor, después de causar gran
estrago a los argivos, cuando la noche los cubrió con su
manto. Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor,
caballero gerenio, comenzó a hablar diciendo:
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| 204 |
¡Oh
amigos! ¿No habrá nadie que, confiando en su ánimo
audaz, vaya al campamento de los magnánimos teucros? Quizás
hiciera prisionero a algún enemigo que ande cerca del ejército,
o averiguara, oyendo algún rumor, lo que los teucros han
decidido: si desean quedarse aquí, cerca de las naves, o
volverán a la ciudad cuando hayan vencido a los aqueos. Si
se enterara de esto y regresara incólume, sería grande
su gloria debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría
una hermosa recompensa: cada jefe de los que mandan en las naves
le daría una oveja con su corderito presente sin igual
y se le admitiría además en todos los banquetes y
festines.
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| 218 |
De tal modo
habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta que
Diomedes, valiente en la pelea les dijo:
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| 220 |
¡Néstor!
Mi corazón y ánimo valeroso me incitan a penetrar
en el campo de los enemigos que tenemos cerca, de los teucros; pero
si alguien me acompañase, mi confianza y mi osadía
serían mayores. Cuando van dos, uno se anticipa al otro en
advertir lo que conviene; cuando se está solo, aunque se
piense, la inteligencia es más tarda y la resolución
más difícil.
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| 227 |
Tales fueron
sus palabras, y muchos quisieron acompañar a Diomedes. Deseáronlo
los dos Ayaces, ministros de Ares; quísolo Mediones; lo anhelaba
el hijo de Néstor; ofrecióse el Atrida Menelao, famoso
por su lanza; y por fin, también Odiseo se mostró
dispuesto a penetrar en el ejército teucro, porque el corazón
que tenía en el pecho aspiraba siempre a ejecutar audaces
hazañas. Y el rey de hombres Agamemnón dijo entonces:
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| 234 |
¡Diomedes
Tidida, carísimo a mi corazón! Escoge por compañero
al que quieras, al mejor de los presentes; pues son muchos los que
se ofrecen. No dejes al mejor y elijas a otro peor por respeto alguno
que sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni
por atender a que sea un rey mas poderoso.
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| 240 |
Habló
en estos términos porque temía por el rubio Menelao.
Y Diomedes, valiente en la pelea, replicó:
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| 242 |
Si me
mandáis que yo mismo designe el compañero, ¿cómo
no pensaré en el divino Odiseo, cuyo corazón y ánimo
valeroso son tan dispuestos para toda suerte de trabajos, y a quien
tanto ama Palas Atenea? Con él volveríamos acá
aunque nos rodearan abrasadoras llamas, porque su prudencia es grande.
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| 248 |
Respondió
el paciente divino Odiseo:
¡Tidida! No me alabes en demasía ni me vituperes,
puesto que hablas a los argivos de cosas que les son conocidas.
Pero vámonos, que la noche está muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya
en las dos partes de su jornada y sólo un tercio nos resta.
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| 254 |
En
diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El intrépido
Trasimedes dio al Tidida una espada de dos filos la de éste
había quedado en la nave y un escudo, y le puso un
morrión de piel de toro sin penacho ni cimera, que se llama
catetyx y lo usan los jóvenes para proteger la cabeza.
Meriones proporcionó a Odiseo arco, carcaj y espada, y le
cubrió la cabeza con un casco de piel que por dentro se sujetaba
con fuertes correas y por fuera presentaba los blancos dientes de
un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un mechón
de lana colocado en el centro. Este casco era el que Autólico
había robado en Eleón a Amintor Orménida, horadando
la pared de su casa, y que luego dio en
Escandia
a Anfidamante de
Citera;
Anfidamante lo regaló, como presente de hospitalidad, a Molo;
éste lo cedió a su hijo Meriones para que lo llevara,
y entonces hubo de cubrir la cabeza de Odiseo.
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| 272 |
Una vez revestidos
de las terribles armas, partieron y dejaron allí a todos
los príncipes. Palas Atenea envióles una garza, y
si bien no pudieron verla con sus ojos, porque la noche era oscura,
oyéronla graznar a la derecha del camino. Odiseo se holgó
del presagio y oró a Atenea:
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| 278 |
¡Oyeme,
hija de Zeus, que lleva la égida! Tú, que me asistes
en todos los trabajos y conoces mis pasos, séme ahora propicia
más que nunca, oh Atenea, y concede que volvamos a las naves
cubiertos de gloria por haber realizado una gran hazaña que
preocupe a los teucros.
