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VIOLACION
DE LOS JURAMENTOS.
AGAMENON REVISTA LAS TROPAS
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| 1 |
Sentados en
el áureo pavimento a la vera de Zeus, los dioses celebraban
consejo. La venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos recibían
sucesivamente la copa de oro y contemplaban la ciudad de Troya.
Pronto el Cronión intentó zaherir a Hera con mordaces
palabras; y hablando fingidamente, dijo:
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| 7 |
Dos son las diosas que protegen a Menelao, Hera
argiva
y Atenea alalcomenia;
pero sentadas a distancia, se contentan con mirarle; mientras que
la risueña Afrodita acompaña constantemente al otro
y le libra de las Moiras, y ahora le ha salvado cuando él
mismo creía perecer. Pero como la victoria quedó por
Menelao, caro a Ares, deliberemos sobre sus futuras consecuencias;
si conviene promover nuevamente el funesto combate y la terrible
pelea, o reconciliar a entrambos. Si a todos pluguiera y agradara,
la ciudad del rey Príamo continuaría poblada y Menelao
se llevaría la argiva Helena.
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| 20 |
Así se
expresó. Atenea y Hera, que tenían los asientos contiguos
y pensaban en causar daño a los teucros, se mordieron los
labios. Atenea, aunque airada contra su padre y poseída de
feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a
Hera no le cupo la ira en el pecho y exclamó:
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| 25 |
¡Crudelísimo
Cronión! ¡Qué palabras proferiste! ¿Quieres
que sea vano e ineficaz mi trabajo y el sudor que me costó?
Mis corceles se fatigaron, cuando reunía el ejército
contra Príamo y sus hijos. Haz lo que dices, pero no todos
los dioses te lo aprobaremos.
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| 30 |
Respondióle
muy indignado Zeus, que amontona las nubes:
¡Desdichada! ¿Qué graves ofensas te infieren
Príamo y sus hijos para que continuamente anheles destruir
la bien edificada ciudad de
Ilión?
Si trasponiendo las puertas de los altos muros, te comieras crudo
a Príamo, y a sus hijos y a los demás troyanos, quizá
tu cólera se apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que
de esta disputa se origine una gran riña entre nosotros.
Otra cosa voy a decirte que fijarás en la memoria: cuando
yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad donde vivan amigos
tuyos, no retardes mi cólera y déjame obrar: ya que
ésta te la cedo espontáneamente, aunque contra los
impulsos de mi alma. De las ciudades que los hombres terrestres
habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Troya
era la preferida de mi corazón, con Príamo y su pueblo
armado con lanzas de fresno. Mi altar jamás careció
en ella de libaciones y víctimas, que tales son los honores
que se nos deben.
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| 50 |
Contestó
Hera veneranda, la de los grandes ojos:
Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta
y Micenas, la de anchas calles; destrúyelas cuando las aborrezca
tu corazón, y no las defenderé, ni me opondré
siquiera. Y si me opusiere y no te permitiere destruirlas, nada
conseguiría, porque tu poder es muy superior. Pero es preciso
que mi trabajo no resulte inútil. También yo soy una
deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Cronos engendróme
la más venerable, por mi abolengo y por llevar el nombre
de esposa tuya de ti, que reinas sobre los inmortales todos. Transijamos,
yo contigo y tú conmigo, y los demás dioses nos seguirán.
Manda presto a Atenea que vaya al campo de la terrible batalla de
los teucros y los
aqueos;
y procure que los teucros empiecen a ofender, contra lo jurado,
a los envanecidos aqueos.
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| 68 |
Tal dijo. No
desobedeció el padre de los hombres y de los dioses; y dirigiéndose
a Atenea, profirió estas aladas palabras:
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| 70 |
Ve pronto
al campo de los teucros y de los aqueos, y procura que los teucros
empiecen a ofender contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.
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| 73 |
Con tales voces
instigóle a hacer lo que ella misma deseaba; y Atenea bajó
en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual fúlgida estrella
que, enviada como señal por el hijo del artero Cronos a los
navegantes o a los individuos de un gran ejército, despide
numerosas chispas; de igual modo Palas Atenea se lanzó a
la tierra y cayó en medio del campo. Asombráronse
cuantos la vieron, así los teucros, domadores de caballos,
como los aqueos, de hermosas grebas, y no faltó quien dijera
a su vecino:
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| 82 |
O empezará
nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o Zeus, árbitro
de la guerra humana, pondrá amistad entre ambos pueblos.
