| 1 |
Puestos
en orden de batalla con sus respectivos jefes, los troyanos avanzaban
chillando y gritando como avesasí profieren sus voces
las grullas en el cielo, cuando, para huir del frío y de
las lluvias torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del
Océano, y llevan la ruina y la muerte a los pigmeos, moviéndoles
desde el aire cruda guerra, y los
aqueos
marchaban silenciosos, respirando valor y dispuestos a ayudarse
mutuamente.
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| 10 |
Así como
el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan poco grata
al pastor y más favorable que la noche para el ladrón,
y sólo se ve el espacio a que alcanza un tiro de piedra;
así también, una densa polvareda se levantaba bajo
los pies de los que se ponían en marcha y atravesaban con
gran presteza la llanura.
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| 15 |
Cuando
ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció
en la primera fila de los
troyanos
Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los
hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea
punta, desafiaba a los más valientes
argivos
a que con él sostuvieran terrible combate.
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| 21 |
Menelao, caro
a Ares, viole venir con arrogante paso al frente de la tropa, y
como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo
de cornígero ciervo o de cabra montés, se alegra y
lo devora, aunque lo persigan ágiles perros y robustos mozos;
así Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al
deiforme Alejandro figuróse que podría castigar
al culpable y al momento saltó del carro al suelo sin
dejar las armas.
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| 30 |
Pero Alejandro,
semejante a un dios, apenas distinguió a Menelao entre los
combatientes delanteros, sintió que se le cubría el
corazón y para librarse de la muerte, retrocedió al
grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la
espesura de un monte, se echa con prontitud hacia atrás,
tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en
sus mejillas, así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo
de Atreo, desapareció en la turba de los altivos troyanos.
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| 38 |
Advirtiólo
Héctor y le reprendió con injuriosas palabras:
¡Miserable Paris, el de más hermosa figura,
mujeriego, seductor! Ojalá no te contaras en el número
de los nacidos o hubieses muerto célibe. Yo así lo
quisiera y te valdría más que no ser la vergüenza
y el oprobio de los tuyos. Los aqueos de larga cabellera se ríen
de haberte considerado como un bravo campeón por tu bella
figura, cuando no hay en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual
eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros
buques, visitaste a extranjeros, y trajiste de remota tierra una
mujer linda, esposa y cuñada de hombres belicosos, que es
una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo todo, causa
de gozo para los enemigos y una vergüenza para ti mismo? ¿No
esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías al varón
de quien tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la
cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura
cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy tímidos:
pues si no, ya estarías revestido de una túnica de
piedras por los males que les has causado.
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| 58 |
Respondióle
el deiforme Alejandro:
¡Héctor! Con motivo me increpas y no más
de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha
que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja
hábilmente para cortar maderos de navío: tan intrépido
es el ánimo que en tu pecho se encierra. No me reproches
los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables
los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su
gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los
demás troyanos y a los aqueos todos, y dejadnos en medio
a Menelao, caro a Ares, y a mi para que peleemos por Helena y sus
riquezas: el que venza, por ser más valiente, lleve a su
casa mujer y riquezas; y después de jurar paz y amistad,
seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos
a la
Argólide,
criadora de caballos, y a la
Acaya,
de lindas mujeres.
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| 76 |
Así habló.
Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro
de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo
las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Los aqueos
de larga cabellera, le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero
Agamemnón, rey de hombres, gritóles con recias voces:
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| 82 |
Deteneos,
argivos; no tiréis jóvenes aqueos; pues Héctor,
de tremolante casco, quiere decirnos algo.
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| 84 |
Así se
expresó. Abstuviéronse de combatir y pronto quedaron
silenciosos. Y Héctor colocándose entre unos y otros,
dijo:
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| 86 |
Oíd
de mis labios, troyanos y aqueos, de hermosas grebas, el ofrecimiento
de Alejandro, por quien se suscitó la contienda. Propone
que troyanos y aqueos dejemos las bellas armas en el fértil
suelo, y él y Menelao, caro a Ares, peleen en medio por Helena
y sus riquezas todas: el que venza, por ser más valiente,
llevará a su casa mujer y riquezas y los demás juraremos
paz y amistad.
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| 95 |
Así dijo.
Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao, valiente en
la pelea, les habló de este modo:
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| 97 |
Ahora,
oídme también a mi. Tengo el corazón traspasado
de dolor, y creo que ya, argivos y troyanos, debéis separaros,
pues padecisteis muchos males por mi contienda, que Alejandro originó.