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| 283 |
Diomedes, valiente
en la pelea, oró luego diciendo:
¡Ahora óyeme también a mí, invicta
hija de Zeus! Acompáñame como acompañaste a
mi padre, el divino Tideo, cuando fue a Tebas en representación
de los aquivos. Dejando a los aqueos, de broncíneas corazas,
a orillas del Asopo, llevó un agradable mensaje a los cadmeos;
y a la vuelta realizó admirables proezas con tu ayuda, excelente
diosa, porque benévola le acorrías. Ahora, acórreme
a mí y préstame tu amparo. E inmolaré en tu
honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita
y no sujeta aún al yugo, después de derramar oro sobre
sus cuernos.
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| 295 |
Tales fueron
sus respectivas plegarias, que oyó Palas Atenea. Y después
de rogar a la hija del gran Zeus, anduvieron en la oscuridad de
la noche, como dos leones, por el campo donde tanta carnicería
se había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida
sangre.
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| 299 |
Tampoco Héctor
dejaba dormir a los valientes teucros; pues convocó a los
próceres, a cuantos eran caudillos y príncipes de
los troyanos, y una vez reunidos les expuso una prudente idea:
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| 303 |
¿Quién,
por un gran premio, se ofrecerá a llevar al cabo la empresa
que voy a decir? La recompensa será proporcionada. Daré
un carro y dos corceles de erguido cuello, los mejores que haya
en las veleras aqueas, al que tenga la osadía de acercarse
a las naves de ligero andar con ello al mismo tiempo ganará
gloria y averigüe si éstas son guardadas todavía,
o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan en la fuga y
no quieren velar porque el cansancio abrumador los rinde.
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| 313 |
Tal fue lo que
propuso. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había
entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del divino heraldo
Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto, pero de pies
ágiles y el único hijo varón de su familia
con cinco hermanas. Este dijo entonces a los teucros y a Héctor:
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| 319 |
¡Héctor!
Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan a acercarme
a las naves, de ligero andar, y explorar el campo. Ea, alza el cetro
y jura que me darás los corceles y el carro con adornos de
bronce que conducen al eximio Pelida. No te será inútil
mi espionaje, ni tus esperanzas se verán defraudadas, pues
atravesaré todo el ejército hasta llegar a la nave
de Agamemnón, que es donde deben de haberse reunido los caudillos
para deliberar si huirán o seguirán combatiendo.
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| 328 |
Así se
expresó. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó
el juramento:
Sea testigo el mismo Zeus tonante, esposo de Hera. Ningún
otro teucro será llevado por estos corceles, y tú
disfrutarás perpetuamente de ellos.
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| 332 |
Con tales palabras,
jurando lo que no había de cumplirse, animó a Dolón.
Este, sin perder momento, colgó del hombro el corvo arco,
vistió una pelicana piel de lobo, cubrió la cabeza
con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo
dardo, y saliendo del ejército, se encaminó a las
naves, de donde no había de volver para darle a Héctor
la noticia. Dejó atrás la multitud de carros y hombres,
y andaba animoso por el camino. Y Odiseo, de jovial linaje, advirtiendo
que se acercaba a ellos, habló así a Diomedes:
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| 341 |
Ese hombre,
Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como espía
a nuestras naves o se propone despojar algún cadáver
de los que murieron. Dejemos que se adelante un poco más
por la llanura, y echándonos sobre él le cogeremos
fácilmente; y si en correr nos aventajare, apártale
del ejército, acometiéndole con la lanza y persíguele
siempre hacia las naves, para que no se guarezca en la ciudad.
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| 349 |
Esto dicho,
tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El incauto
Dolón pasó con pie ligero. Mas cuando estuvo a la
distancia a que se extienden los surcos de las mulas éstas
son mejores que los bueyes para tirar de un arado en tierra noval,
Odiseo y Diomedes corrieron a su alcance. Dolón oyó
ruido y se detuvo, creyendo que algunos de sus amigos venían
del ejército teucro a llamarle por encargo de Héctor.