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| 85 |
De esta manera
hablaban algunos de los aqueos y de los teucros. La diosa, transfigurada
en varón parecíase a Laódoco Antenórida,
esforzado combatiente, penetró por el ejército
teucro buscando al deiforme Pándaro. Halló por fin
al eximio fuerte hijo de Licaón en medio de las filas de
hombres valientes, escudados, que con él llegaran de las
orillas del Esepo; y deteniéndose a su lado, le dijo estas
aladas palabras:
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| 93 |
¿Querrás obedecerme, hijo valeroso de Licaón?
¡Te atrevieras a disparar una veloz flecha contra Menelao!
Alcanzarías gloria entre los teucros y te lo agradecerían
todos, y particularmente el príncipe Alejandro; éste
te haría espléndidos presentes, si viera que al beligero
Menelao le subían a la triste pira, muerto por una de tus
flechas. Ea, tira una saeta al ínclito Menelao, y vota sacrificar
a Apolo Licio, célebre por su arco, una hecatombe perfecta
de corderos primogénitos cuando vuelvas a tu patria, la sagrada
ciudad de
Zelea.
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| 104 |
Así dijo
Atenea. El insensato se dejó persuadir, y asió en
seguida el pulido arco hecho con las astas de un lascivo buco montés,
a quien él acechara e hiriera en el pecho cuando saltaba
de un peñasco: el animal cayó de espaldas en la roca,
y sus cuernos, de dieciséis palmos, fueron ajustados y pulidos
por hábil artífice y adornados con anillos de oro.
Pándaro tendió el arco, bajándolo e inclinándolo
al suelo, y sus valientes amigos le cubrieron con los escudos, para
que los belicosos aqueos no arremetieran contra él antes
que Menelao, aguerrido hijo de Atreo, fuese herido. Destapó
el carcaj y sacó una flecha nueva, alada, causadora de acerbos
dolores; adaptó a la cuerda del arco la amarga saeta, y votó
a Apolo Licio sacrificarle una hecatombe perfecta de corderos primogénitos
cuando volviera a su patria, la sagrada ciudad de Zelea. Y cogiendo
a la vez las plumas y el bovino nervio, tiró hacia su pecho
y acercó la punta de hierro al arco. Armado así, rechinó
el gran arco circular, crujió la cuerda, y saltó la
puntiaguada flecha deseosa de volar sobre la multitud.
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| 127 |
No se olvidarán
de ti, oh Menelao, los felices e inmortales dioses y especialmente
la hija de Zeus, que impera en las batallas; la cual, poniéndose
delante, desvió la amarga flecha: apartóla del cuerpo
como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme plácidamente,
y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban
el cinturón y la coraza era doble. La amarga saeta atravesó
el ajustado cinturón, obra de artífice; se clavó
en la magnífica coraza, y rompiendo la chapa que el héroe
llevaba para proteger el cuerpo contra las flechas y que le defendió
mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de
la herida la negra sangre.
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| 141 |
Como una mujer
meonia o caria tiñe en púrpura el marfil que ha de
adornar el freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y
aquella lo guarda en su casa para un rey a fin de que sea ornamento
para el caballo y motivo de gloria para el caballero, de la misma
manera, oh Menelao, se tiñeron de sangre tus bien formados
muslos, las piernas y los hermosos tobillos.
