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PRINCIPALIA
DE DIOMEDES
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| 1 |
Entonces
Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia,
para que brillara entre todos los
argivos
y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo
una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y
centellea después de bañarse en el Océano.
Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe
cuando Atenea le llevó al centro de la batalla, allí
donde era mayor el número de guerreros que tumultuosamente
se agitaban.
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| 9 |
Hubo en Troya
un varón rico e irreprensible, sacerdote de Hefesto, llamado
Dares; y de él eran hijos Fegeo e Ideo, ejercitados en toda
especie de combates. Estos iban en un mismo carro; y separándose
de los suyos, cerraron con Diomedes, que desde tierra y en pie los
aguardó. Cuando se hallaron frente a frente, Fegeo tiró
el primero la luenga lanza, que pasó por cima del hombro
izquierdo de Tideo sin herirle; arrojo éste la suya y no
fue en vano, pues se la clavó a aquél en el pecho,
entre las tetillas, y le derribó por tierra. Ideo saltó
al suelo, abandonando el magnífico carro, sin que se atreviera
a defender el cadáver no se hubiese librado de la negra
muerte, y Hefesto le sacó salvo, envolviéndole
en densa nube, a fin de que el anciano padre no se afligiera en
demasía. El hijo del magnánimo Tideo se apoderó
de los corceles y los entregó a sus compañeros para
que los llevaran a las cóncavas naves. Cuando los altivos
teucros vieron que uno de los hijos de Dares huía y el otro
quedaba muerto entre los carros, a todos se les conmovió
el corazón. Y Atenea, la de los brillantes ojos, tomó
por la mano al furibundo Ares y hablóle diciendo:
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| 31 |
¡Ares,
Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor
de murallas! ¿No dejaremos que teucros y
aquivos
peleen solos sean éstos o aquéllos a quienes
el padre Zeus quiera dar gloria y nos retiraremos, para librarnos
de la cólera de Zeus?
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| 35 |
Dicho
esto, sacó de la liza al furibundo Ares y le hizo sentar
en la herbosa ribera del Escamandro. Los dánaos pusieron
en fuga a los teucros, y cada uno de sus caudillos mató a
un hombre. Empezó el rey de hombres Agamemnón con
derribar del carro al corpulento Odio, caudillo de los
halizones:
al volverse para huir, envasóle la pica en la espalda, entre
los hombros, y la punta salió por el pecho. Cayó el
guerrero con estrépito y sus armas resonaron.
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| 43 |
Idomeneo
quitó la vida a Festo, hijo de Boro el meonio, que había
llegado de la fértil
Tarne,
introduciéndole la formidable lanza en el hombro derecho
cuando subía al carro: desplomóse Festo, tinieblas
horribles le envolvieron y los servidores de Idomeneo le despojaron
de la armadura.
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| 49 |
El Atrida Menelao
mató con la aguda pica a Escamandrio, hijo de Estrofio, ejercitado
en la caza. A tan excelente cazador, la misma Artemis le había
enseñado a tirar a cuantas fieras crían las selvas
de los montes. Mas no le valió ni Artemis, que se complace
en tirar flechas, ni el arte de arrojarlas, en que tanto descollaba:
tuvo que huir y el Atrida Menelao, famoso por su lanza, le dio un
picazo en la espalda, entre los hombros, que le atravesó
el pecho. Cayó de bruces y sus armas resonaron.
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| 59 |
Meriones dejó
sin vida a Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que
con las manos fabricaba toda clase de obras de ingenio porque era
muy caro a Palas Atenea. Este, no conociendo los oráculos
de los dioses, construyó las naves bien proporcionadas de
Alejandro, las cuales fueron la causa primera de todas las desgracias
y un mal para los teucros y para él mismo. Meriones, cuando
alcanzó a aquél, le hundió la pica en la nalga
derecha; y la punta, pasando por debajo del hueso y cerca de la
vejiga, salió al otro lado. El guerrero cayó de hinojos,
gimiendo, y la muerte le envolvió.
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| 69 |
Meges hizo perecer
a Pedeo, hijo bastardo de Antenor, a quien Teano, la divina, criara
con igual solicitud que a los hijos propios, para complacer a su
esposo. El hijo de Fileo, famoso por su pica, fue a clavarle en
la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro cortó la lengua
y asomó por los dientes del guerrero. Pedeo cayó en
el polvo y mordía el frío bronce.
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| 76 |
Eurípilo
Evemónida dio muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso
Dolopión, que era sacerdote de Escamandro y el pueblo le
veneraba como a un dios. Perseguíale Eurípilo, hijo
preclaro de Evemón; el cual, poniendo mano a la espada, de
un tajo en el hombro le cercenó el robusto brazo, que ensangrentado
cayó al suelo. La purpúrea muerte y el hado cruel
velaron los ojos del troyano.
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| 84 |
Así se
portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al
hijo de Tideo, no hubieras conocido con quiénes estaba, ni
si pertenecía a los teucros o a los aqueos. Andaba furioso
por la llanura cual hinchado torrente que en su rápido curso
derriba puentes, y anegando de pronto cuando cae en abundancia
la lluvia de Zeus los verdes campos sin que puedan contenerle
diques ni setos, destruye muchas hermosas labores de los jóvenes;
tal tumulto promovía el hijo de Tideo en las densas falanges
teucras que, con ser tan numerosas, no se atrevían a resistirle.
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| 95 |
Tan luego como
el preclaro hijo de Licaón vio que Diomedes corría
furioso por la llanura y tumultuaba las falanges, tendió
el corvo arco y le hirió en el hombro derecho, por el hueco
de la coraza, mientras aquél acometía. La cruel saeta
atravesó el hombre y la coraza se manchó de sangre.