Pero así que aquellos se hallaron a tiro de lanza o más
cerca aún, conoció que eran enemigos y puso su diligencia
en los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban a perseguirle. Como
dos perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en
una selva a un cervato o a una liebre que huye chillando delante
de ellos; del mismo modo, el Tidida y Odiseo, asolador de ciudades,
perseguían constantemente a Dolón después que
lograron apartarle del ejército. Ya en su fuga hacia las
naves iba el troyano a topar con el cuerpo de guardia, cuando Atenea
dio fuerzas al Tidida para que ninguno de los aqueos, de broncíneas
corazas, se le adelantara y pudiera jactarse de haber sido el primero
en herirle y él llegase después. El fuerte Diomedes
arremetió a Dolón, con la lanza, y le gritó:
|
| 370 |
Tente,
o te alcanzará mi lanza; y no creo que puedas evitar mucho
tiempo que mi mano te dé una muerte terrible.
|
| 372 |
Dijo, y arrojó
la lanza; mas de intento erró el tiro, y ésta se clavó
en el suelo después de volar por cima del hombro derecho
de Dolón. Paróse el troyano dentellando los
dientes crujíanle en la boca, tembloroso y pálido
de miedo, Odiseo y Diomedes se le acercaron, jadeantes, y le asieron
de las manos, mientras aquél lloraba y les decía:
|
| 378 |
Hacedme
prisionero y yo me redimiré. Hay en casa bronce oro y hierro
labrado: con ello os pagaría mi padre inmenso rescate, si
supiera que estoy vivo en las naves aqueas.
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| 382 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
Tranquilízate y no pienses en la muerte. Ea, habla
y dime con sinceridad: ¿Adónde ibas solo, separado
de tu ejército y derechamente hacia las naves, en esta noche
oscura, mientras duermen los demás mortales? ¿Acaso
a despojar a algún cadáver? ¿Por ventura Héctor
te envió como espía a las cóncavas naves? ¿O
te dejaste llevar por los impulsos de tu corazón?
|
| 390 |
Contestó
Dolón, a quien le temblaban las carnes:
Héctor me hizo salir fuera de juicio con muchas perniciosas
promesas: accedió a darme los solípedos corceles y
el carro con adornos de bronce del eximio Pelida, para que, acercándome
durante la rápida y oscura noche a los enemigos, averiguase
si las veleras naves son guardadas todavía, o vosotros, que
habéis sido vencidos por nuestras manos, pensáis en
la fuga y no queréis velar porque el cansancio abrumador
os rinde.
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| 400 |
Díjole
sonriendo el ingenioso Odiseo:
Grande es el presente que tu corazón anhelaba. ¡Los
corceles del aguerrido Eácida! Difícil es que nadie
los sujete y sea por ellos llevado, fuera de Aquileo, que tiene
una madre inmortal. Ea, habla y dime con sinceridad: ¿Dónde,
al venir, has dejado a Héctor, pastor de hombres? ¿En
qué lugar tienen las marciales armas y los caballos? ¿Cómo
se hacen las guardias y de qué modo están dispuestas
las tiendas de los teucros? Cuenta también lo que están
deliberando: si desean quedarse aquí cerca de las naves o
volverán a la ciudad cuando hayan vencido a los aqueos.
|
| 412 |
Contestó
Dolón, hijo de Eumedes:
De todo voy a informarte con exactitud. Héctor y sus
consejeros deliberan lejos del bullicio junto a la tumba de Ilo;
en cuanto a las guardias por que me preguntas, oh héroe,
ninguna ha sido designada para que vele por el ejército ni
para que vigile. En torno de cada hoguera los troyanos, apremiados
por la necesidad, velan y se exhortan mutuamente a la vigilancia.
Pero los auxiliares, venidos de lejas tierras, duermen y dejan a
los troyanos al cuidado de la guardia porque no tienen aquí
a sus hijos y mujeres.
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| 423 |
Volvió
a preguntarle el ingenioso Odiseo:
¿Estos duermen mezclados con los troyanos o separadamente?
Dímelo para que lo sepa.
|
| 426 |
Contestó
Dolón, hijo de Eumedes:
De todo voy a informarte con exactitud. Hacia el mar están
los carios, los peonios, armados de corvos arcos, y los
léleges,
caucones y divinos pelasgos. El lado de
Timbra
lo obtuvieron por suerte los licios, los arrogantes misios, los
frigios, domadores de caballos, y los meonios, que combaten en carros.