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| 148 |
Estremecióse
el rey de hombres Agamemnón, al ver la negra sangre que manaba
de la herida Estremecióse asimismo Menelao, caro a Ares;
mas como advirtiera que quedaban fuera el nervio y las plumas, recobró
el ánimo en su pecho. Y el rey Agamemnón, asiendo
de la mano a Menelao, dijo entre hondos suspiros mientras los compañeros
gemían:
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| 155 |
¡Hermano
querido! Para tu muerte celebré el jurado convenio cuando
te puse delante de todos a fin de que lucharas por los aqueos, tú
solo, con los troyanos. Así te han herido: pisoteando los
juramentos de fidelidad. Pero no serán inútiles el
pacto, la sangre de los corderos, las libaciones de vino puro y
el apretón de manos en que confiábamos. Si el Olímpico
no los castiga ahora, lo hará más tarde, y pagarán
cuanto hicieron con una gran pena: con sus propias cabezas, sus
mujeres y sus hijos. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente
mi corazón: día vendrá en que perezca la sagrada
Ilión. Príamo y su pueblo, armado con lanzas de fresno;
el excelso Jove Cronión, que vive en el éter, irritado
por este engaño, agitará contra ellos su égida
espantosa. Todo esto ha de suceder irremisiblemente. Pero será
grande mi pesar oh Menelao, si mueres y llegas al término
fatal de tu vida, y he de volver con oprobio a la árida Argos,
porque los aqueos se acordarán en seguida de su tierra patria,
dejaremos como trofeo en poder de Príamo y de los troyanos
a la argiva Helena, y sus huesos se pudrirán en Troya a causa
de una empresa no llevada a cumplimiento. Y alguno de los troyanos
soberbios exclamará saltando sobre la tumba del glorioso
Menelao: Así realice Agamemnón todas sus venganzas
como ésta; pues trajo inútilmente un ejército
aqueo y regresó a su patria con las naves vacías,
dejando aquí al valiente Menelao. Y cuando esto diga, ábraseme
la anchurosa tierra.
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| 183 |
Para tranquilizarle,
respondió el rubio Menelao:
Ten ánimo y no espantes a los aqueos. La aguda flecha
no me ha herido mortalmente, pues me protegió por fuera el
labrado cinturón y por dentro la faja y la chapa que forjó
el broncista.
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| 188 |
Contestó
el rey Agamemnón:
¡Ojalá sea así, querido Menelao! Un médico
reconocerá la herida y le aplicará drogas que calmen
los terribles dolores.
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| 192 |
Dijo, y en seguida
dio esta orden al divino heraldo Taltibio:
¡Taltibio! Llama pronto a Macaón, el hijo del
insigne médico Asclepio, para que reconozca al aguerrido
Menelao, hijo de Atreo, a quien ha flechado un hábil arquero
troyano o licio; gloria para él y llanto para nosotros.
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| 198 |
Tales fueron
sus palabras, y el heraldo al oírle no desobedeció.
Fuese por entre los aqueos, de broncíneas corazas, buscó
con la vista al héroe Macaón y le halló en
medio de las fuertes filas de hombre escudados que le habían
seguido desde Trica, criadora de caballos. Y deteniéndose
cerca de él, le dirigió estas aladas palabras:
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| 204 |
¡Ven,
hijo de Asclepio! Te llama el rey Agamemnón para que reconozcas
al aguerrido Menelao, caudillo de los aqueos, a quien ha flechado
hábil arquero troyano o licio; gloria para él y llanto
para nosotros.
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| 207 |
Así
dijo y Macaón sintió que en el pecho se le conmovió
el ánimo. Atravesaron, hendiendo por la gente, el espacioso
campamento de los aqueos; y llegando al lugar donde fue herido el
rubio Menelao; (éste aparecía como un dios entre los
principales caudillos que en torno de él se habían
congregado), Macaón arrancó la flecha del ajustado
cíngulo; pero al tirar de ella, rompiéronse las plumas,
y entonces desató el vistoso cinturón y quitó
la faja y la chapa que hiciera el broncista. Tan pronto como vio
la herida causada por la cruel saeta, chupó la sangre y aplicó
con pericia drogas calmantes, que a su padre había dado Quirón
en prueba de amistad.
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| 220 |
Mientras se
ocupaban en curar a Menelao, valiente en la pelea, llegaron las
huestes de los escudados teucros; vistieron aquéllos la armadura,
y ya solo en batallar pensaron.
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| 223 |
Entonces no
hubieras visto que el divino Agamemnón se durmiera, temblara
o rehuyera el combate; pues iba presuroso a la lid, donde los varones
alcanzan gloria. Dejó los caballos y el carro de broncíneos
adornos Eurimedonte, hijo de Ptolomeo Piraída, se quedó
a cierta distancia con los fogosos corceles, encargó
al auriga que no se alejara por si el cansancio se apoderaba de
sus miembros mientras ejercía el mando sobre aquella multitud
de hombres, y empezó a recorrer a pie las hileras de guerreros.
A los dánaos, de ágiles corceles, que se apercibían
para la pelea, los animaba diciendo:
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| 234 |
¡Argivos!
