| |
BATALLA
INTERRUMPIDA
|
| 1 |
Eos, de azafranado
velo, se esparcía por toda la tierra, cuando Zeus, que se
complace en lanzar rayos, reunió la junta de dioses en la
más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Y así les
habló, mientras ellos atentamente le escuchaban:
|
| 5 |
¡Oídme
todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho
mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón
o hembra, se atreva a transgredir mi mandato, antes bien, asentid
todos, a fin de que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo.
El dios que intente separarse de los demás y socorrer a los
teucros o a los dánaos, como yo le vea, volverá afrentosamente
golpeado al Olimpo; o cogiéndole, lo arrojaré al tenebroso
Tártaro,
muy lejos en lo más profundo del báratro debajo de
la tierra sus puertas son de hierro y el umbral, de bronce,
y su profundidad desde el Hades como del cielo a la tierra
y conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al
de las demás deidades. Y si queréis, haced esta prueba,
oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea
cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os
será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro
supremo, por mucho que os fatiguéis, mas si yo me resolviese
a tirar de aquella os levantaría con la tierra y el mar,
ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo
quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los
hombres.
|
| 28 |
Así hablo,
y todos callaron asombrados de sus palabras, pues fue mucha la vehemencia
con que se expresara. Al fin, Atenea, la diosa de los brillantes
ojos, dijo:
|
| 31 |
¡Padre
nuestro, Cronión, el más excelso de los soberanos!
bien sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima
de los belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá
su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en el combate,
si nos lo mandas; pero sugeriremos a los
argivos
consejos saludables, a fin de que no perezcan todos, víctimas
de su cólera.
|
| 38 |
Sonriéndose,
le contestó Zeus que amontona las nubes:
Tranquilízate, Tritogenea, hija querida. No hablo
con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente.
|
| 41 |
Esto
dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas
crines, que volaban ligeros; vistió la dorada túnica,
tomó el látigo de oro y fina labor, y subió
al carro. Picó a los caballos para que arrancaran; y éstos,
gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado cielo.
Pronto llegó al
Ida,
abundante en fuentes y criador de fieras, al
Gárgaro,
donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí
el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los
desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla.
Sentóse luego en la cima, ufano de su gloria, y se puso a
contemplar la ciudad troyana y las naves
aqueas.
|
| 53 |
Los
aqueos,
de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en las tiendas
y en seguida tomaron las armas. También los teucros se armaron
dentro de la ciudad; y aunque eran menos, estaban dispuestos a combatir,
obligados por la cruel necesidad de proteger a sus hijos y mujeres;
abriéronse todas las puertas, salió el ejército
de infantes y de los que peleaban en carros, y se produjo un gran
tumulto.
|
| 60 |
Cuando los dos
ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí los
escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un
gran tumulto. Allí se oían simultáneamente
los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los
matadores, y la tierra manaba sangre.
|
| 66 |
Al amanecer
y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los tiros
alcanzaban por igual a unos y a otros, y los hombres caían.Cuando
el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Zeus tomó
la balanza de oro, puso en ella dos suertesla de los teucros,
domadores de caballos, y la de los aqueos, de broncíneas
corazaspara saber a quien estaba reservada la dolorosa muerte;
cogió por el medio la balanza, la desplegó y tuvo
más peso el día fatal de los aqueos. La suerte de
éstos bajó hasta llegar a la fértil tierra,
mientras la de los teucros subía al cielo. Zeus, entonces,
truena fuerte desde el Ida y envía una ardiente centella
a los aqueos, quienes, al verla, se pasman, sobrecogidos de pálido
temo.
|
| 78 |
Ya no se atreven
a permanecer en el campo ni Idomeneo, ni Agamemnón, ni los
dos Ayaces, ministros de Ares; y sólo se queda Néstor
gerenio, protector de los aqueos, contra su voluntad, por tener
malparado uno de los corceles, al cual el divino Alejandro, esposo
de Helena, la de hermosa cabellera, flechara en lo alto de la cabeza,
donde las crines empiezan a crecer y las heridas son mortales. El
caballo, al sentir el dolor, se encabrita y la flecha le penetra
el cerebro; y revolcándose para sacudir el bronce, espanta
a los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa a
cortar con la espada las correas del caído corcel, vienen
a través de la muchedumbre los veloces caballos de Héctor,
tirando del carro en que iba tan audaz guerrero. Y el anciano perdiera
allí la vida, si al punto no lo hubiese advertido Diomedes,
valiente era la pelea; el cual, vociferando de un modo horrible
dijo a Odiseo:
|
| 93 |
¡Laertíada,
de jovial linaje! ¡Odiseo, fecundo en recursos! ¿Adónde
huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde?