Aquel de nosotros para quien se hallen aparejados el destino y la
muerte, perezca y los demás separaos cuanto antes. Traed
un cordero blanco y una cordera negra para Gea y Helios; nosotros
traeremos otro para Zeus. Conducid acá a Príamo para
que en persona sancione los juramentos, pues sus hijos son soberbios
y fementidos: no sea que alguien cometa una transgresión
y quebrante los juramentos prestados invocando a Zeus. El alma de
los jóvenes es voluble, y el viejo cuando interviene en algo,
tiene en cuenta lo pasado y lo futuro a fin de que se haga lo más
conveniente para ambas partes.
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| 111 |
Tal dijo. Gozáronse
aqueos y troyanos con la esperanza de que iba a terminar la calamitosa
guerra. Detuvieron los corceles en las filas, bajaron de los carros
y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron muy cerca los unos
de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos ejércitos.
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| 116 |
Héctor
despachó dos heraldos a la ciudad, para que en seguida le
trajeran las víctimas y llamasen a Príamo. El rey
Agamemnón, por su parte, mandó a Taltibio que se llegara
a las cóncavas naves por un cordero. El heraldo no desobedeció
al divino Agamemnón.
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| 121 |
Entonces la
mensajera Iris fue en busca de Helena, la de níveos brazos,
tomando la figura de su cuñada Laódice mujer del rey
Helicaón Antenórida, que era la más hermosa
de las hijas de Príamo. Hallóla en el palacio tejiendo
una gran tela doble, purpúrea, en la cual entretejía
muchos trabajos que los troyanos, domadores de caballos, y los aqueos,
de broncíneas corazas, habían padecido por ella en
la marcial contienda. Paróse Iris, la de los pies ligeros,
junto a Helena, y así le dijo:
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| 130 |
Ven, ninfa
querida, para que presencies los admirables hechos de los troyanos,
domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas.
Los que antes, ávidos del funesto combate, llevaban por la
llanura al luctuoso Ares unos contra otros, se sentaron pues
la batalla se ha suspendido y permanecen silenciosos, reclinados
en los escudos, con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro
y Menelao, caro a Ares, lucharán por ti con ingentes lanzas,
y el que venza te llamará su amada esposa.
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| 139 |
Cuando
así hubo hablado, le infundió en el corazón
dulce deseo de su anterior marido, de su ciudad y de sus padres.
Y Helena salió al momento de la habitación, cubierta
con blanco velo, derramando tiernas lágrimas; sin que fuera
sola, pues la acompañaban dos doncellas, Etra, hija de Piteo,
y Climene, la de los grandes ojos. Pronto llegaron a las puertas
Esceas.
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| 146 |
Allí
estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hicetaón,
vástago de Ares, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos
del pueblo; los cuales a causa de su vejez no combatían,
pero eran buenos arengadores, semejantes a las cigarras que, posadas
en los árboles de la selva, dejan oír su aguda voz.
Tales próceres troyanos había en la torre. Cuando
vieron a Helena, que hacia ellos se encaminaba, dijéronse
unos a otros, hablando quedo, estas aladas palabras:
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| 156 |
No es
reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas grebas, sufran
prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto
se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así,
váyase en las naves, antes de que llegue a convertirse en
una plaga para nosotros y para nuestros hijos.
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| 161 |
En tales términos
hablaban. Príamo llamó a Helena y le dijo: Ven
acá, hija querida; siéntate a mi lado para que veas
a tu anterior marido y a sus parientes y amigos pues a ti
no te considero culpable, sino a los dioses, que promovieron contra
nosotros la luctuosa guerra de los aqueos y me digas cómo
se llama ese ingente varón, quién es ese aqueo gallardo
y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero jamás
vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.
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| 171 |
Contestó
Helena, divina entre las mujeres:
Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá
la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando
a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija querida y
mis amables compañeras! Pero no sucedió así,
y ahora me consumo llorando. Voy a responder a tu pregunta: Ese
es el poderosísimo Agamemnón Atrida, buen rey y esforzado
combatiente, que fue cuñado de esta desvergonzada, si todo
no ha sido un sueño.