Y el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con
voz recia:
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| 102 |
¡Arremeted,
teucros magnánimos, aguijadores de caballos! Herido está
el más fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir
mucho tiempo la fornida saeta, si fue realmente Apolo, hijo de Zeus,
quien me movió a venir aquí desde la Licia.
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| 106 |
Tan jactanciosamente
habló. Pero la veloz flecha no postró a Diomedes;
el cual, retrocediendo hasta el carro y los caballos, dijo a Esténelo,
hijo de Capaneo:
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| 109 |
Corre, buen
hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro la
amarga flecha.
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| 111 |
Así dijo.
Esténelo saltó a tierra, se le acercó y sacóle
del hombro la aguda flecha; la sangre chocaba, al salir a borbotones,
contra las mallas de la coraza. Y entonces Diomedes, valiente en
el combate, hizo esta plegaria:
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| 115 |
¡Oyeme,
hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! Si alguna vez amparaste benévola a mi padre en la
cruel guerra, séme ahora propicia, ¡oh Atenea!, y haz
que se ponga a tiro de lanza y reciba la muerte de mi mano quien
me hirió y se gloria diciendo que pronto dejaré de
ver la brillante luz del sol!
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| 121 |
Tal fue su ruego.
Palas Atenea le oyó, agilitóle los miembros todos,
y especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado
pronunció estas aladas palabras:
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| 124 |
Cobra
ánimo, Diomedes, y pelea con los teucros; pues ya infundí
en tu pecho el paterno intrépido valor del jinete Tideo,
agitador del escudo, y aparté la niebla que cubría
tus ojos para que en la batalla conozcas a los dioses y a los hombres.
Si alguno de aquellos viene a tentarte, no quieras combatir con
los inmortales; pero si se presentara en la lid Afrodita, hija de
Zeus, hiérele con el agudo bronce.
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| 133 |
Dicho esto Atenea,
la de los brillantes ojos se fue. El hijo de Tideo volvió
a mezclarse con los combatientes delanteros; y si antes ardía
en deseos de pelear contra los troyanos, entonces sintió
que se le triplicaba el brío, como un león a quien
el pastor hiere levemente al asaltar un redil de lanudas ovejas
y no lo mata, sino que le excita la fuerza; el pastor desiste de
rechazarlo y entra en el establo; las ovejas, al verse sin defensa,
huyen para caer pronto hacinadas unas sobre otras, y la fiera sale
del cercado con ágil salto. Con tal furia penetró
en las filas troyanas el fuerte Diomedes.
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| 144 |
Entonces hizo
morir a Astinoo y a Hipirón, pastor de hombres. Al primero
le metió la broncínea lanza en el pecho; contra Hipirón
desnudó la espada, y de un tajo en la clavícula separóle
el hombro del cuello y la espalda. Dejóles y fue al encuentro
de Abante y Poliido, hijos de Euridamante que era de provecta edad
e intérprete de sueños; cuando fueron a la guerra,
el anciano no les interpretaría los sueños, pues sucumbieron
a manos del fuerte Diomedes, que les despojó de las armas.
Enderezó luego sus pasos hacia Janto y Toón, hijos
de Fénope éste los había tenido en la
triste vejez que le abrumaba y no engendró otro hijo que
heredara sus riquezas, y a entrambos les quitó la dulce
vida, causando llanto y pesar al anciano, que no pudo recibirlos
de vuelta de la guerra; y más tarde los parientes se repartieron
la herencia.
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| 159 |
En seguida alcanzó
Tideo a Equemón y a Cromio, hijos de Príamo Dardánida,
que iban en el mismo carro. Cual león que, penetrando en
la vacada, despedaza la cerviz de un buey o de una becerra que pacía
en el soto; así el hijo de Tideo los derribó violentamente
del carro, les quitó la armadura y entrego los corceles a
sus camaradas para que los llevaran a las naves.
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| 166 |
Eneas advirtió
que Diomedes destruía las hileras de los teucros, y fue en
busca del divino Pándaro por la liza y entre el estruendo
de las lanzas. Halló por fin al fuerte y eximio hijo de Licaón,
y deteniéndose a su lado, le dijo:
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| 171 |
¡Pándaro!
¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas? ¿Qué
es de tu fama? Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se
gloria de aventajarte. Ea, levanta las manos a Zeus y dispara una
flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento a
los troyanos de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas,
si por ventura no es un dios airado con los teucros a causa de los
sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.
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| 179 |
Respondióle
el preclaro hijo de Licaón:
¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas
corazas! Parécese completamente al aguerrido hijo de Tideo:
reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros a guisa
de ojos y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios. Si
ese guerrero es en realidad el belicoso hijo de Tideo, no se mueve
con tal furia sin que alguno de los inmortales le acompañe,
cubierta la espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas
que hacia él vuelan. Arrojéle una saeta que le hirió
en el hombro derecho, penetrando por el hueco de la coraza; creí
enviarle a Hades, y sin embargo de esto no le maté; sin duda
es un dios irritado. No tengo aquí bridones ni carros que
me lleven, aunque en el palacio de Licaón quedaron once carros
hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos
con fundas y con sus respectivos pares de caballos que comen blanca
cebada y avena. Licaón, el guerrero anciano, entre los muchos
consejos que me diera cuando partí del magnífico palacio,
me recomendó que en el duro combate mandara a los teucros
subido en el carro; mas yo no me dejé convencer mucho
mejor hubiera sido seguir su consejo y rehusé llevarme
los corceles por el temor de que, acostumbrados a comer bien, se
encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues
y vine como infante a
Ilión,
confiando en el arco que para nada me había de servir. Contra
dos próceres lo he disparado, el Atrida y el hijo de Tideo;
a entrambos les causé heridas, de las que manaba verdadera
sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con
mala suerte descolgué del clavo el corvo arco el día
en que vine con mis teucros a la amena Ilión para complacer
al divino Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos
mi patria, a mi mujer y mi casa espaciosa y alta, córteme
la cabeza un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego el
arco, ya que su compañía me resulta inútil.