Que alguien no te clave la pica en el dorso, mientras pones los
pies en polvorosa. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz
guerrero.
|
| 97 |
Así dijo,
y el paciente divino Odiseo pasó sin oírle, corriendo
hacia las cóncavas naves de los aqueos. El hijo de Tideo,
aunque estaba solo, se abrió paso por las primeras filas;
y deteniéndose ante el carro del viejo Nelida, pronunció
estas aladas palabras:
|
| 102 |
¡Oh
anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin fuerzas,
abrumado por la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor y
tus caballos son tardos. Sube a mi carro para que veas cuáles
son los corceles de Tros que quité a Eneas, el que pone en
fuga a sus enemigos, y cómo saben lo mismo perseguir acá
y allá de la llanura que huir ligeros. De los tuyos cuiden
los servidores; y nosotros dirijamos éstos hacia los teucros,
domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué
furia se mueve la lanza que mi mano blande.
|
| 112 |
Dijo; y Néstor,
caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse de
sus yeguas los bravos escuderos Esténalo y Eurimedonte valeroso,
y habiendo subido ambos héroes al carro de Diomedes, Néstor
cogió las lustrosas riendas y avispó a los caballos,
y pronto se hallaron cerca de Héctor, que cerró con
ellos. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, y si bien erró
el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla a Eniopeo,
hijo del animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas:
Eniopeo cayó del carro, cejaron los corceles y allí
terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió
el espíritu de Héctor por tal muerte, pero, aunque
condolido del compañero, dejóle en el suelo y buscó
otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los veloces
caballos sin conductor, pues Héctor encontróse con
el ardido Arqueptólemo Ifítida, y haciéndole
subir, le puso las riendas en la mano.
|
| 130 |
Entonces
gran estrago e irreparables males se hubieran producido y los teucros
habrían sido encerrados en
Ilión
como corderos, si al punto no lo hubiese advertido el padre de los
hombres y de los dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió
un ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos
de Diomedes; el azufre encendido produjo una terrible llama; los
corceles, asustados, acurrucáronse debajo del carro; las
lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste,
con miedo en el corazón, dijo a Diomedes:
|
| 139 |
¡Tidida!
Tuerce la rienda a los solípedos caballos y huyamos. ¿No
conoces que la protección de Zeus ya no te acompaña
? Hoy Zeus Cronión otorga a ése la victoria; otro
día, si le place, nos la dará a nosotros. Ningún
hombre por fuerte que sea, puede impedir los propósitos de
Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.
|
| 145 |
Respondióle
Diomedes, valiente en la pelea:
Sí, anciano; oportuno es cuanto acabas de decir, pero
un terrible pesar me llega al corazón y al alma. Quizás
diga Héctor, arengando a los teucros:
|
| 149 |
El Tidida llegó
a las naves, puesto en fuga por mi lanza. Así se jactará;
y entonces ábraseme la vasta tierra.
|
| 151 |
Replicóle
Néstor, caballero gerenio:
¡Ay de mí! ¡Qué dijiste hijo del
belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y débil
no le creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres
de los teucros magnánimes, escudados, cuyos esposos florecientes
en el polvo derribaste.
|
| 157 |
Dichas estas
palabras, volvió la rienda a los solípedos caballos,
y empezaron a huir por entre la turba. Los teucros y Héctor,
promoviendo inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos dañosos
tiros. Y el gran Héctor, de tremolante casco, gritaba con
voz recia:
|
| 161 |
¡Tidida!
Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la
preferencia en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de
vino, mas ahora te despreciarán, porque te has vuelto como
una mujer. Anda, tímida doncella; ya no escalarás
nuestras torres, venciéndome a mí, ni te llevarás
nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.
|
| 167 |
Tal dijo. El
Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo o torcer la rienda a
los corceles y volver a pelear. Tres veces se le presentó
la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido
Zeus tronó desde los montes ideos para anunciar a los teucros
que suya sería en aquel combate la inconstante victoria.
Y Héctor los animaba, diciendo a voz en grito:
|
| 173 |
¡Troyanos,
licios, dárdanos, que cuerpo a cuerpo combatís! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que
el Cronión me concede, benévolo, la victoria y gloria
inmensa y envía la perdición a los dánaos;
quienes, oh necios, construyeron esos muros débiles y despreciables
que no podrán contener mi arrojo, pues los caballos salvarán
fácilmente el cavado foso. Cuando llegue a las cóncavas
naves, acordaos de traerme el voraz fuego, para que las incendie
y mate junto a ellas a los argivos aturdidos por el humo.
|
| 184 |
Dijo, y exhortó
a sus caballos con estas palabras:
¡Janto, Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis
pagarme el exquisito cuidado con que Andrómaca, hija del
magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado trigo
y os mezclaba vinos para que pudiéseis, bebiendo, satisfacer
vuestro apetito; antes que a mí, que me glorío de
ser su floreciente esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver
si nos apoderamos del escudo de Néstor, cuya fama llega hasta
el cielo por ser de oro, sin exceptuar las abrazaderas, y le quitamos
de los hombros a Diomedes, domador de caballos, la labrada coraza
que Hefesto fabricara. Creo que si ambas cosas consiguiéramos,
los aqueos se embarcarían esta misma noche en las veleras
naves.
|
| 198 |
Así habló,
vanagloriándose. La veneranda Hera, indignada, se agitó
en su trono, haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al
gran dios Poseidón.
|
| 201 |
¡Oh
dioses! ¡Prepotente Poseidón, que bates la tierra!
¿Tu corazón no se compadece de los dánaos moribundos,
que tantos y tan lindos presentes te llevaban a
Hélice
y a
Egas?
Decídete a darles la victoria. Si cuantos protegemos a los
dánaos quisiéramos rechazar a los teucros y contener
al longividente Zeus, este se aburriría sentado solo allá
en el Ida.
|
| 208 |
Respondióle
muy indignado el poderoso dios que sacude la Tierra:
¿Qué palabras proferiste, audaz Hera? Yo no
quisiera que los demás dioses lucháramos con el Cronión
Jove, porque nos aventaja mucho en poder.
|
| 212 |
Así éstos
conversaban. Cuanto espacio había desde los bajeles al fosado
muro llenóse de carros y hombres escudados que allí
acorraló Héctor Priámida, igual al impetuoso
Ares, cuando Zeus le dio gloria. Y el héroe hubiese pegado
ardiente fuego a las naves bien proporcionadas, de no haber sugerido
la venerable Hera a Agamemnón que animara pronto a los aqueos.
Fuese el Atrida hacia las tiendas y las naves aqueas con el grande
purpúreo manto en el robusto brazo, y subió a la ingente
nave negra de Odiseo, que estaba en el centro, para que le oyeran
por ambos lados hasta las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquileo,
los cuales habían puesto sus bajeles en los extremos porque
confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz penetrante
gritaba a los dánaos:
|
| 228 |
¡Qué
vergüenza argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! ¿Qué es de la jactancia con que nos
gloriábamos de ser valentísimos, y con que decíais
presuntuosamente en Lemnos, comiendo abundante carne de bueyes de
erguida cornamenta y bebiendo crateras de vino, que cada uno haría
frente en la batalla a ciento y a doscientos troyanos? Ahora ni
con unos podemos, con Héctor, que pronto pegará ardiente
fuego a las naves ¡Padre Zeus! ¿Hiciste sufrir tamaña
desgracia y privaste de una gloria tan grande a algún otro
de los prepotentes reyes? Cuando vine, no pasé de largo en
la nave de muchos bancos por ninguno de tus bellos altares, sino
que en todos quemé grasa y muslos de buey, deseoso de asolar
la bien murada Troya. Por tanto, oh Zeus, cúmpleme este voto:
déjanos escapar y librarnos de este peligro, y no permitas
que los teucros maten a los argivos.