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| 181 |
Así
dijo. El anciano contemplóle con admiración y exclamó:
¡Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos
son los aqueos que te obedecen. En otro tiempo fui a la
Frigia,
en viñas abundosa, y vi a muchos de sus naturaleslos
pueblos de Otreo y de Migdón, igual a un diosque con
los ágiles corceles acampaban a orillas del
Sangario.
Entre ellos me hallaba a fuer de aliado, el día en que llegaron
las varoniles
amazonas.
Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.
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| 191 |
Fijando la vista
en Odiseo, el anciano volvió a preguntar:
Ea dime también, hija querida, quién es aquel,
menor en estatura que Agamemnón Atrida, pero más espacioso
de espaldas y de pecho. Ha dejado en el fértil suelo las
armas y recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero
que atraviesa un gran rebaño de cándidas ovejas.
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| 199 |
Respondióle
Helena, hija de Zeus:
Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Odiseo,
que se crió en la áspera Itaca; tan hábil en
urdir engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.
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| 203 |
El sensato Antenor
replicó al momento:
Mujer, mucha verdad es lo que dices. Odiseo vino por ti,
como embajador, con Menelao, caro a Ares; yo los hospedé
y agasajé en mi palacio y pude conocer el carácter
y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos,
de pie, sobresalía Menelao por sus anchas espaldas; sentados,
era Odiseo más majestuoso. Cuando hilvanaban razones y consejos
para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy claramente;
pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba
del asunto: el ingenioso Odiseo, después de levantarse, permanecía
en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba
el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía
un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo o por un estólido.
Mas tan pronto como salían de su pecho las palabras pronunciadas
con voz sonora, como caen en invierno los copos de nieve, ningún
mortal hubiese disputado con Odiseo. Y entonces ya no admirábamos
tanto la figura del héroe.
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| 225 |
Reparando la
tercera vez en Ayante, dijo el anciano:
¿Quién es esotro aqueo gallardo y alto, que
descuella entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?
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| 228 |
Respondió
Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:
Ese es el ingente Ayante, antemural de los aqueos. Al otro
lado está Idomeneo, como un dios, entre los cretenses, rodéanle
los capitanes de sus tropas. Muchas veces Menelao, caro a Ares,
le hospedó en nuestro palacio cuando venía de Creta.
Distingo a los demás aqueos de ojos vivos, y me será
fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo a dos caudillos
de hombres, Cástor, domador de caballos, y Polideuces, excelente
púgil, hermanos carnales que me dio mi madre. ¿Acaso
no han venido de la amena Lacedemonia? ¿O llegaron en las
naves que atraviesan el ponto, y no quieren entrar en combate para
no hacerse partícipes de mi deshonra y múltiples oprobios?
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| 243 |
De este modo
habló. A ellos la fértil tierra los tenía ya
en su seno en Lacedemonia, en su misma patria.
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| 245 |
Los heraldos
atravesaban la ciudad con las víctimas para los divinos juramentos,
los dos corderos, y el regocijador vino, fruto de la tierra, encerrado
en un odre de piel de cabra. El heraldo Ideo llevaba además
una reluciente cratera y copas de oro; y acercándose al anciano,
invitóle diciendo:
|
| 250 |
¡Levántate,
hijo de Laomedonte! Los próceres de los troyanos domadores
de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas, te piden
que bajes a la llanura y sanciones los fieles juramentos; pues Alejandro
y Menelao, caro a Ares, combatirán con luengas lanzas por
la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y después
de pactar amistad con fieles juramentos, nosotros seguiremos habitando
la fértil Troya, y aquellos volverán a Argos criador
de caballos, y a la Acaya de lindas mujeres.
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| 259 |
Así dijo.
Estremecióse el anciano y mandó a los amigos que engancharan
los caballos. Obedeciéronle solícitos. Subió
Príamo y cogió las riendas; a su lado, en el magnífico
carro, se puso Antenor. E inmediatamente guiaron los ligeros corceles
hacia la llanura por las puertas Esceas.