No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Zeus no protegerá
a los pérfidos; como han sido los primeros en faltar a lo
jurado, sus tiernas carnes serán pasto de buitres y nosotros
nos llevaremos en las naves a sus esposas e hijos cuando tomemos
la ciudad.
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| 240 |
A los que se
veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba
con iracundas voces:
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| 242 |
¡Argivos,
que sólo con el arco sabéis combatir, hombres vituperables!
¿No os avergonzáis? ¿Por qué os encuentro
atónitos como cervatos que, habiendo corrido por espacioso
campo, se detienen cuando ningún valor queda en su pecho?
Así estáis vosotros: pasmados y sin pelear, ¿Aguardáis
acaso que los teucros lleguen a la playa donde tenemos las naves
de lindas popas, para ver si el Cronión extiende su mano
sobre vosotros?
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| 250 |
De tal suerte
revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros. Andando
por entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses
vestían las armas con el aguerrido Idomeneo. Este, semejante
a un jabalí por su braveza, se hallaba en las primeras filas,
y Meriones enardecía a los soldados de las últimas
falanges. Al verlos, el rey de hombres Agamemnón se alegró
y dijo a Idomeneo con suaves voces:
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| 257 |
¡Idomeneo!
Te honro de un modo especial entre los dánaos, de ágiles
corceles, así en la guerra u otra empresa, como en el banquete,
cuando los próceres argivos beben el negro vino de honor
mezclado en las crateras. A los demás aqueos de larga cabellera
se les da su ración pero tú tienes siempre la copa
llena como yo, y bebes cuanto te place. Corre ahora a la batalla
y muestra el denuedo de que te jactas.
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| 265 |
Respondióle
Idomeneo, caudillo de los cretenses:
¡Atrida! Siempre he de ser tu amigo fiel como te aseguré
y prometí que sería. Pero exhorta a los demás
aqueos, de larga cabellera, para que cuanto antes peleemos con los
teucros, ya que éstos han roto los pactos. La muerte, y toda
clase de calamidades les aguardan, por haber sido los primeros en
faltar a lo jurado.
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| 272 |
Así se
expresó, y el Atrida, con el corazón alegre, pasó
adelante. Andando por entre la muchedumbre llegó al sitio
donde estaban los Ayaces. Estos se armaban, y una nube de infantes
les seguía. Como el nubarrón, impelido por el céfiro,
avanza sobre el mar y se le ve a lo lejos negro como la pez y preñado
de tempestad, y el cabrero se estremece al divisarlo desde una altura,
y antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva; de igual modo
iban al dañoso combate, con los Ayaces, las densas y oscuras
falanges de jóvenes ilustres, erizadas de lanzas y escudos.
Al verlos, el rey Agamemnón se regocijó, y dijo estas
aladas palabras:
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| 285 |
¡Ayaces,
príncipes de los argivos de broncíneas corazas! A
vosotros inoportuno fuera exhortaros nada os encargo,
porque ya instigáis al ejército a que pelee valerosamente.
¡Ojalá, padre Zeus, Atenea, Apolo!, hubiese el mismo
ánimo en todos los pechos, pues pronto la ciudad del rey
Príamo sería tomada y destruida por nuestras manos.
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| 292 |
Cuando así
hubo hablado los dejó y fue hacia otros. Halló a Néstor,
elocuente orador de los pilios, ordenando a los suyos y animándolos
a pelear, junto con el gran Pelagonte, Alástor, Cromio, el
poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía
delante con los respectivos carros y corceles, a los que desde aquéllos
combatían; detrás, a gran copia de valientes peones,
que en la batalla formaban como un muro, y en medio, a los cobardes
para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y dando instrucciones
a los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen
confusión entre la muchedumbre:
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| 303 |
Que nadie,
confiando en su pericia ecuestre o en su valor, quiera luchar solo
y fuera de las filas con los teucros; que asimismo nadie retroceda,
pues con mayor facilidad seríais vencidos. El que caiga del
carro y suba al de otro, pelee con la lanza, que es lo mejor. Con
tal prudencia y ánimo en el pecho, destruyeron los antiguos
muchas ciudades y murallas.