|
| 245 |
Así se
expresó. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas,
le concedió que su pueblo se salvara y no pereciese; y en
seguida mandó un águila, la mejor de las aves agoreras,
que tenía en las garras el hijuelo de una veloz cierva y
lo dejó caer al pie del ara hermosa de Zeus, donde los aqueos
ofrecían sacrificios al dios, como autor de los presagios
todos. Cuando los argivos vieron que el ave había sido enviada
por Zeus, arremetieron contra los teucros y sólo en combatir
pensaron.
|
| 253 |
Entonces ninguno
de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse de haber
revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el ataque
antes que el Tidida. Fue éste el primero que mató
a un guerrero teucro, a Agelao Fradmónida, que subido en
el carro, emprendía la fuga: hundióle la pica en la
espalda, entre los hombros, y la punta salió por el pecho;
Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.
|
| 261 |
Siguieron a
Diomedes, los Atridas Agamemnón y Menelao; los Ayaces, revestidos
de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual al homicida
Ares; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno
lugar, Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía
detrás del escudo de Ayante Telamonio. Este levantaba la
rodela; y Teucro, volviendo el rostro a todos lados, flechaba a
un troyano que caía mortalmente herido, y al momento tornaba
a refugiarse en Ayante (como un niño en su madre), quien
le cubría otra vez con el refulgente escudo.
|
| 273 |
¿Cuál
fue el primero, cuál el último de los que entonces
mató el eximio Teucro? Orsíloco el primero, Ormeno,
Ofelestes, Detor, Cromio: Licofontes igual a un dios, Amopaón,
Poliemónida y Melanipo. A tantos derribó sucesivamente
al almo suelo. El rey de hombres Agamemnón se holgó
de ver que Teucro destruía las falanges troyanas, disparando
el fuerte arco; y poniéndose a su lado, le dijo:
|
| 281 |
¡Caro
Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue tirando flechas,
por si acaso llegas a ser la aurora de salvación de los dánaos
y honras a tu padre Telamón, que te crió cuando eras
niño y te educó en su casa, a pesar de tu condición
de bastardo; ya que está lejos de aquí, cúbrele
de gloria. Lo que voy a decir, se cumplirá: Si Zeus, que
lleva la égida y Atenea me permiten destruir la bien edificada
ciudad de Ilión, te pondré en la mano, como premio
de honor únicamente inferior al mío, o un trípode,
o dos corceles con su correspondiente carro, o una mujer que comparta
contigo el lecho.
|
| 292 |
Respondióle
el eximio Teucro:
¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué
me instigas cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde
que los rechazamos hacia Ilión mato hombres, valiéndome
del arco. Ocho flechas de larga punta tiré, y todas se clavaron
en el cuerpo de jóvenes llenos de marcial furor, pero no
consigo herir a ese perro rabioso.
|
| 300 |
Dijo;
y apercibiendo el arco, envió otra flecha a Héctor
con intención de herirle. Tampoco acertó; pero la
saeta clavóse en el pecho del eximio Gorgitión, valeroso
hijo de Príamo y de la bella Castianira, oriunda de
Esima,
cuyo cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un jardín inclina
la amapola su tallo combándose al peso del fruto o de los
aguaceros primaverales, de semejante modo inclinó el guerrero
la cabeza, que el casco hacía ponderosa.
|
| 309 |
Teucro armó
nuevamente el arco, envió otra saeta a Héctor con
ánimo de herirle, y también erró el tiro, por
haberlo desviado Apolo; pero hirió en el pecho cerca de la
tetilla a Arqueptólemo, osado auriga de Héctor, cuando
se lanzaba a la pelea. Arqueptólemo cayó del carro,
cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la
vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu
de Héctor por tal muerte, pero, aunque condolido del compañero,
dejóle y mandó a su propio hermano Cebriones, que
se hallaba cerca, que tomara las riendas de los caballos. Oyóle
Cebriones y no desobedeció. Héctor saltó del
refulgente carro al suelo, y vociferando de un modo espantoso, cogió
una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito
de herirle. Teucro, a su vez, sacó del carcaj una acerba
flecha, y ya estiraba la cuerda del arco, cuando Héctor,
de tremolante casco, acertó a darle con la áspera
piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el cuello
del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio:
entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el
arco se le fue de las manos. Ayante no abandonó al hermano
caído en el suelo sino que corriendo a defenderle, le resguardó
con el escudo. Acudieron dos compañeros, Macisteo, hijo de
Equio, y el divino Alástor; y cogiendo a Teucro, que daba
grandes suspiros, lo llevaron a las cóncavas naves.