|
| 264 |
Cuando hubieron
llegado al campo, descendieron del carro al almo suelo y se encaminaron
al espacio que mediaba entre los troyanos y los aqueos. Levantóse
al punto el rey de hombres, Agamemnón, levantóse también
el ingenioso Odiseo; y los heraldos conspicuos juntaron las víctimas
que debían inmolarse para los sagrados juramentos, mezclaron
vinos en la cratera y dieron aguamanos a los reyes. El Atrida, con
la daga que llevaba junto a la espada, cortó pelo de la cabeza
de los corderos, y los heraldos lo repartieron a los próceres
troyanos y aquivos. Y, colocándose el Atrida en medio de
todos, oró en alta voz con las manos levantadas:
|
| 276 |
¡Padre
Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Helios, que todo lo ves y todo lo oyes! Ríos! ; Gea! ; Y
vosotros, que en lo profundo castigáis a los muertos que
fueron perjuros! ¡Sed todos testigos y guardar los fieles
juramentos: Si Alejandro mata a Menelao, sea suya Helena con todas
las riquezas y nosotros volvámonos en las naves, que atraviesan
el ponto; mas si el rubio Menelao mata a Alejandro devuélvannos
los troyanos a Helena y las riquezas todas, y paguen la indemnización
que sea justa para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.
Y si vencido Alejandro, Príamo y sus hijos se negaren a pagar
la indemnización, me quedaré a combatir por ella hasta
que termine la guerra.
|
| 292 |
Dijo, cortó
el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida,
en el suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor.
Llenaron las copas en la cratera, y derramando el vino oraban a
los sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de los troyanos
exclamaron:
|
| 298 |
¡Zeus
gloriosísimo, máximo! ; Dioses inmortales! Los primeros
que obren contra lo jurado vean derramárseles a tierra, como
este vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus esposas caigan en
poder de extraños.
|
| 302 |
De esta manera
hablaban, pero el Cronión no ratificó el voto. Y Príamo
Dardánida les dijo:
|
| 304 |
¡Oídme,
troyanos y aqueos de hermosas grebas! Yo regresaré a la ventosa
Ilión,
pues no podría ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con
Menelao, caro a Ares. Zeus y los demás dioses inmortales
saben para cuál de ellos tiene el destino preparada la muerte.
|
| 310 |
Dijo, y el varón
igual a un dios colocó los corderos en el carro, subió
al mismo y tomó las riendas; a su lado, en el magnífico
carro, se puso Antenor. Y al instante volvieron a Ilión.
|
| 314 |
Héctor,
hijo de Príamo, y el divino Odiseo midieron el campo, y echando
dos suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir quién
sería el primero en arrojar la broncínea lanza. Los
hombres oraban y levantaban las manos a los dioses. Y algunos de
los aqueos y de los troyanos exclamaron:
|
| 320 |
¡Padre
Zeus, que reinas desde el Ida, glorisísimo, máximo!
Concede que quien tantos males nos causó a unos y a otros,
muera y descienda a la morada de Hades, y nosotros disfrutemos de
la jurada amistad.
|
| 324 |
Así decían.
El gran Héctor, de tremolante casco, agitaba las suertes
volviendo el rostro atrás: pronto saltó la de Paris.
Sentáronse los guerreros, sin romper las filas donde cada
uno tenía los briosos corceles y las labradas armas. El divino
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, vistió
una magnífica armadura; púsose en las piernas elegantes
grebas ajustadas con broches de plata; protegió el pecho
con la coraza de su hermano Licaón, que se le acomodaba bien;
colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con clavos
de plata; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió
la robusta cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de
crines de caballo ondeaba en la cimera, y asió una fornida
lanza que su mano pudiera manejar. De igual manera vistió
las armas el aguerrido Menelao.
|
| 340 |
Cuando hubieron
acabado de armarse separadamente de la muchedumbre, aparecieron
en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose
de un modo terrible; y así los troyanos, domadores de caballos,
como los aqueos, de hermosas grebas, se quedaron atónitos
al contemplarlos. Encontráronse aquéllos en el medido
campo, y se detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio
que recíprocamente se tenían. Alejandro arrojó
el primero la luenga lanza y dio un bote en el escudo liso del Atrida,
sin que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar
con el fuerte escudo. Y Menelao Atrida disponiéndose a acometer
con la suya oró al padre Zeus:
|
| 351 |
¡Zeus
soberano! Permíteme castigar al divino Alejandro que me ofendió
primero, y hazle sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros
teman ultrajar a quien los hospedare y les ofreciere su amistad.
|
| 355 |
Dijo, y blandiendo
la luenga lanza, acertó a dar en el escudo liso del Priámida.
La ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó
en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar.