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| 217 |
Replicóle
Eneas, caudillo de los teucros:
No hables así. Las cosas no cambiarán hasta
que, montados nosotros en el carro, acometamos a ese hombre y probemos
la suerte de las armas. Sube a mi carro, para que veas cuáles
son los corceles de Tros y cómo saben lo mismo perseguir
acá y allá de la llanura que huir ligeros; ellos nos
llevarán salvos a la ciudad, si Zeus concede de nuevo la
victoria a Diomedes Tidida. Ea, toma el látigo y las lustrosas
riendas, y me pondré a tu lado para combatir; o encárgate
tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.
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| 229 |
Contestó
el preclaro hijo de Licaón:
¡Eneas! Recoge tú las riendas y guía
los corceles, porque tirarán mejor del carro obedeciendo
al auriga a que están acostumbrados, si nos pone en fuga
el hijo de Tideo. No sea que, no oyendo tu voz, se espanten y desboquen
y no quieran sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo
Tideo nos embista y mate y se lleve los solípedos caballos.
Guía, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza
esperaré de aquél la acometida.
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| 239 |
Así hablaron;
y subidos en el labrado carro, guiaron animosamente los briosos
corceles en derechura al hijo de Tideo. Advirtiólo Esténelo,
hijo de Capaneo, y dijo a Diomedes estas aladas palabras:
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| 243 |
¡Diomedes
Tidida, carísimo a mi corazón! Veo que dos robustos
varones, cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo:
el uno Pándaro, es hábil arquero y se jacta de ser
hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloria de haber sido engendrado
por el magnánimo Anquises y tener por madre a Afrodita. Ea,
subamos al carro, retirémonos, y cesa de revolverte furioso
entre los combatientes delanteros, para que no pierdas la dulce
vida.
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| 251 |
Mirándole
con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes:
No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería
impropio de mí batirme en retirada o amedrentarme. Mis fuerzas
aún siguen sin menoscabo. Desdeño subir al carro,
y tal como estoy iré a encontrarlos pues Palas Atenea no
me deja temblar. Sus ágiles corceles no los llevarán
lejos de aquí, si es que alguno de aquellos puede escapar.
Otra cosa voy a decir, que tendrás muy presente: Si la sabia
Atenea me concede la gloria de matar a entrambos, sujeta estos veloces
caballos, amarrando las bridas al barandal, y apodérate de
los corceles de Eneas para sacarlos de los teucros y traerlos a
los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen a la raza de aquellos
que el longividente Zeus dio a Tros en pago de su hijo Ganimedes,
y son, por tanto, los mejores de cuantos viven debajo del sol y
de la aurora. Anquises, rey de hombres, logró adquirir, a
hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas con aquellos sin que
Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el palacio,
crió cuatro en su pesebre y dio esos dos a Eneas, que pone
en fuga a sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos
gloria no pequeña.
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| 274 |
Así éstos
conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando a los ágiles
corceles, se les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón
exclamó el primero:
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| 277 |
¡Corazón
fuerte! hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que la veloz
y dañosa flecha no te hizo sucumbir, voy a probar si te hiero
con la lanza.
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| 280 |
Dijo, y blandiendo
la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tidida: la broncínea
punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la coraza.
El preclaro hijo de Licaón, gritó en seguida:
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| 284 |
Atravesado
tienes el ijar y no creo que resistas largo tiempo. Inmensa es la
gloria que acabas de darme.
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| 286 |
Sin turbarse,
le replicó el fuerte Diomedes:
Erraste el golpe, no has acertado: y creo que no dejaréis
de combatir, hasta que uno de vosotros caiga y sacie de sangre a
Ares, el infatigable luchador.
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| 290 |
Dijo, y le arrojó
la lanza, que, dirigida por Atenea a la nariz junto al ojo, atravesó
los blancos dientes; el duro bronce cortó la punta de la
lengua y apareció por debajo de la barba. Pándaro
cayó del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron,
espantáronse los corceles de ágiles pies, y allí
acabaron la vida y el valor del guerrero.
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| 297 |
Saltó
Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y temiendo que los
aqueos le quitaran el cadáver, defendíalo como un
león que confía en su bravura: púsose delante
del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo y profiriendo
horribles gritos se disponía a matar a quien se le opusiera.
Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos de los actuales
hombres no podrían llevar y que él manejaba fácilmente,
hirió a Eneas en la articulación del isquión
con el fémur que se llama cótyla; la áspera
piedra rompió la cótyla, desgarró ambos tendones
y arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas,
apoyó la robusta mano en el suelo y la noche oscura cubrió
sus ojos.
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| 311 |
Y allí
pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese advertido su
madre Afrodita, hija de Zeus, que lo había concebido de Anquises,
pastor de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos
al hijo amado y le cubrió con su doblez del refulgente manto,
para defenderle de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos,
de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho
le quitara la vida.