|
| 335 |
El Olímpico
volvió a excitar el valor de los teucros, los cuales hicieron
arredrar a los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor
iba con los delanteros, haciendo gala de su fuerza. Como el perro
que acosa con ágiles pies a un jabalí o a un león,
le muerde, ya los muslos, ya la nalgas, y observa si vuelve la cara;
de igual modo perseguía Héctor a los aqueos de larga
cabellera matando al que se rezagaba y ellos huían espantados.
Cuando atravesaron la empalizada y el foso, muchos sucumbieron a
manos de los teucros; los demás no pasaron hasta las naves,
y allí se animaban los unos a los otros, y con los brazos
levantados oraban a todas las deidades. Héctor hacía
girar por todas partes los corceles de hermosas crines, y sus ojos
parecían los de la Medusa o los de Ares, peste de los hombres.
|
| 350 |
Hera, la diosa
de los níveos brazos, al ver a los aqueos compadeciólos,
y dirigió a Atenea estas aladas palabras.
|
| 352 |
¡Oh
dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¿No
nos cuidaremos de socorrer, aunque tarde, a los dánaos moribundos?
Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el
arrojo de un solo hombre, de Héctor Priámida, que
se enfurece de intolerable modo y ha causado ya gran estrago.
|
| 357 |
Respondióle
Atenea, la diosa de los brillantes ojos:
Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto
en su misma patria por los aqueos; pero mi padre revuelve en su
mente funestos propósitos, ¡cruel, siempre injusto,
desbaratador de mis planes!, y no recuerdo cuántas veces
salvé a su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le
impusiera. Heracles clamaba al cielo, llorando, y Zeus me enviaba
a socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora,
no hubiera escapado el hijo de Zeus de las hondas corrientes de
la
Estix,
cuando aquél le mandó que fuera al Hades, de sólidas
puertas, y sacara del
Erebo
el horrendo can de Hades. Al presente, Zeus me aborrece y cumple
los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó
la barba, suplicándole que honrase a Aquileo, asolador de
ciudades. Día vendrá en que me llame nuevamente su
amada hija, la de los brillantes ojos. Pero unce los solípedos
corceles, mientras yo, entrando en el palacio de Zeus, me armo para
la guerra; quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor,
de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos en el
campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto a las
naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne a los perros
y a las aves.
|
| 381 |
Dijo; y Hera,
la diosa de los níveos brazos, no fue desobediente. La venerable
diosa Hera, hija del gran Cronos, aprestó solícita
los caballos de áureos jaeces. Y Atenea, hija de Zeus, que
lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo
bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos; vistió
la coraza de Zeus que amontona las nubes, y se armó para
la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante carro, asió la
lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del prepotente
padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Hera picó con el látigo a
los bridones, y abriéronse de propio impulso, rechinando,
las puertas del cielo de que cuidan las Horas a ellas está
confiado el espacioso cielo y el Olimpo para remover o colocar
delante la densa nube. Por allí, a través de las puertas,
dirigieron aquellas deidades los corceles dóciles al látigo.
|
| 397 |
El padre Zeus,
apenas las vio desde el Ida, se encendió en cólera;
y al punto llamó a Iris, la de doradas alas, para que le
sirviese de mensajera:
|
| 399 |
¡Anda,
ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar
a mi presencia, porque ningún beneficio les reportará
luchar conmigo. Lo que voy a decir, se cumplirá: Encojaréles
los briosos corceles; las derribaré del carro, que romperé
luego, y ni en diez años cumplidos sanarán de las
heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de los brillantes
ojos que es con su padre contra quien combate. Con Hera no me irrito
ni me encolerizo tanto, porque siempre ha solido oponerse a mis
proyectos.