Mas ¿por qué me hacéis estas preguntas? Si
deseáis entraros por el ejército teucro, los tracios
recién venidos están ahí, en ese extremo, con
su rey Reso, hijo de Eyoneo. He visto sus corceles, que son bellísimos,
de gran altura, más blancos que la nieve y tan ligeros como
el viento. Su carro tiene lindos adornos de oro y plata, y sus armas
son de oro, magníficas, admirables, y más propias
de los inmortales dioses que de hombres mortales. Pero llevadme
ya a las naves de ligero andar, o dejadme aquí, atado con
recios lazos, para que vayáis y comprobéis si os hablé
como debía.
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| 446 |
Mirándole
con torva faz le replicó el fuerte Diomedes:
No esperes escapar de ésta, oh Dolón, aunque
tus noticias son importantes, pues has caído en nuestras
manos. Si te dejásemos libre o consintiéramos en el
rescate, vendrías de nuevo a las veleras naves a espiar o
a combatir contra nosotros, y si por mi mano pierdes la vida, no
causarás más daño a los argivos.
|
| 454 |
Dijo: y Dolón
iba como suplicante, a tocarle la barba con su robusta mano, cuando
Diomedes, de un tajo en el cuello, le rompió ambos tendones;
y la cabeza cayó en el polvo, mientras el troyano hablaba
todavía. Quitáronle el morrión de piel de comadreja,
la piel de lobo, el flexible arco y la ingente lanza; y el divino
Odiseo, cogiéndolo todo con la mano, levantólo para
ofrecerlo a Atenea, que preside a los aqueos, y oró diciendo:
|
| 462 |
Huélgate
de esta ofrenda, ¡oh diosa! Serás tú la primera
a quien invocaremos entre las deidades del Olimpo. Y ahora guíanos
hacia los corceles y las tiendas de los tracios.
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| 465 |
Dichas estas
palabras, apartó de sí los despojos y los colgó
de un tamarisco, cubriéndolos con cañas y frondosas
ramas del árbol, que fueran una señal visible para
que no les pasaran inadvertidos, al regresar durante la rápida
y oscura noche. Luego, pasaron adelante por encima de las armas
y de la negra sangre, y llegaron al escuadrón de los tracios
que, rendidos de fatiga, dormían dispuestos en tres filas
con las armas en el suelo y un par de caballos junto a cada guerrero.
Reso descansaba en el centro, y tenía los ligeros corceles
atados con correas a un extremo del carro. Odiseo viole el primero
y lo mostró a Diomedes:
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| 477 |
Ese es
el hombre, Diomedes, y ésos los corceles de que nos habló
Dolón, a quien matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y
no tengas ociosas las armas. Desata los caballos, o bien mata hombres
y yo me encargará de aquéllos.
|
| 482 |
Tal dijo, y
Atenea, la de los brillantes ojos, infundió valor a Diomedes,
que comenzó a matar a diestro y a siniestro: sucedíanse
los horribles gemidos de los que daban la vida a los golpes de la
espada, y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal intencionado
león acomete al rebaño de cabras o de ovejas, cuyo
pastor esta ausente; así el hijo de Tideo se abalanzaba a
los tracios, hasta que mató a doce. A cuantos aquél
hería con la espada, Odiseo, asiéndolos por el pie,
los apartaba del camino, para que luego los corceles de hermosas
crines pudieran pasar fácilmente y no se asustasen de pisar
cadáveres, a lo cual no estaban acostumbrados. Llegó
el hijo de Tideo adonde yacía el rey, fue éste el
décimotercero a quien privó de la dulce vida, mientras
daba un suspiro; pues en aquella noche el hijo de Eneo aparecíase
en desagradable ensueño a Reso, por orden de Atenea. Durante
este tiempo, el paciente Odiseo desató los solípedos
caballos, los ligó a entrambos con las riendas y los sacó
del ejército aguijándolos con el arco, porque se le
olvidó tomar el magnífico látigo que había
en el labrado carro. Y en seguida silbó, haciendo seña
al divino Diomedes.