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| 318 |
Mientras Afrodita
sacaba a Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no echó en
olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el
combate: sujetó allí, separadamente de la refriega,
sus solípedos caballos, amarrando las bridas al barandal;
y apoderándose de los corceles, de lindas crines, de Eneas,
hízolos pasar de los teucros a los aqueos de hermosas grebas
y entrególos a Deipilo, el compañero a quien más
honraba a causa de su prudencia, para que los llevara a las cóncavas
naves. Acto continuo subió al carro, asió las lustrosas
riendas y guió solícito hacia Diomedes los caballos
de duros cascos. El héroe perseguía con el cruel bronce
a Ciprina, conociendo que era una deidad débil, no de aquellas
que imperan en el combate de los hombres, como Atenea o Enio, asoladora
de ciudades. Tan pronto como llegó a alcanzarla por entre
la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada
pica, rasguñó la tierna mano de la diosa; la punta
atravesó el peplo divino, obra de las mismas Cárites,
y rompió la piel de la palma. Brotó la sangre divina,
o por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados
dioses, pues no comen pan ni beben vino negro, y por esto carecen
de sangre y son llamados inmortales. La diosa, dando una gran voz,
apartó al hijo, que Febo Apolo recibió en sus brazos
y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los dánaos,
de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho,
le quitara la vida. Y Diomedes valiente en el combate, dijo a voz
en cuello:
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| 348 |
¡Hija
de Zeus, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta
engañar a las débiles mujeres? Creo que si intervienes
en la batalla te dará horror la guerra, aunque te encuentres
a gran distancia de donde la haya.
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| 352 |
Así se
expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris,
de pies veloces como el viento, asiéndola por la mano, la
sacó del tumulto cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso
cutis se ennegrecía; y como aquélla encontrara al
furibundo Ares sentado a la izquierda de la batalla, con la lanza
y los veloces caballos envueltos en una nube, se hincó de
rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas
bridas:
|
| 359 |
¡Querido
hermano! Compadécete de mi y dame los bridones para que pueda
volver al Olimpo a la mansión de los inmortales. Me duele
mucho la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien
sería capaz de pelear con el padre Zeus.
|
| 363 |
Dijo, y Ares
le cedió los corceles de áureas bridas. Afrodita subió
al carro, con el corazón afligido; Iris se puso a su lado,
y tomando las riendas avispó con el látigo a aquellos,
que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los
dioses, al alto Olimpo; y la diligente Iris, de pies ligeros como
el viento, detuvo los caballos los desunció del carro y les
echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió
en el regazo de su madre Dione; la cual, recibiéndola en
los brazos y halagándola con la mano, le dijo:
|
| 373 |
¿Cuál
de los celestes dioses hija querida, de tal modo te maltrató,
como si a su presencia hubieses cometido alguna falta?
|
| 375 |
Respondióle
al punto la risueña Afrodita:
Hirióme el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque
sacaba de la liza a mi hijo Eneas carísimo para mí
más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo
de teucros y aqueos, pues los dánaos se atreven a combatir
con los inmortales.
|
| 381 |
Contestó
Dione divina entre las diosas:
Sufre el dolor, hija mía, y sopórtalo aunque
estés afligida; que muchos de los moradores del Olimpo hemos
tenido que tolerar ofensas de los hombres, a quienes excitamos para
causarnos, unos dioses a otros, horribles males. Las toleró
Ares, cuando Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloeo, le tuvieron
trece meses atado con fuertes cadenas en una cárcel de bronce:
allí pereciera el dios insaciable de combate, si su madrastra,
la bellísima Eribea, no lo hubiese participado a Hermes,
quien sacó furtivamente de la cárcel a Ares casi exánime,
pues las crueles ataduras le agobiaban. Las toleró
Hera, cuando el valeroso hijo de Anfitrión hirióla
en el pecho diestro con trifurcada flecha; vehementísimo
dolor atormentó entonces a la diosa. Y las toleró
también el ingente Hades, cuando el mismo hijo de Zeus, que
lleva la égida, disparándole en la puerta del infierno
veloz saeta, a él, que estaba entre los muertos, le entregó
al dolor: con el corazón afligido, traspasado de dolor pues
la flecha se le había clavado en la robusta espalda y abatía
su ánimo, fue el dios al palacio de Zeus, al vasto
Olimpo, y Peón curóle, que mortal no naciera, esparciendo
sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario!
No se abstenía de cometer acciones nefandas y contristaba
con el arco a los dioses que habitan el Olimpo.
|
| 405 |
A ése
le ha excitado, contra ti Atenea, la diosa de los brillantes ojos.
¡Insensato! ignora el hijo de Tideo que quien lucha con los
inmortales, ni llega a viejo ni los hijos le reciben llamándole
¡papá! y abrazando sus rodillas de vuelta del combate
y de la terrible pelea. Aunque es valiente, tema que le salga al
encuentro alguien más fuerte que tú: no sea que luego
la prudente Egialea, hija de Adrasto y cónyuge ilustre de
Diomedes, domador de caballos, despierte con su llanto a los domésticos
por sentir soledad de su legítimo esposo, el mejor de los
aqueos todos.
|
| 416 |
Dijo, y con
ambas manos restañó el icor; curóse la herida
y los acerbos dolores se calmaron. Atenea y Hera, que lo presenciaban,
intentaron zaherir a Jove Cronión con mordaces palabras;
y la diosa de los brillantes ojos empezó a hablar de esta
manera:
|
| 421 |
¡Padre
Zeus! ¿Te enfadarás conmigo por lo que diré?
Sin duda Ciprina quiso persuadir a alguna aquea de hermoso peplo
a que se fuera con los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola,
áureo broche le rasguñó la delicada mano.
|
| 426 |
De este modo
habló. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses,
y llamando a la dorada Afrodita, le dijo:
|
| 428 |
A ti,
hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas:
dedícate a los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso
Ares y Atenea cuidarán de aquéllas.