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| 310 |
De tal suerte
el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, les arengaba. Al
verle, el rey Agamemnón se alegró, y le dijo estas
aladas palabras:
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| 313 |
¡Oh
anciano! ¡Así como conservas el ánimo en tu
pecho, tuvieras ágiles las rodillas y sin menoscabo las fuerzas!
Pero te abruma la vejez, que a nadie respeta. Ojalá que otro
cargase con ella y tú fueras contado en el número
de los jóvenes.
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| 317 |
Respondióle
Néstor, caballero gerenio:
¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando
maté al divino Ereutalión. Pero jamás las deidades
lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era
joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante,
acompañaré a los que combaten en carros para exhortarles
con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos.
Las lanzas las blandirán los jóvenes, que son mas
vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.
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| 326 |
Así habló,
y el Atrida, con el corazón alegre, pasó adelante.
Halló al excelente jinete Menesteo, hijo de Peteo, de pie
entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca de ellos
el ingenioso Odiseo, y a poca distancia las huestes de los fuertes
cefalenios, los cuales, no habiendo oído el grito de guerra
pues así las falanges de los teucros, domadores de
caballos, como las de los aqueos, se ponían entonces en movimiento,
aguardaban que otra columna aquiva cerrara con los troyanos y diera
principio la batalla. Al verlos, el rey Agamemnón los increpó
con estas aladas palabras:
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| 338 |
¡Hijo
del rey Peteo, alumno de Zeus; y tú, perito en malas artes,
astuto! ¿Por qué, medrosos, os abstenéis de
pelear y esperáis que otros tomen la ofensiva? Debierais
estar entre los delanteros y correr a la ardiente pelea, ya que
os invito antes que a nadie cuando los aqueos dan un banquete a
sus próceres. Entonces os gusta comer carne asada y beber
sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con placer
que diez columnas aqueas lidiaran delante de vosotros con el cruel
bronce.
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| 349 |
Encarándole
la torva vista, exclamó el ingenioso Odiseo:
¡Atrida! ¡Qué palabras se escaparon de
tus labios! ¿Por qué dices que somos remisos en ir
al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Ares contra el
enemigo, verás, si quieres y te importa, como el padre amado
de Telémaco penetra por las primeras filas de los teucros,
domadores de caballos. Vano y sin fundamento es tu lenguaje.
|
| 356 |
Cuando el rey
Agamemnón comprendió que el héroe se irritaba
sonrióse, y retractándose dijo:
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| 358 |
¡Laertíada,
descendiente de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en recursos! No ha
sido mi propósito ni reprenderte en demasía ni darte
órdenes.Conozco los benévolos sentimientos del corazón
que tienes en el pecho, pues tu modo de pensar coincide con el mío.
Pero ve, y si te dije algo ofensivo, luego arreglaremos este asunto.
Hagan los dioses que todo se lo lleve el viento.
|
| 364 |
Esto dicho,
los dejó allí, y se fue hacia otros. Halló
al animoso Diomedes, hijo de Tideo, de pie entre los corceles y
los só1idos carros; y a su lado a Esténelo, hijo de
Capaneo. En viendo a aquél, el rey Agamemnón le reprendió,
profiriendo estas aladas palabras:
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| 370 |
¡Ay hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! ¿Por
qué tiemblas? ¿Por qué miras azorado el espacio
que de los enemigos nos separa? No solía Tideo temblar de
este modo, sino que, adelantándose a sus compañeros,
peleaba con el enemigo. Así lo refieren quienes le vieron
combatir, pues yo no lo presencié ni lo vi, y dicen que a
todos superaba. Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped
junto con el divino Polinice, cuando ambos reclutaban tropas para
atacar los sagrados muros de Tebas. Mucho nos rogaron que les diéramos
auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían concedérselos
y prestaban asenso a lo que se les pedía; pero Zeus, con
funestas señales, les hizo variar de opinión. Volviéronse
aquéllos; después de andar mucho, llegaron al
Asopo,
cuyas orillas pueblan juncales y prados, y los aqueos nombraron
embajador a Tideo para que fuera a Tebas. En el palacio del fuerte
Eteocles encontrábanse muchos
cadmeos
reunidos en banquete; pero ni allí siendo huésped
y solo entre tantos, se turbó el eximio jinete Tideo: los
desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de luchas.