Inclinóse el troyano y evitó la negra muerte. El Atrida
desenvainó entonces la espada guarnecida de argénteos
clavos; pero al herir al enemigo en la cimera del casco, se le cae
de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Suspira el héroe,
y alzando los ojos al anchuroso cielo, exclama:
|
| 365 |
¡Padre
Zeus, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar
la perfidia de Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la
lanza resulta inútil y no consigo vencerle.
|
| 369 |
Dice, y arremetiendo
a Paris, cógele por el casco adornado con espesas crines
de caballo y le arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio
ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de la barba
para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se lo
hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo
hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa,
hecha del cuero de un buey degollado: el casco vacío siguió
a la robusta mano, el héroe lo volteó y arrojó
a los aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compañeros
lo recogieron. De nuevo asaltó Menelao a Paris para matarle
con la broncínea lanza; pero Afrodita arrebató a su
hijo con gran facilidad, por ser diosa, y llevóle, envuelto
en densa niebla, al oloroso y perfumado tálamo. Luego fue
a llamar a Helena, hallándola en la alta torre con muchas
troyanas; tiró suavemente de su perfumado velo, y tomando
la figura de una anciana cardadora que allá en Lacedemonia
le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de ésta,
dijo la diosa Afrodita:
|
| 390 |
Ven. Te
llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente
por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara
nupcial. No dirías que viene de combatir, sino que va al
baile o que reposa de reciente danza.
|
| 395 |
En tales términos
habló. Helena sintió que en el pecho le palpitaba
el corazón; pero al ver el hermosísimo cuello, los
lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró
y dijo:
|
| 399 |
¡Cruel!
¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás
acaso más allá, a cualquier populosa ciudad de la
Frigia o de la
Meonia
amena donde algún hombre dotado de palabra te sea querido?
¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido a Alejandro,
y quiere que yo, la diosa, vuelva a su casa? Ve, siéntate
al lado de Paris, deja el camino de las diosas, no te conduzcan
tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él, hasta que te
haga su esposa o su esclava. No iré allá, ¡vergonzoso
fuera!, a compartir su lecho; todas las troyanas me lo vituperarían,
y ya son muchos los pesares que conturban mi corazón.
|
| 413 |
La diosa Afrodita
le respondió colérica:
¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome,
te abandone; te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta
aquí te amé; ponga funestos odios entre troyanos y
dánaos, y tú perezcas de mala muerte.
|
| 418 |
Así habló.
Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y echándose el blanco y
espléndido velo, salió en silencio tras de la diosa,
sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.
|
| 421 |
Tan pronto como
llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las esclavas
volvieron a sus labores y la divina entre las mujeres se fue derecha
a la cámara nupcial de elevado techo. La risueña Afrodita
colocó una silla delante de Alejandro; sentóse Helena,
hija de Zeus, que llevaba la égida, y apartando la vista
de su esposo, le increpó con estas palabras:
|
| 428 |
¡Vienes
de la lucha... Y hubieras debido perecer a manos del esforzado varón
que fue mi anterior marido! Blasonabas de ser superior a Menelao,
caro a Ares en fuerza, en puños y en el manejo de la lanza;
pues provócale de nuevo a singular combate. Pero no: te aconsejo
que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con
el rubio Menelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su
lanza.
|
| 437 |
Contestó
Paris:
Mujer, no me zahieras con amargos reproches. Hoy ha vencido
Menelao con el auxilio de Atenea; otro día le venceré
yo, pues también tenemos dioses que nos protegen. Mas ea,
acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión
se apoderó de mi espíritu como ahora; ni cuando después
de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las naves que atraviesan
el ponto y llegamos a la isla de
Cránae,
donde me unió contigo amoroso consorcio: con tal ansia te
amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mi se apodera.
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| 447 |
Dijo, y se encaminó
al tálamo; la esposa le siguió, y ambos se acostaron
en el torneado lecho.
|
| 449 |
El Atrida se
revolvía entre la muchedumbre, como una fiera, buscando al
deiforme Alejandro.
Pero ningún troyano ni aliado ilustre pudo mostrárselo
a Menelao, caro a Ares, que no por amistad le hubiesen ocultado,
pues a todos se les había hecho tan odioso como la negra
muerte. Y Agamemnón, rey de hombres les dijo:
|
| 456 |
¡Oíd,
troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria
quedó por Menelao, caro a Ares; entregadnos la argiva Helena
con sus riquezas y pagad una indemnización, la que sea justa,
para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.
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| 461 |
Así dijo
el Atrida, y los demás aqueos aplaudieron.
|
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