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| 431 |
Así los
dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate, cerró
con Eneas, no obstante comprender que el mismo Apolo extendía
la mano sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con
el héroe y despojarle de las magníficas armas, ya
ni al gran dios respetaba. Tres veces asaltó a Eneas con
intención de matarle; tres veces agitó Apolo el refulgente
escudo. Y cuando, semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, el
flechador Apolo le increpó con aterradoras voces:
|
| 440 |
¡Tidida,
piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte a
las deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los
inmortales dioses y la de los hombres que andan por la tierra.
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| 443 |
Tal dijo. El
Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera
del flechador Apolo; y el dios, sacando a Eneas del combate, le
llevó al templo que tenía en la sacra Pérgamo:
dentro de éste, Leto y Artemis, que se complace en tirar
flechas, curaron al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza
del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco de plata, formó
un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor del mismo, teucros
y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de buey y los alados
broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo entonces
al furibundo Ares:
|
| 455 |
¡Ares,
Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor
de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar a ese hombre,
al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre
Zeus? Primero hirió a Ciprina en el puño, y luego,
semejante a un dios, cerró conmigo.
|
| 460 |
Cuando esto
hubo dicho. sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto
Ares, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los
tracios, enardeció a los que militaban en las filas troyanas
y exhortó a los ilustres hijos de Príamo:
|
| 464 |
¡Hijos
del rey Príamo, alumno de Zeus! ¿Hasta cuando dejaréis
que el pueblo perezca a manos de los aqueos? ¿Acaso hasta
que el enemigo llegue a las sólidas puertas de los muros?
Yace en tierra un varón a quien honrábamos como al
divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo Anquises.
Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.
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| 470 |
Con estas palabras
les excitó a todos el valor y la fuerza. A su vez, Sarpedón
reprendía así al divino Héctor:
|
| 472 |
¡Héctor!
¿Qué se hizo del valor que antes mostrabas? Dijiste
que defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con
tus hermanos y tus deudos. De éstos a ninguno veo ni descubrir
puedo: temblando están como perros en torno de un león,
mientras combatimos los que únicamente somos auxiliares.
Yo, que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la Licia, situada
a orillas del voraginoso Janto; allí dejé a mi esposa
amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece.
Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los
aqueos puedan llevarse o apresar, animo a los licios y deseo luchar
con ese guerrero, y tú estás parado y ni siquiera
exhortas a los demás hombres a que resistan al enemigo y
defiendan a sus esposas.
No sea que, como si hubierais caído en una red de lino que
todo lo envuelve, lleguéis a ser presa y botín de
los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa ciudad.
Preciso es que te ocupes en ello día y noche, y supliques
a los caudillos de los auxiliares venidos de lejanas tierras, que
resistan firmemente y no se hagan acreedores a graves censuras.
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| 493 |
Así habló
Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo a
Héctor, que saltó del carro al suelo, sin dejar las
armas; y blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el
ejército, animóle a combatir y promovió una
terrible pelea. Los teucros volvieron la cara a los aqueos para
embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida
y no se arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Deméter
separa el grano de la paja al soplo del viento, el aire lleva el
tamo por las sagradas eras y los montones de paja blanquean; del
mismo modo los aqueos se tornaban blanquecinos por el polvo que
levantaban hasta el cielo de bronce los corceles de cuantos volvían
a encontrarse en la refriega. Los aurigas guiaban los caballos al
combate y los guerreros acometían de frente con toda la fuerza
de sus brazos. El furibundo Ares cubrió el campo de espesa
niebla para socorrer a los teucros y a todas partes iba; cumpliendo
así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea
espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando
vio que Atenea, la protectora de los dánaos, se ausentaba.
|
| 512 |
El dios sacó
a Eneas del suntuoso templo; e infundiendo valor al pastor de hombres,
le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de
verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada,
porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios
del arco de plata, por Ares, funesto a los mortales, y por la Discordia,
cuyo furor es insaciable.
|
| 519 |
Ambos Ayaces,
Odiseo y Diomedes enardecían a los dánaos en la pelea;
y éstos en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces
de los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que
Zeus deja inmóviles en las cimas de los montes durante la
calma, cuando duermen el Bóreas y demás vientos fuertes
que con sonoro soplo disipan los pardos nubarrones; tan firmemente
esperaban los dánaos a los teucros, sin pensar en la fuga.
El Atrida bullía entre la muchedumbre y a todos exhortaba:
|
| 529 |
¡Oh
amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón
esforzado y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate!
De los que sienten este temor, son más los que se salvan
que los que mueren; los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí
se ayudan.
|
| 533 |
Dijo, y despidiendo
con ligereza el dardo, hirió al caudillo Deicoonte Pergásida,
compañero del magnánimo Eneas; a quien veneraban los
troyanos como a la prole de Príamo, por su arrojo en pelear
en las primeras filas. El rey Agamemnón acertó a darle
un bote en el escudo, que no logró detener el dardo; éste
lo atravesó, y rasgando el cinturón, clavóse
en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con estrépito
y sus armas resonaron.
|
| 541 |
Eneas
mató a dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco,
varones valentísimos cuyo padre vivía en la bien construida
Feras, abastado de bienes, y era descendiente del anchuroso
Alfeo,
que riega el país de los pilios. El Alfeo engendró
a Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres; Orsíloco
fue padre del magnánimo Diocles y de éste nacieron
los dos mellizos, Cretón y Orsíloco, diestros en toda
especie de combates; quienes, apenas llegados a la juventud, fueron
en negras naves y junto con los argivos a Troya, para vengar a los
Atridas Agamemnón y Menelao, y allí la muerte los
cubrió con su manto. Como dos leones criados por su madre
en la espesa selva de la cumbre de un monte, devastan los establos,
robando bueyes y pingües ovejas, hasta que los hombres los
matan con el afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que
parecían altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.
|
| 561 |
Al verlos derribados
en el suelo, condolióse Menelao, caro a Ares, y en seguida,
revestido de luciente bronce y blandiendo la lanza, se abrió
camino por las primeras filas: Ares le excitaba el valor para que
sucumbiera a manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del magnánimo
Néstor, que lo advirtió, se fue en pos del pastor
de hombres temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa.