¡De tal suerte le protegía Atenea! Cuando se fue, irritados
los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en emboscada a cincuenta
jóvenes al mando de dos jefes: Meón Hemónida,
que parecía un inmortal, y Polifonte, intrépido hijo
de Autófono. A todos les dio Tideo ignominiosa muerte menos
a uno, a Meón, a quien permitió, acatando divinales
indicaciones, que volviera a la ciudad. Tal fue Tideo etolo, y el
hijo que engendró le es inferior en el combate y superior
en las juntas.
|
| 401 |
Así dijo.
El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación
del venerable rey y guardó silencio, pero el hijo del glorioso
Capaneo hubo de replicarle:
|
| 404 |
¡Atrida!
No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de ser más
valientes que nuestros padres, pues hemos tomado a Tebas, la de
las siete puertas, con un ejército menos numeroso, que, confiando
en divinales indicaciones y en el auxilio de Zeus, reunimos al pie
de su muralla, consagrada a Ares, mientras que aquéllos perecieron
por sus locuras. No nos consideres, pues, a nuestros padres y a
nosotros dignos de igual estimación.
|
| 411 |
Mirándole
con torva faz, le contestó el fuerte Diomedes:
Calla amigo: obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamemnón,
pastor de hombres, anime a los aqueos, de hermosas grebas, antes
del combate. Suya será la gloria, si los aqueos rinden a
los teucros y toman la sagrada Ilión; suyo el gran pesar,
si los aqueos son vencidos. Ea, pensemos tan solo en mostrar nuestro
impetuoso valor.
|
| 419 |
Dijo, saltó
del carro al suelo sin dejar las armas y tan terrible fue el resonar
del bronce sobre su pecho, que hubiera sentido pavor hasta un hombre
muy esforzado.
|
| 422 |
Como las olas
impelidas por el Céfiro se suceden en la ribera sonora, y
primero se levantan en alta mar, braman después al romperse
en la playa y en los promontorios, suben combándose a lo
alto y escupen la espuma; así las falanges de los dánaos
marchaban sucesivamente y sin interrupción al combate. Los
capitanes daban órdenes a los suyos respectivos, y éstos
avanzaban callados (no hubieras dicho que les siguieran a aquéllos
tantos hombres con voz en el pecho) y temerosos de sus jefes. En
todos relucían las labradas armas de que iban revestidos.
Los teucros avanzaban también, y como muchas ovejas
balan sin cesar en el establo de un hombre opulento, cuando al ser
ordeñadas oyen la voz de los corderos; de la misma manera
elevábase un confuso vocerío en el ejército
de aquellos. No era igual el sonido ni el modo de hablar de todos
y las lenguas se mezclaban, porque los guerreros procedían
de diferentes países. A los unos los excitaba Ares;
a los otros, Atenea, la de los brillantes ojos, y a entrambos pueblos,
el Terror, la Fobo y la Discordia, insaciable en sus furores y hermana
y compañera del homicida Ares, la cual al principio aparece
pequeña y luego toca con la cabeza el cielo mientras anda
sobre la tierra. Entonces la Discordia, penetrando por la muchedumbre,
arrojó en medio de ella el combate funesto para todos y acreció
el afán de los guerreros.
|
| 446 |
Cuando
los ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí
los escudos, las lanzas y el valor de los hombres armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran
tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos
de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la
tierra manaba sangre. Como dos torrentes nacidos en grandes manantiales
se despeñan por los montes, reúnen las fervientes aguas
en hondo barranco abierto en el valle y produce un estruendo que oye
desde lejos el pastor en la montaña; así eran la gritería
y el trabajo de los que vinieron a las manos.
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| 457 |
Fue
Antíloco quien primeramente mató a un teucro, a Equepolo
Talisíada, que peleaba valerosamente en la vanguardia: hirióle
en la cimera del penachudo casco, y la broncínea lanza, clavándose
en la frente, atravesó el hueso, las tinieblas cubrieron
los ojos del guerrero y éste cayó como una torre en
el duro combate. Al punto asióle de un pie el rey Elefenor
Calcodontíada, caudillo de los bravos abantes,
y lo arrastraba para ponerlo fuera del alcance de los dardos y quitarle
la armadura. Poco duró su intento. Le vio el magnánimo
Agenor e hiriéndole con la broncínea lanza en el costado,
que al bajarse quedara en descubierto junto al escudo, dejóle
sin vigor los miembros. De este modo perdió Elefenor la vida
y sobre su cuerpo trabaron enconada pelea teucros y aqueos: como
lobos se acometían y unos a otros se mataban.