|
| 409 |
De tal modo
habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán,
se levantó para llevar el mensaje; descendió de los
montes ideos; y alcanzando a las diosas en la entrada del Olimpo,
en valles abundoso, hizo que se detuviesen, y les transmitió
la orden de Zeus:
|
| 413 |
¿Adónde
corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón
se enfurece? No consiente el Cronión que se socorra a los
argivos. Ved aquí lo que hará el hijo de Cronos, si
cumple su amenaza: Os encojará los briosos caballos, os derribará
del carro, que romperá luego, y ni en diez años cumplidos
sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que
conozcas tú, la de los brillantes ojos, que es con tu padre
contra quien combates. Con Hera no se irrita ni se encoleriza tanto,
porque siempre ha solido oponerse a sus proyectos. Pero tú,
temeraria perra desvergonzada, si realmente te atrevieras a levantar
contra Zeus la formidable lanza...
|
| 425 |
Cuando esto
hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros; y Hera dirigió
a Atenea estas palabras:
|
| 427 |
¡Oh
dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! Ya no permito
que por los mortales peleemos con Zeus. Mueran unos y vivan otros
cualesquiera que fueren; y aquél sea juez, como le corresponde,
y dé a los teucros y a los dánaos lo que su espíritu
acuerde.
|
| 432 |
Esto dicho,
torció la rienda a los solípedos caballos. Las Horas
desuncieron los corceles de hermosas crines, los ataron a los pesebres
divinos y apoyaron el carro en el reluciente muro. Y las diosas,
que tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos
tronos entre las demás deidades.
|
| 438 |
El padre Zeus,
subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los caballos desde
el Ida al Olimpo y llegó a la mansión de los dioses;
y allí el ínclito Poseidón, que sacude la tierra,
desunció los corceles, puso el carro en su sitio y lo cubrió
con un velo de lino. El longividente Zeus tomó asiento en
el áureo trono y el inmenso Olimpo tembló bajo sus
pies. Atenea y Hera, sentadas aparte y a distancia de Zeus, nada
le dijeron ni preguntaron; mas él comprendió en su
mente lo que pensaban, y dijo:
|
| 447 |
¿Por
qué os halláis tan abatidas, Atenea y Hera? No os
habréis fatigado mucho en la batalla, donde los varones adquieren
gloria, matando teucros, contra quienes sentís vehemente
rencor. Son tales mi fuerza y mis manos invictas, que no me harían
cambiar de resolución cuantos dioses hay en el Olimpo. Pero
os temblaron los hermosos miembros antes que llegarais a ver el
combate y sus terribles hechos. Diré lo que en otro caso
hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no hubieseis vuelto en vuestro
carro al Olimpo, donde se halla la mansión de los inmortales.
|
| 457 |
Así hablo.
Atenea y Hera, que tenían los asientos contiguos y pensaban
en causar daño a los teucros, mordiéronse los labios.
Atenea, aunque airada contra su padre y poseída de feroz
cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera la
ira no le cupo en el pecho, y exclamó:
|
| 462 |
¡Crudelísimo
Cronión! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos
que es incontrastable tu poder, pero tenemos lástima de los
belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá
su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en la lucha, si
nos lo mandas, pero sugeriremos a los argivos consejos saludables
para que no perezcan todos víctimas de tu cólera.
|
| 469 |
Respondióle
Zeus, que amontona las nubes:
En la próxima mañana verás si quieres,
Hera veneranda, la de los grandes ojos, cómo el prepotente
Cronión hace gran riza en el ejército de los belicosos
argivos. Y el impetuoso Héctor no dejará de pelear
hasta que junto a las naves se levante el Pelida, el de los pies
ligeros, el día aquel en que combatirán cerca de los
bajeles y en estrecho espacio por el cadáver de Patroclo.
Así decretólo el hado, y no me importa que te irrites.