Cuando los dos guerreros, deseosos de pelear, calaban las agudas
lanzas para acometerse, colocóse Antíloco al lado
del pastor de hombres; Eneas, aunque era luchador brioso, no se
atrevió a esperarlos; y ellos pudieron llevarse los cadáveres
de aquellos infelices, ponerlos en las manos de sus amigos y volver
a combatir en el punto más avanzado.
|
| 576 |
Entonces mataron
a Pilémenes, igual a Ares, caudillo de los ardidos paflagones
que de escudos van armados: el Atrida Menelao, famoso por su pica,
envasóle la lanza junto a la clavícula. Antíloco
hirió de una pedrada en el codo al valiente escudero Midón
Atimníada, cuando éste revolvía los solípedos
caballos las ebúrneas riendas vinieron de sus manos
al polvo, y acometiéndole con la espada, le dio un
tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del carro;
hundióse su cabeza con el cuello y parte de los hombros en
la arena que allí abundaba, y así permaneció
un buen espacio hasta que los corceles, pataleando, lo tiraron al
suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó
a los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.
|
| 590 |
Héctor
atisbó a los dos guerreros en las filas; arremetió
a ellos, gritando, y le siguieron las fuertes falanges troyanas
que capitaneaban Ares y la venerable Enio; ésta promovía
el horrible tumulto de la pelea; Ares manejaba una lanza enorme,
y ya precedía a Héctor, ya marchaba detrás
del mismo.
|
| 596 |
Al verle, estremecióse
Diomedes, valiente en el combate. Como el inexperto viajero, después
que ha atravesado una gran llanura, se detiene al llegar a un río
de rápida corriente que desemboca en el mar, percibe el murmurio
de las espumosas aguas y vuelve con presteza atrás; de semejante
modo retrocedió el hijo de Tideo, gritando a los suyos:
|
| 601 |
¡Oh
amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor
sea hábil lancero y audaz luchador! A su lado hay siempre
alguna deidad para librarle de la muerte, y ahora es Ares, transfigurado
en mortal, quien le acompaña. Emprended la retirada, con
la cara vuelta hacia los teucros, y no queráis combatir denodadamente
con los dioses.
|
| 607 |
De esta manera
habló. Los teucros llegaron muy cerca de ellos, y Héctor
mató a dos varones diestros en la pelea que iban en un mismo
carro: Menestes y Anquíalo.
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| 610 |
Al
verlos derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayante
Telamonio; y deteniéndose muy cerca del enemigo, arrojó
la pica reluciente a Anfio, hijo de Selago, que moraba en
Peso,
era riquísimo en bienes y sembrados, y había ido impulsábale
el hado a ayudar a Príamo y sus hijos. Ayante Telamonio
acertó a darle en el cinturón, la larga pica se clavó
en el empeine, y el guerrero cayó con estrépito. Corrió
el esclarecido Ayante a despojarle de las armas los teucros
hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos,
de los cuales recibió muchos el escudo, y poniendo
el pie encima del cadáver, arrancó la broncínea
lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la magnífica
armadura, porque estaba abrumado por los tiros. Temió verse
encerrado dentro de un fuerte círculo por los arrogantes
teucros, que en gran número y con valentía le enderezaban
sus lanzas; y aunque era corpulento, vigoroso e ilustre, fue rechazado
y hubo de retroceder.
|
| 627 |
Así se
portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó
contra Sarpedón, igual a un dios, a Tlepólemo Heraclida,
valiente y de gran estatura. Cuando ambos héroes, hijo y
nieto de Zeus, que amontona las nubes, se hallaron frente a frente,
Tlepólemo fue el primero en hablar y dijo:
|
| 633 |
¡Sarpedón,
príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes,
no estando ejercitado en la guerra, de venir a temblar? Mienten
cuantos afirman que eres hijo de Zeus, que lleva la égida,
pues desmereces mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores
por este dios, como dicen que fue mi intrépido padre, el
fornido Heracles, de corazón de león, el cual, habiendo
venido por los caballos de Laomedonte, con seis solas naves y pocos
hombres, consiguió saquear la ciudad y despoblar sus calles.
Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las tropas
perezcan, y no creo que tu venida de la Licia sirva para la defensa
de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues vencido por mi,
entrarás por las puertas del Hades.
|
| 647 |
Respondióle
Sarpedón, caudillo de los licios:
¡Tlepólemo! Aquél destruyó, con
efecto, la sacra Ilión a causa de la perfidia del ilustre
Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios
y no quiso entregarle los caballos por los que viniera de tan lejos.
Pero yo te digo que la perdición y la negra muerte de mi
mano te vendrán; y muriendo, herido por mi lanza, me darás
gloria, y a Hades el de los famosos corceles, el alma.
|
| 655 |
Así dijo
Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno.
Las luengas lanzas partieron a un mismo tiempo de las manos. Sarpedón
hirió a Tlepólemo: la dañosa punta atravesó
el cuello, y las tinieblas de la noche velaron los ojos del guerrero.