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| 473 |
Ayante
Telamonio tiróle un bote de lanza a Simoísio, hijo
de Antemión, que se hallaba en la flor de la juventud. Su
madre habíale parido a orillas del
Símois,
cuando con los padres bajó del
Ida
para ver las ovejas: por eso le llamaron Simoísio. Mas no
pudo pagar a sus progenitores la crianza ni fue larga su vida, porque
sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayante:
acometía el teucro cuando Ayante le hirió en el pecho
junto a la tetilla derecha, y la broncínea punta salió
por la espalda. Cayó el guerrero en el polvo como el terso
álamo nacido en la orilla de una espaciosa laguna y coronado
de ramas que corta el carretero con el hierro reluciente para hacer
las pinas de un hermoso carro, dejando que el tronco se seque en
la ribera; de igual modo, Ayante, del linaje de Zeus, despojó
a Simoísio Antémida. Antifo Priámida, que de
labrada coraza iba revestido, lanzó a través de la
muchedumbre su agudo dardo contra Ayante y no le tocó; pero
hirió en la ingle a Leuco, compañero valiente de Odiseo,
mientras arrastraba un cadáver: desprendióse éste
y el guerrero cayó junto al mismo. Odiseo, muy irritado por
tal muerte, atravesó las primeras filas cubierto de fulgente
bronce, detúvose cerca del matador, y revolviendo el rostro
a todas partes arrojó la reluciente lanza. Al verle, huyeron
los teucros. No fue vano el tiro, pues la broncínea lanza
perforó las sienes a Democoonte, hijo bastardo de Príamo,
que había venido de
Abido,
país de corredoras yeguas: la oscuridad veló los ojos
del guerrero, cayó éste con estrépito y sus
armas resonaron. Arredráronse los combatientes delanteros
y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces,
retiraron los muertos y avanzaron un buen trecho. Mas Apolo, que
desde Pérgamo lo presenciaba, se indignó y con recios
gritos exhortó a los teucros:
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¡Acometed,
teucros domadores de caballos! No cedáis en la batalla a
los argivos, porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para
que puedan resistir si los herís, el tajante bronce; ni pelea
Aquileo, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que se quedó
en las naves y allí rumia la dolorosa cólera.
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Así hablaba
el terrible dios desde la ciudadela. A su vez, la hija de Zeus,
la gloriosísima Tritogenea, recorría el ejército
aqueo y animaba a los remisos.
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Fue
entonces cuando el hado echó los lazos de la muerte a Diores
Amarincida. Herido en el tobillo derecho por puntiaguda piedra que
le tiró Piroo Imbrásida, caudillo de los
tracios,
que había llegado de
Eno
la insolente piedra rompióle ambos tendones y el hueso,
cayó de espaldas en el polvo, expirante tendía los
brazos a sus camaradas cuando el mismo Piroo acudió presuroso
y le envasó la lanza en el ombligo: derramáronse los
intestinos y las tinieblas velaron los ojos del guerrero.
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| 527 |
Mientras Piroo
arremetía, Toante el etolo alancéole en el pecho,
por cima de una tetilla, y el bronce atravesó el pulmón.
Acercósele Toante, le arrancó del pecho la ingente
lanza, y hundiéndole la aguda espada en medio del vientre,
le quitó la vida. Mas no pudo despojarle de la armadura porque
se vio rodeado por los compañeros del muerto, los tracios,
que dejan crecer la cabellera en lo más alto de la cabeza,
quienes le asestaban sus largas picas; y aunque era corpulento,
vigoroso e ilustre, fue rechazado y hubo de retroceder. Así
cayeron y se juntaron en el polvo el caudillo de los tracios y el
de los epeos, de broncíneas corazas, y a su alrededor murieron
otros muchos.
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Y
quien, sin estar herido por flecha o lanza, hubiera recorrido el campo
llevado de la mano y protegido de las saetas por Palas Atenea, no
habría reprochado los hechos de armas; pues aquel día
gran número de teucros y de aqueos dieron, unos junto a otros,
de bruces en el polvo. |
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