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Mas éste,
quedándose aún, pensaba qué podría hacer
que fuese muy arriesgado: si se llevaría el carro con las
labradas armas, ya tirando del timón, ya levantándolo
en alto, o quitaría la vida a más tracios. En tanto
que revolvía tales pensamientos en su espíritu, presentóse
Atenea y habló así al divino Diomedes:
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Piensa
ya en volver a las cóncavas naves, hijo del magnánimo
Tideo. No sea que hayas de llegar huyendo, si algún otro
dios despierta a los teucros.
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Así habló.
Diomedes, conociendo la voz de la diosa, montó sin dilación
a caballo; Odiseo subió al suyo, aguijóles con el
arco y ambos volaron hacia las veleras naves aqueas.
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Apolo, que lleva
arco de plata, estaba en acecho desde que advirtió que Atenea
acompañaba al hijo de Tideo, e indignado contra ella, entróse
por el ejército de los teucros y despertó a Hipocoonte,
valeroso caudillo tracio y sobrino de Reso. Como Hipocoonte, recordando
del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban los caballos
y a los hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía,
comenzó a lamentarse y a llamar por su nombre al querido
compañero. Y pronto se promovió gran clamoreo e inmenso
tumulto entre los teucros, que acudían en tropel y admiraban
la peligrosa aventura a que unos hombres habían dado cima,
regresando luego a las cóncavas naves.
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Cuando ambos
héroes llegaron al sitio en que mataran al espía de
Héctor, Odiseo, caro a Zeus, detuvo los veloces caballos;
y el Tidida, apeándose, tomó los cruentos despojos,
que puso en las manos de su amigo, volvió a montar y picó
a los corceles. Estos volaron gozosos hacia las cóncavas
naves, pues a ellas deseaban llegar. Néstor fue el primero
que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:
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¡Amigos,
capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me engañaré
o será verdad lo que voy a decir? El corazón me ordena
hablar. Oigo pisadas de caballos de pies ligeros. Ojalá Odiseo
y el fuerte Diomedes trajeran del campo troyano solípedos
corceles; pero mucho temo que a los más valientes argivos
les haya ocurrido algún percance en el ejército teucro.
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Aún no
había acabado de pronunciar estas palabras, cuando aquéllos
llegaron y echaron pie a tierra. Todos los saludaban alegremente
con la diestra y con afectuosas palabras. Y Néstor, caballero
gerenio, les preguntó el primero:
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¡Ea,
dime, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo
hubisteis estos caballos: penetrando en el ejército teucro
o recibiéndolos de un dios que os salió al camino?
Muy semejantes son a los rayos del sol. Siempre entro por las filas
de los teucros, pues aunque anciano no me quedo en las naves, y
jamás he visto ni advertido tales corceles. Supongo que los
habréis recibido de algún dios que os salió
al encuentro, pues a entrambos os aman Zeus, que amontona las nubes
y su hija Atenea la de los brillantes ojos.
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Respondióle
el ingenioso Odiseo:
¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos!
Fácil le sería a un dios, si quisiera, dar caballos
mejores aún que éstos, pues su poder es muy grande.
Los corceles por los que preguntas, anciano, llegaron recientemente
y son tracios: el valiente Diomedes mató al dueño
y a doce de sus compañeros, todos aventajados, y cerca de
las naves dimos muerte al décimotercero, que era un espía
enviado por Héctor y otros teucros ilustres a explorar este
campamento.
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De este modo
habló; y muy ufano, hizo que los solípedos caballos
pasaran al foso, y los aqueos siguiéronle alborozados. Cuando
estuvieron en la hermosa tienda del Tidida, ataron los corceles
con bien cortadas correas al pesebre, donde los caballos de Diomedes
comían el trigo dulce como la miel. Odiseo dejó en
la popa de su nave los cruentos despojos de Dolón, para guardarlos
hasta que ofrecieran un sacrificio a Atenea. Los dos héroes
entraron en el mar y se lavaron el abundante sudor de sus piernas,
cuello y muslos. Cuando las olas les hubieron limpiado el sudor
del cuerpo y recreado el corazón, metiéronse en pulimentadas
pilas y se bañaron. Lavados ya y ungidos con craso aceite,
sentáronse a la mesa; y sacando de una cratera vino dulce
como la miel, en honor de Atenea lo libaron.
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