Tlepólemo dio con su gran lanza en el muslo derecho de Sarpedón:
el bronce penetró con ímpetu hasta el hueso, pero
todavía Zeus libró a su hijo de la muerte.
|
| 663 |
Los ilustres
compañeros de Sarpedón, igual a un dios, sacáronle
del combate, con la gran lanza que, arrastrando le apesgaba; pues
con la prisa nadie le advirtió ni pensó en arrancársela
del muslo para que pudiera subir al carro. Tanta era la fatiga con
que de él cuidaban.
|
| 668 |
A su vez, los
aqueos de hermosas grebas, se llevaron del campo a Tlepólemo.
El divino Odiseo de ánimo paciente, violo, sintió
que se le enardecía el corazón, y revolvió
en su mente y en su espíritu si debía perseguir al
hijo de Zeus tonante o privar de la vida a muchos licios. No le
había concedido el hado matar con el agudo bronce al esforzado
hijo de Zeus y por esto Atenea le inspiró que acometiera
a los licios. Mató entonces a Cérano, Alástor,
Cromio, Alcandro, Halio, Noemón y Prítanis, y aun
a más licios hiciera morir el divino Odiseo, si no lo hubiese
notado el gran Héctor, de tremolante casco; el cual, cubierto
de luciente bronce, se abrió calle por los combatientes delanteros
e infundió terror a los dánaos. Holgóse de
su llegada Sarpedón, hijo de Zeus, y profirió estas
lastimeras palabras:
|
| 684 |
¡Priámida!
No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue a ser presa de los
dánaos; socórreme y pierda la vida en vuestra ciudad,
ya que no he de alegrar, volviendo a mi casa y a la patria tierra,
ni a mi esposa querida ni al tierno infante.
|
| 689 |
De esta suerte
habló. Héctor, de tremolante casco, pasó corriendo,
sin responderle, porque ardía en deseos de rechazar cuanto
antes a los argivos y quitar la vida a muchos guerreros. Los ilustres
camaradas de Sarpedón, igual a un dios, lleváronle
al pie de una hermosa encina consagrada a Zeus, que lleva la égida;
y el valeroso Pelagonte, su compañero amado, le arrancó
la lanza de fresno. Amortecido quedó el héroe y oscura
niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en su acuerdo,
porque el soplo del Bóreas le reanimó cuando ya apenas
respirar podía.
|
| 699 |
Los argivos,
al acometerlos Ares y Héctor armado de bronce, ni se volvían
hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían
en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los
teucros.
|
| 703 |
¿Cuál
fue el primero, cuál el último de los que entonces
mataron Héctor, hijo de Príamo, y el férreo
Ares? Teutrante, igual a un dios; Orestes, aguijador de caballos;
Treco, lancero etolo; Enomao; Heleno Enópida y Oresbio, de
tremolante mitra; quien, muy ocupado en cuidar de sus bienes, moraba
en
Hila,
a orillas del lago Cefisis, con otros beocios que constituían
un opulento pueblo.
|
| 711 |
Cuando Hera,
la diosa de los níveos brazos, vio que ambos mataban a muchos
argivos en el duro combate, dijo a Atenea estas aladas palabras:
|
| 714 |
¡Oh
dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! Vana será la promesa que hicimos a Menelao de que
no se iría sin destruir la bien murada Ilión si dejamos
que el pernicioso Ares ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar
al héroe poderoso auxilio.
|
| 719 |
Dijo, y Atenea,
la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció. Hera, deidad
veneranda, hija del gran Cronos, aparejó los corceles con
sus áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo
eje, a ambos lados del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían
ocho rayos. Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas
admirables llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba
sobre tiras de oro y de plata, y un doble barandal circundaba el
carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya punta
ató la diosa un yugo de oro con bridas de oro también;
y Hera, que anhelaba el combate y la pelea, unció los corceles
de pies ligeros.
|
| 733 |
Atenea, hija
de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo el
hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos,
vistió la coraza de Zeus, que amontona las nubes, y se armó
para la luctuosa guerra. Suspendió de sus hombros la espantosa
égida floqueada que el terror corona: allí están
la Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; allí
la cabeza de la Medusa, monstruo cruel y horripilante, portento
de Zeus que lleva la égida. Cubrió su cabeza con áureo
casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para resistir a
la infantería de cien ciudades. Y subiendo al flamante carro,
asió la lanza poderosa, larga, fornida, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando
contra ellos monta en cólera. Hera picó con el látigo
a los bridones, y abriéronse de propio impulso, rechinando,
las puertas del cielo, de que cuidan las Horas a ellas está
confiado el espacioso cielo y el Olimpo para remover o colocar
delante la densa nube. Por allí, a través de las puertas,
dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron
al Cronión, sentado aparte de los otros dioses, en la más
alta de las muchas cumbres del Olimpo. Hera, la diosa de los níveos
brazos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al
excelso Jove Cronión:
|
| 757 |
¡Padre
Zeus! ¿No te indignas contra Ares al presenciar sus atroces
hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha
hecho perecer temeraria e injustamente! Yo me aflijo, y Ciprina
y Apolo se alegran de haber excitado a ese loco que no conoce ley
alguna. Padre Zeus, ¿te enfadarás conmigo si a Ares
le ahuyento del combate causándole graves heridas?
|
| 764 |
Respondióle
Zeus, que amontona las nubes:
Ea, aguija contra él a Atenea, que impera en las batallas,
pues es quien suele causarle más vivos dolores.
|
| 767 |
Así se
expresó. Hera, la diosa de los níveos brazos, obedecióle
y picó a los corceles, que volaron gozosos entre la tierra
y el estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza a ver el que sentado
en alta cumbre fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan
de un brinco los caballos, de sonoros relinchos, de los dioses.