Aunque te vayas a los confines de la tierra y del mar, donde moran
Japeto y Cronos, que no disfrutan de los rayos del sol excelso ni
de los vientos, y se hallan rodeados por el profundo Tártaro;
aunque, errante, llegues hasta allí, no me preocupará
verte enojada porque no hay quien sea más desvergonzada que
tú.
|
| 484 |
Así dijo;
y Hera, la de los níveos brazos, nada respondió. La
brillante luz del sol se hundió en el Océano, trayendo
sobre la alma tierra la noche obscura. Contrarió a los teucros
la desaparición de la luz; mas para los aqueos llegó
grata, muy deseada, la tenebrosa noche.
|
| 489 |
El esclarecido
Héctor reunió a los teucros en la ribera del voraginoso
Janto, lejos de las naves, en un lugar limpio, donde el suelo no
aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron
de los carros y escucharon a Héctor, caro a Zeus, que arrimado
a su lanza de once codos, cuya reluciente broncínea punta
estaba sujeta por áureo anillo, así les arengaba:
|
| 497 |
¡Oídme
troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba
volver a la ventosa Ilión después de destruir las
naves y acabar con todos los aqueos; pero nos quedamos a oscuras,
y esto ha salvado a los argivos y a los buques que tienen en la
playa. Obedezcamos ahora a la noche sombría y ocupémonos
en preparar la cena: desuncid de los carros a los corceles de hermosas
crines y echadles el pasto; traed de la ciudad bueyes y pingües
ovejas, y de vuestras casas pan y vino, que alegra el corazón;
amontonad abundante leña y encendamos muchas hogueras que
ardan hasta que despunte la aurora, hija de la mañana, y
cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los aqueos, de larga
cabellera, intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar.
Que no se embarquen tranquilos y sin ser molestados; que alguno
tenga que curarse en su casa una lanzada o un flechazo recibido
al subir a la nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra
a los teucros, domadores de caballos. Los heraldos, caros a Zeus,
vayan a la población y pregonen que los adolescentes y los
ancianos de canosas sienes se reúnan en las torres que fueron
construidas por las deidades y circundan la ciudad: que las tímidas
mujeres enciendan grandes fogatas en sus respectivas casas, y que
la guardia sea continua, para que los enemigos no entren insidiosamente
en la ciudad mientras los hombres estén fuera. Hágase
como os lo encargo, magnánimos teucros. Dichas quedan las
palabras que al presente convienen; mañana os arengaré
de nuevo, troyanos domadores de caballos; y espero que, con la protección
de Zeus y de las otras deidades, echaré de aquí a
esos perros rabiosos, traídos por el hado en los negros bajeles.
Durante la noche hagamos guardia nosotros mismos; y mañana,
al comenzar el día, tomaremos las armas para trabar vivo
combate junto a las cóncavas naves. Veré si el fuerte
Diomedes Tidida me hace retroceder de los bajeles al muro, o si
le mato con el bronce y me llevo sus cruentos despojos. Mañana
probará su valor, si me aguarda cuando le acometa con la
lanza; mas confío en que, así que salga el sol, caerá
herido entre los combatientes delanteros y con él muchos
de sus camaradas. Así fuera inmortal, no tuviera que envejecer
y gozara de los mismos honores que Atenea o Apolo, como este día
será funesto para los aquivos.
|
| 542 |
De este modo
arengó Héctor, y los teucros le aclamaron. Desuncieron
de los carros los sudosos corceles y atáronlos con correas;
sacaron de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas
pan y vino, que alegra el corazón y amontonaron abundante
leña. Después ofrecieron hecatombes perfectas a los
inmortales, y los vientos llevaban de la llanura al cielo el suave
olor de la grasa quemada; pero los bienaventurados dioses no quisieron
aceptar la ofrenda, porque se les había hecho odiosa la sagrada
Ilión y Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno.
|
| 553 |
Así,
tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo, donde ardían
numerosos fuegos. Como en noche de calma aparecen las radiantes
estrellas en torno de la fulgente luna, y se descubren los promontorios,
cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta región
etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra
el corazón: en tan gran número eran las hogueras que,
encendidas por los teucros, quemaban ante Ilión entre las
naves y la corriente del Janto. Mil fuegos ardían en la llanura,
y en cada uno se agrupaban cincuenta hombres a la luz de la ardiente
llama. Y los caballos, comiendo cerca de los carros avena y blanca
cebada, esperaban la llegada de Eos, la de hermoso trono.
|
|