Tan luego como ambas deidades llegaron a Troya, Hera paró
el carro en el lugar donde el Símois y el Escamandro juntan
sus aguas; desunció los corceles, cubriólos de espesa
niebla, y el Símois hizo nacer la ambrosía para que
pacieran.
|
| 778 |
Las diosas empezaron
a andar, semejantes en el paso a tímidas palomas, impacientes
por socorrer a los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba
el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores
de los adalides, que parecían carniceros leones o puercos
monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Hera, la diosa
de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo
Esténtor, que tenía vozarrón de bronce y gritaba
tanto como cincuenta, exclamó:
|
| 787 |
¡Qué
vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! Mientras el divino Aquileo asistía a las batallas,
los teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de
las puertas dardanias, y ahora combaten lejos de la ciudad, junto
a las cóncavas naves.
|
| 792 |
Con tales palabras
les excitó a todos el valor y la fuerza. Atenea, la diosa
de los brillantes ojos, fue en busca del hijo de Tideo y le halló
junto a su carro y sus corceles, refrescando la herida que Pándaro
con una flecha le causara. El sudor le molestaba debajo de la abrazadera
del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando
éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida
sangre. La diosa apoyó la diestra en el yugo de los caballos
y dijo:
|
| 800 |
¡Cuán
poco se parece a su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña
estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalase
como en la ocasión en que habiendo ido por embajador
a Tebas, se encontró lejos de los suyos entre multitud de
cadmeos y le di orden de que banqueteara tranquilo en el palacio,
conservaba siempre su espíritu valeroso; y desafiando a los
jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda
clase de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora es
a ti a quien asisto y defiendo, exhortándote a pelear animosamente
con los teucros. Mas, o el excesivo trabajo de la guerra ha fatigado
tus miembros, o te domina el exánime terror. No, tú
no eres hijo del aguerrido Tideo Enida.
|
| 814 |
Respondióle
el fuerte Diomedes:
Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida.
Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte nada. No me domina
el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo todavía
las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los
bienaventurados dioses; pero si Afrodita, hija de Zeus, se presentara
en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien:
ahora retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí,
porque comprendo que Ares impera en la batalla.
|
| 825 |
Contestó
Atenea, la diosa de los brillantes ojos:
¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón!
No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales: tanto te voy a ayudar.
Ea, endereza los solípedos caballos a Ares, hiérele
de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble y nacido
para dañar, que a Hera y a mí nos prometió
combatir contra los teucros en favor de los argivos y ahora está
con aquéllos y de sus palabras se ha olvidado.
|
| 835 |
Apenas hubo
dicho estas palabras, asió de la mano a Esténelo,
que saltó diligente del carro a tierra. Subió la enardecida
diosa, colocándose al lado de Diomedes, y el eje de encina
recrujió porque llevaba a una diosa terrible y a un varón
fortísimo. Palas Atenea, habiendo recogido el látigo
y las riendas, guió los solípedos caballos hacia Ares;
el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro hijo de
Oquesio y el más valiente de los etolos. A tal varón
mataba Ares, manchado de homicidios. Y Atenea se puso el casco de
Hades, para que el furibundo dios no la conociera.
|
| 846 |
Cuando Ares,
funesto a los mortales, los vio venir, dejando al gigantesco Perifante
tendido donde le matara, se encaminó hacia el divino Diomedes,
domador de caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba
acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza
por cima del yugo y las riendas; pero Atenea, cogiéndola
y alejándola del carro, hizo que aquél diera el golpe
en vano. A su vez Diomedes, valiente en el combate, atacó
a Ares con la broncínea pica, y Palas Atenea, apuntándola
a la ijada del Dios, donde el cinturón le ceñía,
hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró
el arma. El férreo Ares clamó como gritarían
nueve o diez mil hombres que en la guerra llegaran a las manos;
y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte
bramó Ares, insaciable de combate!
|
| 864 |
Cual vapor sombrío
que se desprende de las nubes por la acción de un impetuoso
viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el férreo
Ares cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso
cielo. El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión
de las deidades; se sentó, con el corazón afligido,
a la vera del Cronión Jove; mostró la sangre inmortal
que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:
|
| 872 |
¡Padre
Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre
los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente
nos causamos para complacer a los hombres; pero todos estamos airados
contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo
se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te
obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con
obras, sino que la instigas, por ser tú el padre de esa hija
perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo, a
combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió
a Ciprina en el puño, y después, cual si fuese un
dios, arremetió contra mí. Si no llegan a salvarme
mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos
montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo,
a causa de las heridas que me hiciera el bronce.
|
| 888 |
Mirándole
con torva faz, respondió Zeus, que amontona las nubes:
¡Inconstante! No te lamentes, sentado a mi vera, pues
me eres más odioso que ningún otro de los dioses del
Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas
y tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre
Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. Creo que cuanto
te ha ocurrido lo debes a sus consejos. Pero no permitiré
que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y para mí
te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido
de algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo
más profundo que el de los hijos de Urano.
|
| 899 |
Dijo, y mandó
a Peón que lo curara. Este le sanó, aplicándole
drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como
el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le mueve
rápidamente con ella; con igual presteza curó aquél
al furibundo Ares, a quien Hebe lavó y puso magníficas
vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Cronión
Jove, ufano de su gloria.
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| 907 |
Hera
argiva y Atenea alalcomenia
regresaron también al palacio del gran Zeus, cuando hubieron
conseguido que Ares, funesto a los mortales, de matar hombres se
abstuviera.
|
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